FESTIVAL DE CINE DE TORONTO

La leyenda de Chet Baker

Ethan Hawke ofrece uno de los mejores papeles de su carrera en el 'biopic' del 'jazzman' 'Born to be blue'

Ethan Hawke, en el estreno de ’Born to be blue’ en Toronto.

Ethan Hawke, en el estreno de ’Born to be blue’ en Toronto. / REUTERS / FRED THORNHILL

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NANDO SALVÀ / TORONTO

¿Funciona la heroína como fuente de inspiración a la hora de crear música? Considerando el rol esencial que esa droga ha jugado en las carreras y las vidas -y las muertes- de muchos artistas, es legítimo preguntarlo. «Quienes se dedican al arte están en guerra permanente con sus ansiedades», opina Ethan Hawke, que en Born to be blue, en la piel del trompetista de jazz Chet Baker, ofrece uno de los mejores trabajos de su carrera. «No creo que la heroína ayudara a tocar a Baker. Pero creo que él estaba convencido de que sí lo hacía». Era solo cuestión de tiempo que existiera una película como Born to be blue, dirigida por Robert Budreau y recién estrenada en el Festival de Toronto. La vida del músico siempre estuvo vinculada al cine. Su impactante belleza de juventud -lo apodaban «el James Dean del jazz»- le proporcionó varios trabajos como actor en los 50; y al final de su vida, convertido ya por las drogas en un despojo, protagonizó para Bruce Webber el magistral documental Let's get lost (1988).

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Asimismo, el productor Dino De Laurentiis intentó convencerlo en 1960 de que protagonizara su propio biopic y, de hecho, Born to be blue parece adoptar la forma de esa película que no llegó a existir. «No es un retrato de Chet Baker sino sobre su leyenda», aclara Hawke. «Hemos trabajado con ella tratando de extraerle algo genuino». Considerando la testadurez de Hollywood por convertir las biografías musicales en estereotipadas narraciones de ascenso y caída, el enfoque adoptado es un soplo de aire fresco. «Hemos reimaginado un momento clave de su vida, la segunda mitad de los 60, en el que parecía destinado a echar a perder su carrera». 

El actor comparte varias similitudes faciales con Baker -esas mejillas hundidas, esa mirada llena de melancolía-, y no solo convierte su interpretación en un equilibrio perfecto de candidez, arrogancia y tormento sino que resulta totalmente convincente tanto emulando el estilo del jazzman a la trompeta como interpretando algunos de sus grandes éxitos como cantante, particularmente My funny Valentine. «Resulta muy atractivo dar vida a alguien con tanto talento y a la vez sufre tanto dolor, y que recibe tanta atención pero a la vez se siente tan solo». Mientras le daba vida, añade Hawke, no pudo evitar pensar en su buen amigo el actor Philip Seymour Hoffman, fallecido el año pasado de sobredosis. «Tanto Chet como Philip pagaron un alto precio por su creatividad. ¿Mereció la pena? No sé qué contestar a eso. Pero el mundo sería mucho peor sin su arte». 

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