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TERROR EN FRANCIA

El día más largo tras una enloquecida fuga

Los hermanos Kouachi resistieron durante horas el cerco en una imprenta

MARC MARGINEDAS / DAMMARTIN-EN-GÖELE (enviado especial)

Todo acabó en un intervalo de unos pocos minutos, en los instantes previos a la puesta de sol. Primero, tres o cuatro ráfagas de disparos, acto seguido tres explosiones secas, a continuación unos minutos de silencio, y finalmente, una última y potente detonación, que hizo retumbar la verde llanura que rodea a Dammartin-en-Goële. Nada más callar las armas, comenzó a registrarse un intenso movimiento de helicópteros y vehículos policiales en torno a la cercada imprenta, situada a unos centenares de metros de un grupo de casas unifamiliares.

La enloquecida fuga de los hermanos Kouachi, los dos presuntos autores del atentado contra la sede de la revista satírica 'Charlie Hebdo'iniciada dos días antes, llegaba a su fin de esta trágica forma, en un polígono industrial a unos 45 kilómetros al noreste de Paris, muy cerca del aeropuerto Charles de Gaulle, ya en la región parisina. Los dos presuntos yihadistas fueron abatidos durante la operación policial, aunque la persona retenida en el interior de la nave industrial -parece ser que no era un rehén propiamente dicho, sino alguien que se puso a salvo en una habitación aparte nada más comprobar la presencia de los hermanos Kouachi en las instalaciones- consiguió preservar su vida.

La tranquila población de Dammartin-en-Goële, donde tan solo el rugido de los aviones aterrizando en el aeródromo de Roissy es capaz de romper el silencio propio de la campiña francesa, se vio profundamente sacudida en cuanto fue detectada la presencia de los Kouachi en las proximidades. Un conductor cuyo automóvil fue robado por los yihadistas dio la voz de alarma por la mañana, y, enseguida, se produjo un tiroteo entre policías y extremistas islámicos en un control de carreteras que acabó por confirmar la presencia en la zona de los fugitivos.

ACCESOS CORTADOS

Un imponente despliegue de efectivos de la Gendarmería, policía, unidades de élite y helicópteros se concentró en la zona, al tiempo que los accesos a Dammartin-en-Goële desde la carretera nacional 2, una autovía que une París con la frontera de Bélgica, eran cortados. Los agentes desplegados, fuertemente armados, no se esmeraban en ocultar su nerviosismo, y ordenaban, entre gritos, amenazas e incluso improperios a los conductores a que continuaran su camino por la autovía. Mientras, a lo lejos, los helicópteros realizaban sin cesar vuelos rasantes sobre el casco urbano de Dammartin-en-Goële, incrementando la atmósfera de psicosis que se vivía en las regiones del noreste de París desde el día anterior y presagiando que la caza al hombre desatada en Francia estaba ya muy próxima a su fin.

Los miembros de las fuerzas de seguridad pidieron a los habitantes de Dammartin-en-Goële que se mantuvieran en sus casas, apagaran las luces y se abstuvieran de salir. Los niños en edad escolar, que habían ya comenzado las clases, permanecieron concentrados en los colegios e institutos durante varias horas a la espera de que la situación se estabilizara y pudiera procederse a su evacuación. Vincent Daragon, un joven padre que ronda la treintena, se quejaba a mediodía, cuando el asedio ya duraba varias horas, de la frustración que le producía no poder recoger a sus pequeños para llevarlos a casa: «Han tapado las ventanas de la escuela con colchones y no les dejan salir». No obstante, Vincent admitía la necesidad de garantizar con todas las medidas posibles la seguridad de los pequeños, dado lo nutrido de población escolar de Dammartin-en-Goële. «En la comuna debe haber un millar de escolares», calculó.

Didier Chevalier, vicealcalde de Othis, población colindante, no daba crédito a lo que estaba sucediendo. «Conozco bien al propietario de la imprenta; es una empresa familiar; en ella trabajan el cabeza de familia, su esposa, un hijo y uno o dos comerciales; la alcaldía de Othis trabaja a menudo con ellos», explicó a media mañana. Su colega de Dammartin-en-Goële aseguró haber hablado con uno de los secuestradores y haberle invitado a rendirse, a lo que respondió que él y su hermano querían morir como yihadistas.

CÉLULA DE CRISIS

A primera hora de la tarde, tras informar las principales cadenas de televisión de la celebración de una nueva reunión de crisis entre el presidente de la República, François Hollande, el primer ministro Manuel Valls, el ministro del Interior, Bernard Cazeneuve, y Christiane Taubira, titular de Justicia, todo hacía presagiar que el asalto final estaba ya próximo. Del conjunto de casas situado a escasos 150 metros de la nave donde se habían parapetado los yihadistas emergió Milud Belal, quien había permanecido desde primera hora de la mañana encerrado en su casa, siguiendo a pies juntillas las órdenes de la policía e informándose por la televisión de unos sucesos que se desarrollaban a escasos metros de su hogar. Fue finalmente evacuado. «Me han pedido que salga de mi casa después de que por la mañana me ordenaran que me quedara dentro; el despliegue en torno a la fábrica es impresionante; hay gendarmes y policías de paisano; no creo que esto se prolongue ya mucho», confesó a los reporteros, congregados ante el cordón policial, minutos antes del inicio del tiroteo final.

La actividad en torno a la fábrica asediada iba a más a medida de que se aproximaba la puesta de sol, y algunos fotógrafos de agencias, pertrechados con potentes teleobjetivos, llegaban a identificar a los francotiradores posicionados en los tejados. Tras el tiroteo, los lugareños no tardaron en salir a pasear, aunque eso sí, aún con el susto en el cuerpo. «Nuestra casa ha vibrado durante el asalto», rememoraba Beatrice Thuillier, tras haber permanecido encerrada en casa durante toda la jornada con sus tres hijas.