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Opinión | ES DECIR

Rafael Vallbona

Barcelona

Una vida de lector

Consiste en un viaje a través del tiempo y la mente a la búsqueda de un nuevo mundo sorprendente

El aventurero Massagran.

El aventurero Massagran. / Junceda

Sucedió una tarde en medio del desierto. Durante horas había pedaleado por ríos secos y llanuras de antiguos mares hasta detenerse al pie de unas dunas, exhausto por el cansancio y el calor y extasiado a la vez por aquellos parajes que sus ojos nunca habían visto, pero que había sobrevolado con la mente tantas veces. Se sentó bajo un frágil umbráculo de ramas, hojas de palma y lona, tomó el té y dormitó un instante. Debió de ser entonces cuando todo lo que era pasó frente a sus ojillos entornados. No se trataba de una paramnesia (comúnmente un 'déjà vu'). Era una vida de lector.

En la ensoñación veía una comitiva que avanzaba hacia él al frente de la cual iba Massagran, el joven aventurero por África de Josep Maria Folch i Torres, dibujado por Junceda, que se publicó en la biblioteca Patufet a principios de siglo XX. Era el primer libro que recordaba haber leído con una clara voluntad de quedar fascinado por lo que contaba; de no ser el mismo cuando lo terminara.

Lo más similar a una biblioteca que había en su casa era una librería baja con puertas de cristal que presidía lo que llamaban despacho, en realidad un ensanchamiento del pasillo donde había un escritorio, dos butacas de hule, la mencionada librería coronada por un tapete de ganchillo y un teléfono de baquelita negro de pared. Sentado en una de las butacas, con los pies colgando, él miraba una y otra vez los libros que su padre leía: viejos volúmenes en catalán de antes de la guerra con el lomo descascarillado, éxitos internacionales del Círculo de Lectores y alguna novela española de la Biblioteca Básica Salvat. Y de entre la pintoresca mezcla que, por aquel entonces, solían ser las bibliotecas de la gente trabajadora, que vivía cabizbaja y vencida pero que no se resignaba a la ignorancia, 'Les aventures extraordinàries d’en Massagran' cautivaron a aquel niño de barrio de un tiempo sin horizonte que se aburría mucho.

Esa tarde, dormitando bajo aquel umbráculo con vistas a las dunas, las peripecias por África del personaje literario de la infancia se le aparecieron como espejismos de la memoria, como la reconstrucción desordenada y urgente de un aprendizaje improvisado y caótico, pero tenaz y sistemático durante años, en el centro del cual él situaba la vaga idea de que una vida de lector es un viaje en el tiempo y la mente a la búsqueda de un nuevo mundo sorprendente que sea capaz de poner en crisis hasta la decadencia las viejas estructuras que gobiernan el pensamiento.

Tras los viejos Massagran, llegaron los modernos: 'El zoo d’en Pitus', de Sebastià Sorribas, y 'La casa sota la sorra', de su querido Joaquim Carbó, y una posterior inagotable y tempestuosa cascada de títulos y autores, la mayoría gracias a los consejos de las malas compañías, que son las mejores. La suerte estaba echada, aquel mocoso estaba aprendiendo que una vida de lector no es más que un tortuoso e inacabable itinerario a la búsqueda de un libro que nos fascine tanto como el primero que leímos y que quizás un día, al pie de unas dunas del Sáhara, nos haga creer que hemos vivido lo leído.

Y a eso sigue dedicando la vida: a buscar otro libro que lo cautive y lo altere como aquel primigenio. Leer no es más que eso.