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Comer por menos de 15 €

Menú del día: 4 Hermanos, salsa a la pimienta en la Riera Blanca

Este fortín esquinero en la frontera entre Barcelona y L'Hospitalet de Llobregat ofrece cinco opciones de primero y otras tantas de segundo

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El  lomo a la pimienta del restaurante 4 Hermanos.

El lomo a la pimienta del restaurante 4 Hermanos. / Alberto García Moyano

Alberto García Moyano

Alberto García Moyano

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Una de las cosas que -en lo gastronómico- más me fascinó cuando era un crío fue el descubrimiento de dos salsas que se prodigaban mucho en las cartas de entonces: la de roquefort y la salsa a la pimienta (con su variante de pimienta verde y cualquier otra que se encontrase por ahí). Con más o menos acierto, con más o menos densidad, esas salsas no faltaban en restaurantes y casas. Las vendían hasta en sobres de polvitos a hidratar porque era tanta la afición por ellas que, aunque fueran en estos -infames- formatos, había que tenerlas siempre a mano.

4 Hermanos

Riera Blanca, 110. L'Hospitalet de Llobregat

Tf: 93.421.37.99

Precio: 13 €

Y, de pronto, desaparecieron. Se esfumaron prácticamente por completo. Como cíclicamente ocurre, dimos paso a otras cosas más modernas en aquel entonces, como el rulo de cabra o el chorrete de crema de balsámico. Aborrecimos lo anterior por viejuno, claramente, pero también por pesadez. Y es que agotamos y exprimimos el producto hasta que nos hartamos de él, cosa por otra parte con cierta lógica (lo de hartarse, digo).

La entrada del restaurante 4 Hermanos.

La entrada del restaurante 4 Hermanos. / Alberto García Moyano

Quizá tiene parte de nostalgia pero, al margen de aquellos que nunca dejaron de emplear esas salsas en sus casas (donde también se defiende la salsa café de París, siempre venerada), observo una cierta reaparición de estas salsas en, al menos, menús del día. Quizá es que las busco con desespero y cada nuevo descubrimiento parecen cinco, pero creo que objetivamente van asomando el hocico tras un largo periodo de hibernación. No hay más que ver cómo en el Bar Juanma de la calle de Lepant las añaden a sus sabrosos entrecots.

Acogedora barra

En esta ocasión, me planté en L'Hospitalet de Llobregat (efectivamente, hoy toca crónica internacional), en la frontera “natural” de esta ciudad con Barcelona: en la Riera Blanca. Allí se levanta un fortín esquinero que procura que habitantes de ambos municipios desayunen, coman y tomen el café en magníficas condiciones gastronómicas, de trato y habitacionales; porque se puede disfrutar de su acogedora barra y también de un comedor aparentemente común pero con algo especial que te llama a entrar a la hora de comer.

Plantado frente al cartel que anuncia el menú del día, cinco opciones de primero y otras tantas de segundo te esperan. Equilibradas: si quieres guerra, pues guerra. Si quieres ir más suave, pues 'avanti' también. Mis ojos se clavaron en el cocido (con sopa) pero me atrajo poderosamente una 'rara avis' que motiva en parte el discurso del principio de esta crónica. Sí, querida gente, de primero se podía escoger endivias al roquefort.

El cocido, con sopa sabrosa, del restaurante 4 Hermanos.

El cocido, con sopa sabrosa, del restaurante 4 Hermanos. / Alberto García Moyano

Y no lo hice porque me pilló en esos días de 'frío' de inicio de otoño y me incliné por el cocido, pero iban pasando por mi lado y a Björk pongo por testigo que no volveré a dejar escapar la oportunidad si se me vuelve a presentar. Porque tremendo confort el que alcancé con el cocido, con sopa sabrosa y bien de chica, pero al ver cómo de bien salía la salsa en el segundo plato, me di cuenta inmediatamente de que la del primero tenía que haberla pedido.

El cucurucho de helado del restaurante 4 Hermanos.

El cucurucho de helado del restaurante 4 Hermanos. / Alberto García Moyano

Y es que, entre los segundos, además de una merluza a la plancha muy atractiva o un señor churrasco de ternera, se encontraba el lomo a la pimienta. Ahí sí que no perdoné, ahí me di cuenta de que debo volver a por las endivias. Porque tres filetes de lomo, tiernos y acompañados de patatas fritas como mandan los cánones y recubiertos de una salsa a la pimienta es-tu-pen-da era todo lo que le podía pedir a ese viernes de visita. Juzgad vosotros mismos por la imagen que, pese a que sigue tomada con una cámara maltrecha, resalta por sí misma.

Me puse tan contento que me olvidé del frío y del resto de opciones de postre (entre las que se encontraba alguna tarta casera) y me premié con un cucurucho de helado. Sí, porque a veces la cosa va así y volver a encontrarse con la parte feliz de la infancia de uno se celebra como se celebra. Claro que es nostalgia, para qué negarlo pero, como pasa con el colesterol, recordar los buenos momentos es nostalgia buena. La mala a es la que hay que evitar a toda costa.

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