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Segunda vida (28)

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El exbaloncestista Andrés Jiménez posa para EL PERIÓDICO en Barcelona.

El exbaloncestista Andrés Jiménez posa para EL PERIÓDICO en Barcelona. / Jordi Otix

Francisco Cabezas

Francisco Cabezas

Barcelona
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La gente continúa mirándolo de reojo. En la cafetería. En las calles del centro de Barcelona. En el metro. Ya sea por la altura que le convirtió en el primer ala-pívot moderno del baloncesto europeo (2,05 m.), ya sea por el recuerdo de alguien cuya grandeza no puede medirse en centímetros. Andrés Jiménez, 'Jimix' (Carmona, Sevilla, 1962), mito del básquet español, plata olímpica en Los Ángeles, y referente en aquel Barça que arrebató la hegemonía al Real Madrid, dice que es serio e introvertido. También cuando jugaba. Y para nada nostálgico. Pero su mirada, viva y luminosa ante el repaso de su carrera, indica otra cosa. Además, ha vuelto a dibujar viñetas, rompiendo el bloqueo de la página en blanco.

¿Un deportista puede ser realmente feliz después de acabar su carrera?

Vaya pregunta para empezar... [Y Jiménez amplía su sonrisa]. Es una pregunta muy personal. Yo no aspiro a ser plenamente feliz, sino a estar bien con la gente que me rodea. Pero eso de aspirar... provoca un estrés que te hace infeliz. Lo más duro es cuando tú no puedes decidir cuando acabas tu carrera deportiva, cuando las circunstancias te lo imponen, sobre todo en caso de lesión o por un tema contractual. En mi caso, fue un periodo muy intenso de mi vida: 20 años como profesional, desde los 16 hasta los 36. Y cuando digo profesional, quiero decir que era baloncesto las 24 horas.

Su tránsito fue relativamente bueno.

Por mi manera de ser, yo lo tenía claro. Me quería retirar en el Barça y no exprimir mi etapa deportiva. Quería quedarme tranquilo. Y así iniciar otro tiempo.

¿Cuando acabó, ya tenía un plan B en la cabeza?

Sí que lo tenía. Después de sufrir una grave lesión, me empecé a interesar mucho por la prevención, el cuidarse. Estudié nutrición deportiva y me gustaba como un hobby semiprofesional. Comencé a colaborar con el doctor Ramon Cugat. Buscaba dietas. Me gustaba. No tenía en mi cabeza seguir entrenando o, yo qué sé, estar dentro de algún staff. Creo que a algunos de mi generación nos ha pasado un poco eso. Llegamos al final muy saturados de baloncesto. Yo quería desconectar, iniciar la vida por otro lado y seguir con el baloncesto sólo como afición. A nosotros, si no ganábamos una Final Four, teníamos tralla de la fuerte. Había una presión...

Y esa presión de repente desaparece. ¿Cómo se gestiona eso?

Para mí fue un alivio. Hay una parte que puedes echar de menos, como los entrenamientos con los compañeros. Pero de lo primero que te alegras es de no viajar. Y tener por fin los fines de semana para quedar con amigos, con la familia... En ningún momento he echado en falta el baloncesto. Ya me había preparado para eso.

El exbaloncestista Andrés Jiménez posa para EL PERIÓDICO en Barcelona.

El exbaloncestista Andrés Jiménez posa para EL PERIÓDICO en Barcelona. / Jordi Otix

¿A qué se ha dedicado en los últimos 27 años?

Tenía más cosas cuando acabé. Escribía artículos semanales en EL PERIÓDICO. Mataba el gusanillo. Era una manera también de tener la parte del baloncesto cubierta sin que afectara a mi vida. Por otro lado, siempre tuve una empresa de gestión de temas inmobiliarios que me ha permitido tener libertad económica. Ha sido la base para gestionar el patrimonio.

También le gusta dibujar.

Siempre he dibujado. Desde niño me gustan los tebeos, los cómics... Recuerdo que ya de muy niño, después de ver un anuncio de Cola Cao en la tele, envié un dibujo por si podía tocarme un premio, que era una camiseta. Soy de Carmona, Sevilla. Y después de llegar a Badalona y pasar por el Cotonificio, fiché por la Penya. Ahí reorganicé mis estudios y me matriculé en la Escuela de Artes Aplicadas. Siempre tuve una vena creativa. Me gustaba mucho el diseño, los carteles publicitarios, los anuncios... Todo aquello me abstraía.

Mientras competía, ¿dibujaba también?

