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CRÍTICA

'Casas de locos', de Colin Barrett: cuando la historia la dictan los secundarios

Tras publicar dos libros de relatos, el autor prueba con esta novela breve pero certera

El escritor irlandés Colin Barrett, autor de 'Casas de locos'.

El escritor irlandés Colin Barrett, autor de 'Casas de locos'. / Irene Vilà Capafons

Marta Marne

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Gabe y Sketch Ferdia llegan en mitad de la noche a casa de Dev. Con ellos va –no por voluntad propia– Doll English. Dev no acaba de creer lo que están haciendo los hermanos Ferdia, pero aun así accede a preparar el sótano para que el joven pase allí la noche. El lugar, sin embargo, no es tan tenebroso como podría parecer: el propio Dev pasó buena parte de su infancia entre esas paredes y el espacio resulta, dentro de lo posible, habitable.

Lo que no resulta tan fácil de justificar es que aten a Doll de las muñecas y lo retengan. ¿El motivo del secuestro? Los Ferdia trabajan para Mulrooney y, no hace tanto, Cillian –el hermano de Doll– la fastidió. Le debe dinero y, en ciertos negocios, especialmente los que no se declaran a Hacienda, dejar una deuda sin saldar se considera una falta grave. Retener a Doll es una forma de asegurarse de que Cillian moverá cielo y tierra para reunir el dinero.

Pese a lo que pueda parecer en el primer capítulo de Casas de locos, de Colin Barrett (County Mayo, Irlanda, 1982), e incluso a lo que sugiere la sinopsis, donde ni siquiera se le menciona, uno de los personajes principales de esta novela coral es Dev. Un chaval que, pese a su físico imponente, fue víctima de acoso escolar durante años. Vive solo con el perro de su madre desde que ella falleció, y no atraviesa precisamente su mejor momento.

La soledad, la falta de oportunidades y el peso del lugar de origen son los verdaderos motores de esta historia

Poco a poco, iremos descubriendo su historia y el cúmulo de decisiones –algunas suyas, muchas no– que explican cómo ha llegado hasta aquí. También está Nicky, la novia de Doll. De forma algo abrupta, el segundo capítulo –sin apenas pistas que lo anticipen– retrocede unas horas y nos sitúa antes del secuestro. Al principio, el cambio puede desconcertar, pero pronto deja de importar: el autor centra la atención en la relación de Nicky con la madre de su novio, en sus planes de futuro, en su jefe… Elementos que permiten medir la temperatura del lugar en el que viven.

Vocación de cuentista

Casas de locos es la primera novela de Barrett tras dos libros de relatos, y esa vocación de cuentista se percibe en la forma en que construye la historia. No hay un arco narrativo claro desde el principio, ni estructura lineal, ni siquiera un protagonista definido. Todo parece indicar que la trama girará en torno a Doll, o quizá a los hermanos Ferdia, pero con una acción contenida y un ritmo sosegado, el foco acaba posándose en quienes, en cualquier otra historia, habrían sido los secundarios.

Porque de eso trata esta novela: de secundarios. De aquellos que ni siquiera parecen protagonizar su propia vida, porque otros toman siempre las decisiones por ellos. Dev no elige que su casa se convierta en refugio para un secuestrado, pero tampoco sabe cómo oponerse. Nicky será arrastrada al interior de un coche en el punto álgido de la trama, a pesar de que todo indica que no es buena idea que esté ahí.

La soledad, la falta de oportunidades y el peso del lugar de origen son los verdaderos motores de esta historia. En ese sentido, es una novela negra de manual: no tiene un final reconfortante, no hay futuro para sus personajes y, mientras te cuenta una historia, en realidad está hablando de otra cosa. Una novela breve, pero lo bastante certera como para que nadie –ni personajes ni lector– salga del todo ileso.

Casas de locos

Colin Barrett 

Traducción de Magdalena Palmer 

Sajalín

238 páginas

20 euros