Saltar al contenido principalSaltar al pie de página
Día Internacional del Piloto Aviador

Historias de quienes hacen posible volar

Hoy, 7 de abril, es el Día Internacional del Piloto. Una jornada que celebra una profesión tan exigente como vocacional. Y es que hay hombres y mujeres que dedican su vida a algo tan increíble como el sueño de surcar los aires. Por ello, hablamos con tres pilotos de Vueling, para conocer más de cerca esta figura que ayuda a conectar personas, culturas y lugares.

El comandante David Sole en la cabina de vuelo, la comandante Cristina Aquirre junto a un Airbus A320 de Vueling y Carmen de Castro, First Officer, recién incorporada a la compañía..

El comandante David Sole en la cabina de vuelo, la comandante Cristina Aquirre junto a un Airbus A320 de Vueling y Carmen de Castro, First Officer, recién incorporada a la compañía..

Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico

Porque ser piloto no es solo manejar un avión. Es sostener una responsabilidad constante, invisible para la mayoría de los pasajeros. Es estudiar durante toda la vida, someterse a exámenes periódicos, a simuladores donde se entrenan situaciones para poder estar preparados ante cualquier eventualidad, desde casos médicos a condiciones metereológicas adversas. Es, también, una forma de entender el mundo desde la disciplina, el compromiso y la pasión.

Carmen de Castro lo sabe bien. Acaba de incorporarse como First Officer y habla con emoción: “es el sueño de mi vida hecho realidad. Es estar feliz todos los días viendo que lo que tantas noches me tuvo en vela pensando que era imposible, hoy es un hecho”, explica. Su camino han sido horas de estudio, renuncias y de incertidumbre. “No me gusta hablar de metas porque el sendero de la vida no termina nunca, pero sabía que eran las decisiones a tomar”, añade.

Vocación y aprendizaje

En sus primeros meses de vuelo profesional, lo que más le ha sorprendido no es solo la técnica o la responsabilidad, sino el factor humano. “Me parece emocionante lo generosa que es la profesión. Ver a comandantes experimentados aconsejar y enseñar con tanto mimo a los que acabamos de empezar”. En ese relevo constante se sostiene gran parte de la seguridad aérea. Porque volar es, ante todo, rigor. Carmen lo cuenta: “para los que estamos enamorados del aire, es lo más bonito que existe, pero eso no quita que sea primordial estar en un aprendizaje constante”. Y, aun así, hay algo que trasciende lo técnico: “la sensación de estar en el aire, los amaneceres desde arriba, ver las estrellas sin contaminación lumínica… creo que no hay nada concreto que pueda hacer especial a algo que ya consiste en un imposible para el hombre como es volar”.

La dimensión humana

Esa misma emoción sigue viva en Cristina Aguirre, comandante con una trayectoria consolidada. “Ser piloto es una profesión totalmente vocacional. Los que lo somos por vocación no necesitamos mucha motivación, nos encanta”, afirma. En su caso, la rutina no existe: cada día implica nuevos retos, meteorologías distintas, destinos cambiantes. “Hay un dicho entre los pilotos: tengo las mejores vistas desde mi oficina”. Y más allá de las vistas, está el impacto real de su trabajo: “siempre me gusta pensar que unimos familias”, explica. Desde pasajeros que viajan a celebrar una boda hasta quienes se desplazan para despedir a un ser querido. También hay momentos en los que la aviación se convierte en un eslabón crítico: el transporte de órganos para trasplantes o el traslado de material en situaciones de emergencia. “Es muy bonito pensar que estás contribuyendo a que se pueda salvar la vida de una persona”.

Detrás de cada vuelo hay horas de preparación, decisiones clave y una pasión compartida por volar

La historia reciente también ha puesto a prueba esa vocación. Cristina recuerda episodios como la erupción del volcán islandés que paralizó el espacio aéreo europeo o los vuelos durante la pandemia para traer material sanitario. Situaciones excepcionales que evidencian el papel esencial de la aviación en momentos críticos. Esa responsabilidad se sostiene, en gran parte, sobre una formación que nunca termina. “Desde que empiezas a estudiar ya sabes que vas a tener que hacerlo durante el resto de tu vida”, señala. Simuladores semestrales, actualización constante de sistemas, adaptación a nuevos modelos de avión. A ello se suma una evolución en la propia cultura profesional: “creo que ahora somos más conscientes de la necesidad de cuidarse, tanto físicamente como en hábitos de descanso”. Sin embargo, el camino no está exento de exigencia. Horarios exigentes, movilidad geográfica, días que se pueden alargar por causas operativas o meteorológicas. “Es una profesión muy bonita, pero tiene sus contras. A veces te pierdes cosas”, reconoce. Y aun así, no hay duda: “no lo cambiaría por nada del mundo. Es una sensación de control, adrenalina y libertad difícil de explicar”. David Sole Miret, comandante, también recuerda alguna situación compleja: “en una ocasión hicimos un vuelo de Varsovia a Madrid. El vuelo de ida a Varsovia se hacía en vacío y se había contratado para hacer la vuelta con refugiados/as ucranianos/as que abandonaban sus hogares para empezar una nueva vida en otras regiones. Me acuerdo de saludar a un niño de 5 o 6 años que transmitía sentimientos de miedo y desconfianza hacia todo lo que le rodeaba. Aunque muchas experiencias reflejan su gran valor social, también forman parte de realidades complejas.

Una profesión imprescindible

En ese equilibrio entre exigencia y pasión se construye una profesión imprescindible. Los pilotos no solo operan aviones: contribuyen a que el mundo siga conectado, que las distancias se acorten y que, en ocasiones, la ayuda llegue a tiempo. Detrás de cada vuelo hay horas de preparación, decisiones clave y una pasión compartida por volar. Quizá por eso, cuando un avión despega y se eleva sobre el horizonte, sigue habiendo algo profundamente mágico. Algo que recuerda que, incluso en la era de la tecnología, volar continúa siendo, como dice Carmen, “un imposible hecho realidad”.