25 oct 2020

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EL BALANCE DE UNA GESTIÓN

Quim Torra: solo ante el peligro y sin munición

El legado de Torra es el de un 'president' de transición sometido a los vaivenes de la batalla JxCat-ERC

Logró aprobar unos presupuestos y trató de liderar la lucha contra el covid, pero su plan soberanista fracasó

Fidel Masreal

Quim Torra, en el Parlament, visto a través de una barandilla.

Quim Torra, en el Parlament, visto a través de una barandilla. / FERRAN NADEU

En la primavera del 2018, cuando en Catalunya reinaba el desconcierto sobre la falta de 'president' tras los intentos de Carles Puigdemont –abortado por el presidente del Parlament ante las advertencias del Constitucional–, Jordi Sànchez –encarcelado–, y Jordi Turull –a prisión en pleno debate de investidura–, un diputado de JxCat conversaba en Berlín con un soberanista catalán y le decía algo así como: "Fíjate si está el panorama difícil que hasta se baraja mi nombre como presidente".

El legado de Quim Torra como presidente de la Generalitat viene marcado desde el primer minuto por haber sido imprevisto y casi objeto de la necesidad más que de cualquier otra circunstancia. En aquellos días convulsos, Miquel Buch, ya 'exconseller' de Interior, viajó a Bruselas como posible candidato. Y el exsocialista Ferran Mascarell incluso llegó a escribir su discurso de investidura, confiando en que las posibilidades de ser el escogido eran ciertas. Finalmente, el elegido fue Torra, de quien su valedor, Puigdemont, elogiaba su bagaje cultural y experiencia de gestión empresarial, así como no pertenecer a ninguno de los dos partidos del Govern, para poder así tener manos libres.

Quim Torra, investido ’president’ con la abstención de la CUP. / ZML

Esta última circunstancia, la de no pertenecer orgánicamente ni a ERC, ni al PDECat, ni a la estructura de Junts, ha sido el principal hándicap de Torra. Durante todo su mandato han descubiertas enseguida las limitaciones de ser un 'president' de circunstancias al frente de unos 'consellers' sobre los que no tenía poder absoluto, dado que reportaban antes que nada a ERC y a JxCat sus decisiones.

La losa del pasado

Torra llegó, además, con el lastre de sus textos agrios y, como mínimo, despectivos respecto a España y los españoles. Y a renglón seguido, tuvo que asumir su primera derrota política: la promesa de restituir a los 'consellers' destituidos por la aplicación del artículo 155 de la Constitución no se hizo realidad. Pronto asumió que gestionaba un Govern autonómico que salía de un período de control y tutela por parte del Estado.

El resumen de sus objetivos era: "de la restitución a la constitución". No ha logrado ni una cosa ni otra. No se ha restituido al Govern que llevó al 1-O y la DUI. Y la constitución catalana, ni está ni se la espera, dada la extrema lentitud del llamado proceso constituyente.

Torra ha tratado en varios momentos de marcar su propio perfil, en clave soberanista, pero en ninguna de ellas lo ha logrado. Prometió en una conferencia solemne desobedecer al Constitucional y emprender una marcha (simbólica o no) hacia la independencia. No se hizo realidad. Tampoco ha logrado superar un lastre que lleva años retorciéndose: la batalla por la hegemonía entre Puigdemont (Junts) y Oriol Junqueras (ERC). Día a día, Torra ha mostrado su predisposición a actuar de la mano (o a las órdenes) de Puigdemont, pero ni se ha hecho militante de Junts ni ha logrado tampoco con ello torcer el brazo de ERC.

Sin grandes leyes

El principal logro, curiosamente, podrá atribuírselo tanto Esquerra como el propio Torra: aprobar por fin, tras varias prórrogas, unos presupuestos, y hacerlo de la mano de los 'comuns', que veían la necesidad de apoyos recíprocos en el Ayuntamiento de Barcelona y después en el Gobierno central. Mérito, pues, de incrementar la inversión social y de lograr un apoyo en el Parlament fuera del bloque independentista, dado el nuevo portazo de la CUP a las cuentas.

En dos años y medio, Torra no ha logrado grandes leyes ni avances parlamentarios. Su perfil no es ni ha sido el de un político bregado. Y sus antecesores, como Artur Mas, discrepan abiertamente de actitudes como la de colgar una pancarta independentista en período electoral, jugándose el cargo, o la de animar a los CDR a "apretar" al Govern en clave de movilización post-sentencia.

