El Tour es una carrera para valientes como Bardet
Froome se cae, como Mollema y Porte, en el triunfo en solitario del ciclista francés

Romain Bardet, en plena fuga, animado por aficionados franceses / periodico
SERGI LÓPEZ-EGEA / SAINT GERVAIS LES BAINS (Enviado especial)
¿Quién dijo que estaba prohibido atacar de lejos y que esta ciencia ciclista ya no se practicaba en el Tour? Baste con observar a Romain Bardet, ciclista de casta, 26 años en noviembre, de la generación de Nairo Quintana, y el primer ciclista en años que puede hacer soñar al público francés con ver a uno de los suyos en lo más alto del podio de París. Ha llovido, seguramente más que este viernes en la ruta de la ronda francesa, desde que Bernard Hinault levantó los brazos como ganador en 1985.
No hay una prohibición para demarrar más allá que cuando las vallas anuncian que la llegada está cerca. Si se quiere algo, por ejemplo una plaza en el cajón de los Campos Elíseos con la imagen del Arco del Triunfo al fondo, hay que intentar atacar de lejos, como hizo Bardet y aguantar, que no es imposible llegar en solitario a la meta, aunque sea por 23 segundos, que son de gloria y que sirven para alcanzar la segunda plaza de la general, a falta de una etapa alpina, nada menos que la reina de esta edición y con nombres de montaña que por fin le dicen algo al aficionado: Aravis, La Colombière, La Ramaz y la imperial Joux Plane.
Por fin, y por un día en las montañas, la suerte de la etapa no se jugó entre corredores voluntariosos, insistentes, los que pelean por la gloria de una jornada y no piensan en la general como Dani Navarro (Cofidis), que se fue al suelo, con fractura y retirada, al igual que Tom Dumoulin.
Por fin, y ya casi a las puertas de París, hubo un equipo llamado Astana que intentó, aunque sin éxito, que su líder Fabio Aru, peleara por ganar la etapa y dejó sin oxígeno a la fuga de todos los días. Chris Froome, con la carrera resuelta, salvo caída (y hay que insistir, y mucho, en esta circunstancia), dejó que otros llevaran el timón del pelotón, con Nairo Quintana escondido porque no le respondían las piernas y porque por su cabeza pasaba incluso la idea de bajarse de la bici. Y aún así se colocó en la tercera plaza de la general. "Es como si fuera un milagro de Dios. No sé que le pasa a mi cuerpo pero no me responden las piernas. Pero la clase no se pierde". Ni tener a san Alejandro Valverde a su lado, para impulsarlo hacia el podio de París.
La tercera plaa es como si fuera un milagro de Dios. No sé que le pasa a mi cuerpo pero la clase no se pierde"
Sucedió lo que temía Froome, más que a unos rivales situados a más de cuatro minutos de distancia. Su miedo se llamaba caída. Y empezó a llover, y bien, y la carretera se convirtió en una resbaladiza pista de baile en la que se iban al suelo Pierre Rolland, que estaba fugado, Bauke Mollema, que pasó del segundo al décimo puesto; Richie Porte, al que no permitió el conjunto Astana un falso 'fair play' cuando sus compañeros del BMC le pidieron a los de Aru que levantaran el pie para que el australiano se reintegrara al grupo.
Y en plena lluvia, en plena bajada, se lanzó Bardet hacia la fama, cuando, por detrás, las caídas alarmaban a todos y de las mismas no se libró ni Froome, al suelo a falta de 12 kilómetros, sin correr a pie esta vez, arrastrando en su accidente a Vincenzo Nibali y tomando rápidamente la decisión de coger la bicicleta de su compañero Geraint Thomas, de la misma talla, aunque con la salvedad de que el galés usa los platos redondos tradicionales y el jersey amarillo utiliza los ovalados, con una forma de pedaleo totalmente diferente.
Froome, "estoy bien y solo tengo rasguños", dijo detrás el podio, pagó el accidente con un insignificante peaje de 13 segundos sobre el pelotón que persiguió al valiente Bardet, y que encabezó Purito Rodríguez, segundo de la etapa. Pero demostró que la frase que dice que hasta que no se pasa la última meta el Tour no está ganado es tan cierta como que Bardet puede vencer un día no muy lejano en París.
Todas las clasificaciones en la página oficial del Tour.
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