Opinión | Reflexión sobre la condición humana

Periodista
Las otras personas
La lógica del beneficio individual se ha ido filtrando por todas partes y en distintas gradaciones deshumanizadoras: desde los ciudadanos que pagaban por disparar a civiles en Sarajevo hasta la reventa especulativa de entradas de Oques Grasses
'Sarajevo safari': el turismo de francotirador en la guerra de Bosnia que ahora investiga Italia

Italia investiga "safaris de guerra" de ricos para matar a civiles por diversión durante el asedio de Sarajevo. En la foto, Marcha por la Paz en recuerdo de la masacre de Srebrenica, en Nezuk, Bosnia. / ARMIN DURGUT / AP / VÍDEO: EL PERIÓDICO
Para empezar, diremos que ha sido una 'semana horribilis' porque pocas veces ocurre, acostumbrados como estamos a la desgracia ajena, a las guerras y a la desmemoria, que descubramos que el hombre aún puede ser peor para el hombre. Hemos descubierto que 'El juego del calamar' ya estaba inventado en la guerra de los Balcanes, cuando -se está investigando quién- ciudadanos europeos pagaban el equivalente a miles de euros por subirse a las colinas de Sarajevo y disparar, desde las posiciones de los francotiradores, contra civiles. Si eran niños, tenían que pagar más dinero.
El vacío que queda después del asco y la rabia contra la propia humanidad no tiene fondo y se expande como todo el universo. ¿Cómo es posible que alguien de los nuestros sea tan malvado e inhumano, tan ciego, tan incapaz de ver personas como él mismo a través del visor? Deduzco que luego volvían a casa, ufanos y recompuestos, con sus familias, pensando en la próxima gesta en la que hundir su miserable existencia.
Quizá lo que inquieta más no sea la violencia en sí, sino su indiferencia. La facilidad con que una vida deja de ser vida y pasa a ser un estímulo, puro entretenimiento, una transacción. No hace falta odiar para desconectarse; basta con ponerle precio.
Esa desconexión puede ser más discreta, casi invisible. La lógica del beneficio individual se ha ido filtrando por todas partes. No se impone, se instala sibilinamente en los gestos, en las expectativas y en el lenguaje. Hasta que ya no hay diferencia entre lo que tiene valor y lo que da rendimiento.
Y entonces, en un triple salto mortal pero cayendo de pie, alguien compra una entrada de Oques Grasses solo para revenderla 40 euros más cara. No hay sangre ni víctimas, solo la repetición minúscula de una misma mecánica: la sibilina indiferencia hacia el otro, la presencia única del marcador contable: ¿cuánto puedo sacar de ti?
Entre los asesinos de Sarajevo y el pobre diablo que ganará 40 euros extra con la ilusión de otro hay un mundo entero y una larguísima lista de gradaciones deshumanizadoras, donde también encontraremos la especulación con la vivienda, de la que tanto hablamos, o con la salud.
En el pequeño gesto de la reventa especulativa de entradas late el problema más grande del mundo: la pérdida de contacto con las demás personas.
Si tú y yo lo vemos igual, aún hay esperanza. No para redimir nada, sino para saber que no todos hemos perdido la mirada.
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