Tenía mi pequeño despachito en casa, una habitación con la mesa de trabajo y las acuarelas. Podía hacer algún boceto llevándome una laminita en la maleta. Pero el acabado lo tenía que hacer en casa. Todo era manual. Eso lo dificultaba. Y claro, viajando tanto, ya llegó un momento en que no podía. Y entonces lo dejé.

El exbaloncestista Andrés Jiménez posa para EL PERIÓDICO en la librería Laie de Barcelona.

El exbaloncestista Andrés Jiménez posa para EL PERIÓDICO en la librería Laie de Barcelona. / Jordi Otix

¿Fue fácil?

En aquel momento no me supuso ningún trauma porque, claro, teníamos mucha presión. Pero cuando ya te retiras, con el tiempo... Fíjese. Hace un par de años, ya comenzó a rondarme en la cabeza: 'Ostras, qué lástima que no hubiese seguido'. Dibujar era lo único que yo tenía en la cabeza. Porque, bueno, tengo cierta facilidad. Pero pensaba que lo había perdido... Entonces, lo intentaba, pero me daba pereza tener que preparar una habitación con todo. Y me ponía a hacer cosas en una hoja y no me salían tan rápidas y tan chulas como antes. Lo iba tirando para atrás. Hasta que el año pasado me pasó algo.

Cuénteme.

Una de mis sobrinas ha hecho un curso en la Escola Joso de cómic y artes visuales. Nos vimos en unas Navidades y me enseñó cómo dibujaba ella en un iPad. "¿Hostia, esto cómo se hace?", decía. Claro, no es el formato al que yo estaba habituado, pero vi que sin tener que montar toda una parafernalia podía apañarme. Me compré un iPad. ¡No quiero hacer publicidad, eh! [ríe].

Y le volvió a picar el gusanillo.

Claro. Al principio me dio mucho miedo. No sabía cómo empezar. Me dije: "Voy a ver cómo lo hacen en la escuela". Yo sabía dibujar, pero tenía que encontrar la manera de reciclarme. Lo veo [a Joso, histórico dibujante catalán] una vez al mes. Y fue suficiente para ver que podía empezar otra vez. Fue ponerme y ver cómo se rompía el bloqueo de la página en blanco.

¿Se considera un artista?

Soy un monigotero. No tengo el toque para escribir una novela. Pero yo las escenas las veo, las visualizo. Y las dibujo. Pero a mí me gusta hacerlo en plan divertido. No me salen las escenas tristes. No me apetecen.

¿Va con su manera de ser?

Dibujo cosas divertidas, pero yo soy muy serio. Muy introvertido.

¿También era serio cuando jugaba?

Muy serio. Sí. Cuando jugaba era excesivamente introvertido, y fue un problema.

¿Le penalizó?

Sí, sí, muchísimo. Me he dado cuenta después. A mí, cosas que me habían sucedido en mi vida me habían hecho cerrarme. Era mi tendencia natural. Quería protegerme. Y yo me cerraba. Ni hacía daño a nadie ni iba contra nadie, pero me cerraba en mí mismo. Podían pensar: 'Este va de estirado'. Pero era timidez, introversión. Y eso podía provocar rechazo. Yo lo único que intentaba era jugar, hacerlo bien, y bueno... Llegar a mi casa y ya está.

¿Y a nivel mediático cómo influía?

Es verdad que si en aquel momento, en lugar de haber tenido yo esa actitud, digamos que de miedo, de protección, hubiese sido más natural... Pero luego, estando con amigos, me dicen que parezco otra persona. Soy el que cuenta los chistes.

El exbaloncestista Andrés Jiménez posa para EL PERIÓDICO en Barcelona.

El exbaloncestista Andrés Jiménez posa para EL PERIÓDICO en Barcelona. / Jordi Otix

Viene a Catalunya muy joven, y su padre fallece siendo usted aún un adolescente.

Con 17 años.

Supongo que ese tipo de cosas configuran la personalidad.

Mucho. Mi familia se vino aquí cuando yo tenía 17 años. Tuve que ser el cabeza de familia, con mi madre y mis dos hermanos.

¿Cómo fue su infancia?

Yo era el más alto del pueblo, de largo. Con 13 años ya medía 1,97 m. Me decían lo típico: '¡Eh, largo! Pero era la vida... Hasta que no se creó un club de baloncesto allí, hasta que no empecé a jugar, la altura era un problema para mí. En los años 70, a ver cómo encontrabas un zapato del 47. No me sentía orgulloso de ser alto. Pero todo dio un giro cuando en Carmona formaron ese equipo. Fue la primera vez que mis amigos del cole me dijeron: 'Oye, te queremos". Pero yo no me quedo cosas en el saco. Lo que cuento es la vida.

