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Opinión | García Ortiz
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Fallo (contra los periodistas también)

El fiscal es culpable. Tiene que pagar por ello, dinero y no tan solo. La sentencia se envuelve en estupor y en preguntas

El fiscal general de l’Estat, Álvaro García Ortiz, ahir a la sortida del Tribunal Suprem.  | J. J. GUILLÉN / EFE

El fiscal general de l’Estat, Álvaro García Ortiz, ahir a la sortida del Tribunal Suprem. | J. J. GUILLÉN / EFE

Jueces circunspectos miraban a los celajes cuando el presidente del Supremo reprendía a los periodistas que se iban del guion. Ahora han firmado su sentencia contra el fiscal general del Estado. El fiscal es culpable. Tiene que pagar por ello, dinero y no tan solo. La sentencia se envuelve en estupor y en preguntas. Es también un bofetón contra los colegas de esta profesión que dijeron lo que habían vivido como informadores y que no casa con lo que ha dictado el Supremo. Los periodistas vieron con sus ojos la realidad antes que el fiscal, pero este se lleva la culpa. La historia, claro, dará mucho que hablar, lo da ya. ¿La historia lo absolverá?

Este es un escándalo que los ganadores han recibido con regocijo. Otros, aquellos periodistas, el acusado, muchísima gente, lo han tomado con un estupor que va en aumento. Ha sido, claro, un rapapolvo ilimitado contra el fiscal, pero a los periodistas les ha tocado una china en su historia: lo que ellos vieron, y contaron, no ha sido tomado en cuenta.

Han ganado los otros, los que ahora triunfan, los que, como MAR, inventaron lo que podría ser y que no era pero que ahora resulta que es. El fiscal aparecía en el juicio atemorizado, despojado ya de su toga, como si estuviera señalado por un dedo público y por otro dedo: el de quienes lo iban a condenar, sus colegas, precisamente.

Grave asunto que solo se puede tomar como un compás de espera que depende de distintas estancias, nacionales e internacionales. El periodismo, representado en este proceso como parte de los que vivieron de veras la historia, tiene mucho que decir, y ya lo dice. No es un hecho sin importancia para los que hemos vivido pendientes de lo que dijeran los jueces también acerca de este oficio. Y aún no se sabe, claro, porque la sentencia no está escrita, sino prescrita. Pero es evidente que, si la Sala dijo ya que ganó MAR, por así decirlo, no cabe duda de que los que fueron allí con sus razones se sentirán ahora víctimas de una grave fe de errores. Y no debe ser así, porque en primer lugar explicaron, con unanimidad, que ellos supieron antes que el fiscal condenado aquello por lo que ahora es reo este servidor público.

Ignoro como otros ponen en remojo su estupor. Yo tengo una costumbre, que ahora he puesto en marcha. Se trata de abrir por cualquier lado un libro cualquiera de Jorge Luis Borges, que como era ciego siempre estaba recibiendo de cualquier sitio una ayuda para entender lo incomprensible. En este caso, Borges me prestó estos versos (de 'Fervor de Buenos Aires'): “¿Soy yo esas cosas y las otras/ o son llaves secretas y arduas álgebras/ de lo que no sabremos nunca?”.

La interrogante es ahora un arcano del que no nos puede sacar el ciego. Pero sí tendría sentido que la profesión periodística se ponga en pie para que este episodio, que tendrá muchos escalafones todavía, no se acabe aquí con las risas de unos y la preocupación civil de un gentío que seguramente no creyó que esto fuera a pasar precisamente cuando unos y otros se disputan la tristeza (¡o no!) de haber sufrido a Franco.

El periodismo no anda de parranda, claro; la preocupación no tiene que ver tan solo con este episodio, sino con una frase (“el que pueda hacer que haga”) que anda volando este país desde que se puso en marcha la destrucción que evoca ese dicterio. Nada más ponerse en marcha esta extrañeza, colegas de todas partes salieron diciendo lo que les vino de pronto.

Decían, sucesivamente contritos: “¿Se puede recusar al Supremo como individuo? No se han tenido en cuenta los testimonios serios de los periodistas. Lo de los golpes de Estado judiciales que nos esperan ya lo avanzaban José Mugica y Chomsky en su último libro. Aquí hablamos de un golpe a la democracia. Toga Nostra ha triunfado. Así empezó el trumpismo, con la promesa de convertir el Supremo Tribunal en un bastión de derechas (antiaborto en este caso). Con el Congreso paralizado y Sánchez sin mucho que dar…”.

Es el resumen de una avalancha cuyo culmen más suave es este: “Inaceptable. Toca investigar”. España vive un momento difícil, y no tan solo por este nuevo episodio de su sonrojo. Lo que pasa es más grave que la sentencia, porque de lo que se trata ahora es de opacar la discusión y dejar que el periodismo, por ejemplo, se despeñe como llevan deseando aquellos que consideran que el oficio no importa, sino que importan, eso se ha dicho, la invención y la burla cuyas siglas tienen nombre propio, y apellidos.

Borges dice, en el mismo libro que cité antes: “Ya toda vida, por humilde que sea, / puede pisar su nada y su noche”. Un día el periodismo será una canción dicha en voz baja para que no la oigan los jueces.

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