Barrio
El barrio más pequeño de Barcelona y su historia: "Esto es un pueblo"
Los vecinos defienden su alma rural en plena ciudad: "Somos pocos y bien avenidos"
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Vistas de un barrio de Barcelona. / Jordi Otix
Entre la Vall d’Hebron, Horta y el Carmel, existe un espacio donde la ciudad parece aflojar el ritmo. La Clota, con solo 18 hectáreas y unos 600 vecinos, sigue siendo un territorio de casas bajas, jardines y huertecillos que contrasta con los bloques de pisos que dominan el distrito de Horta-Guinardó.
Muchos lo describen como un barrio que se ha quedado a medio construir o que la ciudad no ha terminado de absorber.
“Hemos sido uno de los grandes desconocidos de Barcelona. Algún guardia urbano ni siquiera sabe llegar a ciertas calles”, resume Àngels, vecina desde hace más de treinta años y presidenta de la asociación vecinal, en unas declaraciones a Rac1.
Una comunidad que se blinda ante la especulación
La Clota ha resistido décadas a una presión urbanística desigual. A diferencia de otras zonas de la ciudad donde se ha aprovechado al máximo la edificabilidad, aquí los propios vecinos han luchado por limitarla.
Roser, vecina nacida en el barrio, lo explica con claridad: “No queremos especular con nuestras viviendas. Hemos peleado por tener coeficientes de edificabilidad bajos”.
Àngels coincide: “Al Ayuntamiento le sorprendió. Normalmente, la gente quiere construir al máximo, pero aquí no sale a cuenta especular”.
La lucha viene de lejos. Hubo momentos en los que buena parte del suelo estaba catalogado como zona verde, lo que amenazaba la continuidad de varias casas. Ha sido la organización vecinal la que ha logrado revertirlo y conseguir un plan que respetara las viviendas existentes y propusiera jardines y mejoras del entorno.
Una modernización lenta y siempre peleada
La Clota es también uno de esos barrios donde las mejoras básicas han llegado muy tarde. Los vecinos comentan que hace solo cinco o seis años pusieron el alcantarillado en las calles. Antes solo estaba el que habían instalado entre los vecinos.
Ni siquiera las grandes obras de las Olimpiadas de Barcelona en 1992 supusieron una revolución en esa zona, más allá de canalizar la antigua riera, que había provocado numerosas inundaciones.
Las grandes vías construidas alrededor -la calle Lisboa, la avenida Cardenal Vidal y Barraquer y la avenida Estatut- terminaron aislando aún más al barrio, que quedó “encajonado” entre desniveles y barreras físicas.
Los habitantes aseguran que la organización vecinal es crucial para conseguir que el barrio no se quede atrás y reciban del Ayuntamiento todo aquello que, consensuadamente, consideran necesario: “Quizá no cortamos la ronda, pero si hay que presentar cincuenta instancias, las presentamos”, bromea Roser. “Somos pocos y bien avenidos”, añade Àngels.
Las dos Clotas: la rural y la nueva
Con el tiempo, el barrio se ha dividido en dos realidades: la Clota conservación, la vieja, de las casetas con aire casi de pueblo, y la Clota reordenación, formada por los nuevos bloques. La convivencia es buena, aunque la estructura urbana no ayuda a que ambos mundos se mezclen de manera natural.
Los vecinos reclaman la construcción de un parque en la Clota, todavía pendiente de detalles municipales, buscando así un punto de cohesión en el barrio.
Pese a los cambios, la identidad de la zona sigue marcada por su pasado rural. Los vecinos aún dicen que “bajan a Barcelona”, una expresión que mantiene viva la sensación de ser un pequeño enclave dentro de la gran ciudad.
Un único bar como lugar de encuentro
En un barrio con pocos comercios y casas dispersas, el principal punto de encuentro es El Raconet de la Clota, el único bar de la zona.
Cinta, que lo regenta desde hace diez años, lo describe en unas declaraciones para Rac1: “Esto es un pueblo dentro de Barcelona, y este es el único bar del pueblo”.
Durante la pandemia, la Clota vivió una explosión inesperada de visitantes. “Fue una locura. La gente vino a pasear y muchos se han quedado como clientes habituales”, recuerda Cinta.
Un lujo que no quieren perder
La tranquilidad, la vegetación y el fuerte sentimiento de comunidad explican el arraigo. “Esto es un lujo. Si me pagasen lo que vale mi casa, no me iría. ¿A dónde podría ir?”, reflexiona Roser. “¿Quién más puede tener jardín o huerto en Barcelona? Quizá en Pedralbes, y aun así necesitan coche para todo”.
Los servicios -metro, autobús, escuela, CAP...- están cerca, aunque los vecinos siguen reclamando mejor conexión con el Carmel y más mantenimiento en ciertos puntos.
“La modernización está entrando poco a poco, pero ojalá el núcleo de la Clota siga tal y como está. Es muy romántico encontrar un rincón así en Barcelona”, concluye Cinta.
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