Vivió muchas cosas buenas en el baloncesto.

He sido un afortunado. Lo pillé todo. La famosa plata que ganamos con España en los JJOO de Los Ángeles en 1984 cambió nuestro baloncesto. Y en el Barça, cuando llegué encadenamos cuatro ligas seguidas. Y ganábamos al Madrid, que no había pasado en la historia. Pero lo de Los Ángeles fue muy fuerte... Entonces, llegar a una final olímpica y contra Estados Unidos... Ni en sueños. Y no es una exageración.

Andrés Jiménez trata de avanzar, con Michael Jordan a la izquierda (9), en la final de los JJOO de Los Ángeles de 1984.

Andrés Jiménez trata de avanzar, con Michael Jordan a la izquierda (9), en la final de los JJOO de Los Ángeles de 1984. / Archivo

Hábleme de aquel partido. Usted anotó 16 puntos.

Eran todos unos bichos, no sólo Sam Perkins, que era quien me defendía. A la que te movías un poco te venía Pat Ewing. Y si querías salir fuera, el que estaba allí era Michael Jordan. Estabas muerto. ¿Me entiende?

¿Cómo se podía preparar aquello?

Para que nosotros pudiéramos ver un vídeo, siendo además ellos universitarios aún... Aquello se veía más turbio que la madre que lo parió. Pero de Michael Jordan sí sabíamos algo. Durante la preparación, viajamos a North Carolina, a Chapel Hill, que es donde está la universidad. Y justo cuando nosotros estamos allí, apareció él. Era la primera vez que lo veíamos. Cuando el tío llegó, todos los universitarios bajaron al campus. Llegó tal aluvión de chavales a recibirlo que ya pensamos... 'Joder, ¿quién es este tío?'. Ya era la hostia contra los profesionales. Y ya en el Forum de Los Ángeles, la gente se volvía loca.

Hablaba de cómo arrebató la hegemonía al Real Madrid.

Es algo de lo que estoy especialmente orgulloso, ¿eh? Le dimos la vuelta al calcetín. Las Ligas comenzaron a ser del Barça. Yo jugaba de tres-cuatro, y estratégicamente nos fue muy bien. Fue una de las claves para que ellos pues tuvieran que utilizar una ficha de extranjero para contratar a un jugador para pararme. Eso les obligaba a que, en los famosos duelos de Fernando Martín con Audie Norris, tuviera que ser un español el que se enfrentara a nuestro americano, porque una plaza de extranjero la tenían que utilizar para defenderme a mí. Me incluyeron dos veces en el mejor quinteto de Europa. Y hablo de equipos en los que estaban Vlade Divac, Alexander Volkov... Los mejores.

El técnico Aíto García Reneses da instrucciones a Andrés Jiménez.

El técnico Aíto García Reneses da instrucciones a Andrés Jiménez. / Jordi Cotrina

Su peor momento, ¿la lesión que le mantuvo 14 meses fuera?

Me rompí el cruzado anterior.

¿No llegó a temer que le podría retirar?

Sí, sí, sí. Eso fue durísimo. Durísimo. Estaba jugando en casa contra el Aris de Salónica. A nosotros nos entrenaba Bozidar Maljkovic, que había llegado ese año. Íbamos como motos. Yo estaba inmenso. Llevaba 19 puntos en la primera parte. La mayoría de las veces que un jugador se rompe el cruzado está pletórico, no sé por qué, macho. Justo antes de acabar el primer tiempo, hostia, una jugada, una entrada... Y me falla el cruzado. Me fui con el mejor cirujano que había en Estados Unidos, en el General Hospital de Massachusetts. Pero no salió bien. La rodilla no me estiraba. Llevaba ocho meses sufriendo y tenía un dolor tremendo. Yo ya no temía por poder jugar. Yo temía por quedarme cojo. Ramon Cugat me salvó la rodilla. Pude volver a estar bien para disputar los Juegos de Barcelona.

Y sufrió el 'Angolazo' (la derrota de España frente a Angola en los JJOO de Barcelona 92).

Sí, pero quedó como anécdota. Fueron tan importantes esos Juegos para mí, para mi vida, para mi carrera... Mi premio a todo aquello fue poder jugar contra el Dream Team y sentirme bien [fue el máximo anotador del partido con 23 puntos]. Sentirme buen jugador contra Scottie Pippen. Pero es que me defendieron todos. Jordan, Barkley, Karl Malone, tiré delante de David Robinson... Yo lo había pasado tan mal que aquello fue el regalo de mi vida. Aunque también tengo entre mis recuerdos la liga que le ganamos a Petrovic con el Madrid.

¿Cómo era jugar contra Petrovic?

