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CRÍTICA

‘Omisión del ángel’, de Rolando Kattan: poesía contra lo sublime

Estamos ante un poemario maduro que mezcla vida y literatura o, más aún, vida y arte

El poeta Rolando Kattan, autor del poemario 'Omisión del ángel'.

El poeta Rolando Kattan, autor del poemario 'Omisión del ángel'. / EP

Juan Carlos Abril

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En 'Omisión del ángel' (15º Premio Internacional de Poesía Claudio Rodríguez), Rolando Kattan (Tegucigalpa, 1979) continúa su exploración lingüística de la realidad y sus temas predilectos, ya emprendida con su anterior 'Los cisnes negros' (Visor, 2021): la historia del arte en general, los libros y la lírica, las paradojas del mundo y del ser humano.

La poesía no busca lo sublime, concepto decimonónico que se retrotrae a Longino y que proponía esferas etéreas más allá del bien y del mal, sino que se basa en el lenguaje. «Lo sublime es, por fortuna, algo inconcluso» (53), declara Kattan en el último poema, sacudiéndose cualquier conjetura. Todo lo que se propone como lenguaje parte de las necesidades semánticas del individuo y sus habilidades cognitivas.

Si no lo piensas, no existe. La semiótica explica que cuando toma cuerpo su carácter propositivo, es decir, el texto, se trata de una realización del pensamiento y no de un proceso en sí. La poesía no busca emoción, sino que es emoción, y esta a su vez nace del insobornable ethos. De ahí brota el código deontológico del volumen, sabiendo que «la eternidad / es un devenir biodegradable» (9).

La inspiración de san Mateo data de 1602, del maestro del claroscuro Caravaggio, y se encuentra en una capilla de una iglesia romana. En el texto homónimo, nuestro poeta se sitúa en 2025 frente al cuadro, buscando la «omisión del ángel»: «El ángel no propuso mi nombre a la sagrada escritura, lo encuentro disperso en los libros de poesía. Mi biografía es un anagrama del paraíso perdido. La omisión del ángel es un silencio violento. Como un dolor de oídos» (10). Para resolver este agravio, la voz verbal opta por resguardarse: «En un país lleno de balas es mejor estar detrás del lienzo […] La búsqueda será mi forma de resurrección. Escuchar al hombre en ausencia del ángel. Sostener su palabra en el vacío» (ibid.).

Renuncia a la trascendencia

Esta elección se reivindica y reclama nuestro lugar desde el logos, que es lo único que nos reconoce e identifica, a pesar de que «A veces tartamudeamos / o las manos se ponen sudorosas; / el caballo descrito por Wittgenstein / es el narciso que retoña en el esófago» (46). Por eso, en 'Ius sanguinis' (11), el autor escruta su genealogía: «A través de mi sangre / sucede un celuloide en la retina. / Platillos de balanzas invisibles / tasan exilios en mi ADN. / Aquel verbo que fecundó el carbono / es lo poco de astro que me queda» (ibid.). Observamos, por tanto, una renuncia consciente a la trascendencia. Algo más adelante, asevera que «Desde que los divinos se marcharon, / el poema inspira sus propios barros» (25). Texto y barro, ejes de la materia poética.

En estos tiempos miserables en que todo posee precio, pero no la dignidad, también la lírica se ha convertido en capricho para las Florence Foster Jenkins de turno. «Solamente en la literatura la fantasía se convierte en realidad» (24), afirma Kattan. Ante estos personajes 'amateur' y 'fake', en 'Una poeta rumana' (26) se aborda la manera de salvarnos a través de un puñado de versos, evitando trasnochados conflictos existenciales en virtud de un compromiso con el texto. Porque el poeta siempre se encuentra a favor de la justicia, como planteara Salvatore Quasimodo en su discurso de recepción del Nobel. «Yo quería cambiar el mundo» (32), alega.

Este culturalismo no se lee en ningún caso como retórica, sino como vida, formas de vida y de mirar la realidad. No cualquier persona se halla preparada para ello, obviamente, porque nos hemos habituado a una sociedad hipócrita de apariencias, en contraposición al talento, que nunca es democrático ni se hereda, y del conocimiento, herramienta a veces inútil en manos de la persona equivocada: «Frente al triunfo de tanto habilidoso, / somos la sustancia del fin del mundo» (30), reconoce, refrendándose poco después: «Mientras otros ocupan territorios, / yo escribo poemas a los olivos» (31).

Kattan nos regala un poemario maduro, como él acostumbra, donde mezcla vida y literatura o, más aún, vida y arte, para unirlos sin posibilidad de separarse ni dividirse. El lector avisado, sin embargo, podrá entenderlo.

Omisión del ángel

Rolando Kattan

Visor

60 páginas

12 euros