La calle desborda a Torra. Tensión tras la actuación de los Mossos frente al Parlament. / ZML

El Torra activista ha aparecido en varias ocasiones, como cuando tardó días en condenar rotunda y categóricamente la violencia en las calles tras la sentencia, para posteriormente liderar una posición de gran exigencia hacia el 'conseller' de Interior, Miquel Buch, por las cargas de los Mossos. Una exigencia lindante con la demanda de dimisión.

Tensiones constantes

En el día a día de la gestión, Torra se ha sentido a menudo solo, y en JxCat también le han afeado una cierta tendencia a blindarse con su núcleo de asesores más cercanos. Así, una de las ocasiones en las que trató de marcar su propia hoja de ruta acabó también en fiasco: sin comunciarlo previamente a los dos socios del Govern, Torra lanzó la apuesta por volver a ejercer la autodeterminación en otro referéndum.

Fue su particular puñetazo sobre la mesa cuando constató –como en toda la legislatura– que ERC no se plegaba a sus planes y que JxCat tampoco le dejaba liderar, dado que el líder en este espacio ha sido y sigue siendo, sin discusión, Puigdemont. La propuesta de Torra cayó en saco roto. Como la de iniciar el camino de la constitución catalana, o el de volver a aprobar las leyes sociales impugnadas por el Tribunal Constitucional.

Torra anuncia elecciones tras los presupuestos. / JORDI COTRINA / VÍDEO: QUIM VALLÈS / ACN

En este contexto de tensión constante con ERC por la negativa de estos a desbordar la legalidad de nuevo (y, por tanto, la negativa a desacatar resoluciones judiciales sobre, por ejemplo, la pérdida de escaño de los líderes encarcelados o en el exterior), Torra pareció tomar su principal decisión: acabar con la legislatura y convocar elecciones. Lo hizo en enero, de acuerdo con los planes de JxCat y Puigdemont, que siempre han pasado por buscar la mejor manera de ir a las urnas contra una ERC a la que acusan de todas las cesiones al Estado.

El azote de la pandemia

Pero llegó el covid, y con él Torra halló una vía para ejercer a fondo la presidencia. Lo hizo asumiendo graves riesgos, como el de colgarse medallas y exigir medidas al Gobierno central que se tornaron en su contra cuando afloraron graves deficiencias en la gestión propia, sobre todo en el caso de las residencias u otras medidas que no se acababan de tomar. Pero Torra ha mandado, ha levantado la voz en privado con 'consellers' de ERC y de JxCat y ha tratado de liderar, sin morderse la lengua para desautorizar a 'consellers', harto de ver –según dicen en su entorno– timidez en las medidas anticovid y codazos y partidismos en las mismas.

Torra ha logrado así, junto con los presupuestos, un cierto perfil. Con todo, su poca experiencia de gestión y desconocimiento de la Administración han hecho de él alguien siempre notablemente más cómodo en el discurso soberanista incendiario que en otros terrenos, pese a tratar de cultivar un perfil socialcristiano fruto de su ideología.

Torra llega al Tribunal de Justicia para ser juzgado por desobediencia. / PERE FRANCESCH / ACN / VÍDEO: EFE

En el terreno soberanista, finalmente ha logrado, sí, su propio perfil, gracias a la polémica de las pancartas. Una desobediencia de manual que él mismo asumió ante el juez en la primera de las causas y que le llevan a asumir –frente a las recomendaciones de servicios jurídicos y 'consellers' en sentido contrario– el martirio de la condena, porque por encima de todo estaba su coherencia y sus principios.

Al servicio de Puigdemont

Pero ni así ha logrado Torra imponerse. Finalmente, su intención indisimulada de convocar elecciones en otoño, una vez la pandemia remitiese, tampoco se ha hecho realidad, dado que la influencia de Puigdemont es notable y Junts exigía que el Supremo fuera el que lo inhabilitase para generar así otro conflicto. Torra lo ha acatado, una vez más, y las elecciones no serán ahora, como exige toda la oposición e incluso ERC. Serán cuando mejor le van a Junts.

A cambio, Torra ha querido mostrar su último acto autónomo: un cambio de Govern que no ha contentado a nadie y cuyos argumentos han sido débiles ante la evidencia de que se trataba de una purga contra el PDECat por desmarcarse del camino del conflicto que proclama Puigdemont. 

Con este legado, Torra se prepara para marcharse. No querrá hacer de 'president' cuando deje de serlo legalmente. Querrá proclamar que ha sido coherente con sus principios y quién sabe si algún día explicará a fondo el doble lenguaje de la política que tanto le ha molestado en este convulso y breve mandato, y al que ha asistido protestando en privado y guardando silencio en público por el bien del convulso 'procés'.