En los Nets ya era un jugador completo, sabía jugar, tirar cuando debía, pasar a los compañeros... Un jugadorazo. Antes, tenía muy buenas habilidades, pero menos mal que nosotros no lo tuvimos en el equipo, que es lo que le pasó al Madrid. Era muy difícil. Para ser bueno no solo tienes que ser individualista. Para mí, el maestro era Michael Jordan, que jugaba bien y hacía jugar bien a sus compañeros.

¿Era Petrovic provocador con ustedes?

Muchísimo. Pero era provocador de manera innata, no sólo con nosotros. Él le hacía zancadillas a su propio hermano. No lo quiero desprestigiar, porque era muy ambicioso. E incluso siendo joven, era buenísimo. Pero estaba por pulir. Imagino que llegar a la NBA le sirvió para que lo colocaran en su sitio. Lo absorbió muy bien y a partir de ahí, chapó. Entonces me gustaba verlo. Era otra cosa.

En aquella final contra el Madrid hubo bastantes guantazos.

Se jugaba duro. Pero duro, eh. Aunque no íbamos a hacernos daño. Porque tú cuando juegas sabes dónde das. La gente era noble. A Fernando Martín le gustaba jugar duro. A mí también. Te das y te das. Y acabas con moratones. Pero eso forma parte de un partido de baloncesto con contacto. Otra cosa es lo que le pasaba a Romay, por ejemplo, con Aleksandr Belostenny (ex jugador de la antigua URSS). Tkachenko era un tío muy noble, y mira que te podía arrancar la cabeza. Pero Belostenny tenía muy mala leche. Romay salía siempre con la ceja abierta. Él sí iba a hacer daño. Dino Meneghin también era un tío muy duro. Y es verdad que si le tocabas las narices, te podía dar.

Andrés Jiménez, ante Joe Arlauckas, en un partido frente al Real Madrid en mayo de 1997.

Andrés Jiménez, ante Joe Arlauckas, en un partido frente al Real Madrid en mayo de 1997. / Archivo

¿Usted no tuvo una historia con el serbio Zarko Paspalj?

Ah, sí, sí. Nos dimos en un Europeo.

¿Puñetazos?

Un poco sí... Pero era buen tío, eh. Con carácter, como yo. Nos empezamos a picar... Y pasó. No me siento orgulloso.

Andrés Jiménez se dispone a lanzar un tiro libre, durante su etapa como jugador del Barça.

Andrés Jiménez se dispone a lanzar un tiro libre, durante su etapa como jugador del Barça. / Jordi Cotrina

¿Cuánto de malditismo hubo con las Final Four perdidas?

Estuve en seis. Y finales, cuatro.

¿Cuál le fastidió más perder?

Hombre, la que teníamos ganada. La del tapón de Vrankovic contra el Panathinaikos de 1996 en París. La propia FIBA nos dio una carta reconociendo que aquel tapón era ilegal. Está en el museo del Barça.

¿Hubo algo raro ahí?

No, no hubo ninguna cosa rara. Sólo que fue incomprensible, ¿no? Si un balón toca el tablero... No había el vídeo que hay ahora.

¿Pero cree que no lo vieron los árbitros y ya está?

¿Y qué iban a hacer? Dijeron, 'sigan, sigan'. Y una vez pasa eso, se acaba el partido. ¿Y tú qué haces? ¿No te vas de la pista? Ya de por sí la jugada es extrañísima. José Montero, en lugar de meterla abajo, hace una parada a dos pies. Quizá quería asegurar, no sé. Pero no es reprochable para nada. Luego, que el que baje corriendo sea Vrankovic, el cinco lento del otro equipo, que llegue y que, además, le dé tiempo a hacer eso... El problema no fue ni de Montero ni de Vrankovic, sino que el tapón era ilegal. Esa es la realidad. Yo era el capitán y me pasé la noche con Salvador Alemany, entonces directivo responsable de la sección, analizando la situación. Pero, ¿qué más podíamos hacer? El partido había acabado.

Durante su carrera, ¿recuerda haber llorado alguna vez?

Llorado... hombre, sí, cuando me despedí. Sí... [Jiménez no quiere que la emoción lo detenga... pero sus ojos toman un brillo especial]. Aquel día intenté no llorar. Pero sí, lo hice. El momento te supera. Me sentí muy querido. Y orgulloso. Aunque no ganáramos la Euroliga, nosotros fuimos la referencia del club. Y esto es así.

¿Qué le queda por hacer en esta vida?

Es una pregunta muy potente. Pero de lo que me siento más orgulloso es de haberme sacado el máximo rendimiento que he podido. Lo he dado todo.

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