Ir a contenido

UNA SENTENCIA ESPERADA

Karadzic escucha la sentencia del tribunal de La Haya.

PETER DEJONG (AP)

Karadzic, se ha hecho justicia

Ramón Lobo

Un tribunal eleva la pena al criminal de guerra de 40 años a cadena perpetua

La apelación le ha salido cara a Radovan Karadzic, responsable de genocidio y de crímenes de guerra en Bosnia-Herzegovina: le elevaron la condena de 40 años a cadena perpetua. Karadzic se lo tomó con gran entereza; para él, cumplidos los 73, es un detalle insignificante. No así para las víctimas. Este veredicto, que es definitivo porque no es recurrible, no anticipa nada bueno para el otro encausado principal, el general Ratko Mladic.

El tribunal considera probado un genocidio en Srebrenica, donde las tropas serbobosnias al mando de Mladic asesinaron a más 8.300 varones musulmanes entre el 11 y el 13 de julio de 1995. No ha estimado que este mismo delito sea aplicable a todo el territorio bosnio porque a su entender no hubo “intencionalidad genocida”.

El juez español José Ricardo de Prada, miembro del tribunal de la Gürtel cuya sentencia provocó la caída del Gobierno de Mariano Rajoy, emitió dos votos particulares, uno contra la elevación de la pena a cadena perpetua, por una cuestión de principios más allá de los méritos del acusado, y otro en favor de la calificación de genocidio para toda la guerra, por lo ocurrido en los municipios donde se produjo limpieza étnica, violaciones de mujeres y asesinatos.

Plena conciencia

Considera De Prada que lo ocurrido en los campos de concentración de Foca y Prijedor, entre otros, forma parte de este segundo genocidio. Para él no es una cuestión de intencionalidad, sino de que los sujetos que cometieron aquellos crímenes eran conscientes de lo que hacían.

En las guerras se comenten crímenes masivos. Solo en Bosnia-Herzegovina se considera que hubo más de 10.000 criminales. La mayoría no serán juzgados. Las víctimas se verán obligadas a cruzarse con sus verdugos, algo visible en Foca, la capital de las violaciones, o en Srebrenica. Los Acuerdos de Dayton, considerados un hito diplomático, son en realidad una vergonzosa dejación que dejó a las víctimas en manos de sus verdugos. Ni siquiera hubo justicia poética.

Si donde se producen crímenes masivos es imposible la justicia masiva, ¿qué podemos hacer? Es esencial conseguir una cantidad suficiente de justicia. Para lograrlo hay que detener y juzgar a los principales jefes. Esta es la gran aportación del Tribunal Penal Internacional de la antigua Yugoslavia, que ha cerrado sus puertas.

No basta con las sentencias

Pero es necesario mucho más. No basta con las sentencias. Hay que crear marcos de escucha en los lugares donde se cometieron los delitos para que las víctimas puedan contar sus historias, sentirse escuchadas y reparadas. Esos espacios de diálogo deben ayudar a cerrar los duelos y reconstruir dignidades, individuales y colectivas. Y es esencial recuperar los cuerpos de las fosas comunes, sea en Bosnia, Guatemala, Irak o España.

La labor de este tribunal penal internacional ha sido encomiable. Ha permitido sentar las bases del fin de la impunidad de los jefes militares, y de políticos oportunistas e irresponsables como Slobodan Milosevic. Se les escapó el croata Franjo Tudjman, protegido por Alemania y por los cielos, que se lo llevaron de un cáncer fulminante antes de que pudiera acabar en La Haya.

Hasta ahora, las guerras terminaban con una amnistía, un premio para los asesinos que dejan de matar. Pasó en Sierra Leona y en otros lugares donde fue la única manera de convencer a las guerrillas para que abandonaran las armas.

Un proceso intermedio

En Colombia se ha intentado un proceso intermedio, ahora en grave riesgo de descarrilar. Un presidente que no cree en lo firmado con las FARC y una realidad de violencia incrustada en la sociedad ha generado una pléyade de grupos armados, herederos de la guerrilla o de los paramilitares, que siguen metidos en el negocio de matar, extorsionar y hacer desaparecer.

En Colombia se buscó que aquellos crímenes que no sean de lesa humanidad no penen cárcel, sino que obliguen a los asesinos a trabajar con sus víctimas. A veces la visualización del otro, que las distintas propagandas redujeron a bestias, ayuda a derribar muros y construir puentes.

Para que estos procesos tengan éxito es necesario un entorno de paz. Y aún así es difícil, como sucede en Bosnia-Herzegovina. Dayton dejó también secuelas territoriales que no tienen nada que ver con la paz: un país dividido en dos entes con tres espacios étnicos, dirigidos por los mismos partidos que causaron la guerra.

La paz es algo más que el cese de la violencia. Un campesino acholi, del norte de Uganda, una tierra torturada por una guerra de baja intensidad, dijo en una mesa de diálogo que presidía el entonces misionero español José Carlos Rodríguez Soto. “La paz es cuando un hombre solo tiene miedo a las serpientes”.