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Opinión | MAPA DE LETRAS

Lorena G. Díaz

Oslo, el Nobel de la Paz y el triunfo de la novela negra

La lectura del ‘noir’ noruego resulta oscura, lenta y profunda si se compara con la de los ‘thrillers’ convencionales. Justo lo contrario de lo que es el país

El autor noruego Jo Nesbø, creador del policía de homocidios Harry Hole.

El autor noruego Jo Nesbø, creador del policía de homocidios Harry Hole. / Stian Broch

El entusiasmo de Noruega por liderar el camino hacia un planeta más pacifista contrasta con ser pura inspiración para uno de mis géneros literarios preferidos, el 'noir' escandinavo. “Veo cadáveres y pistas de asesinatos por todas partes”. La frase no es mía, que podría ser, pero debo adjudicársela a Gunnar Staalesen, el escritor noruego de novela policíaca, famoso por sus novelas del detective de Bergen Varg Veum. Por qué Noruega, respetada sede del Premio Nobel de la Paz y un país feliz según el informe de la ONU sobre la Felicidad en el Mundo, es uno de los países de mayor producción de novela negra es un todo un misterio.

Paisajes desolados que contrastan con una sociedad idealizada se encuentran en la mayoría de sus 'thrillers'. Detectives melancólicos, una sensibilidad casi adusta y la creencia de que los problemas políticos son la base de la novela negra moderna, la lectura de la novela negra nórdica resulta oscura, lenta y profunda si se compara con los 'thrillers' convencionales. Justo lo contrario del país, que trabaja de forma ágil para hacer de la arquitectura, la paz y la cultura en general una convincente tarjeta de presentación.

Viajé a Oslo con motivo de la entrega del Nobel de la Paz, que se celebra en la capital noruega cada 10 de diciembre desde 1990, con Miajíl Gorbachov como galardonado, recibiendo la ya famosa medalla diseñada por el noruego Gustav Vigeland en el Ayuntamiento de Oslo. Este año, no exento de polémica, el galardón recayó en la venezolana María Corina Machado “por buscar una transición pacífica hacia la democracia”, según palabras del propio Centro Nobel de la Paz.

Tras dos días inmersa en el universo Nobel, lo primero que hice en cuanto pude escapar de todo ese empeño de la ciudad por dignificar los valores democráticos fue acudir a una librería para comprar la última de las novelas de la estrella del rock noruega reconvertida en escritor, Jo Nesbø. Tras haber leído y disfrutado 'El petirrojo', necesitaba mi dosis de Harry Hole, un policía de homicidios bastante machista en constante persecución de psicópatas desbocados.

Con el libro en la mano y todas las ganas por comenzar a deambular por esa crítica social y el sentido de la desolación que acompaña siempre a los libros de Nesbø, cuyos argumentos suelen centrarse en crímenes que se producen de manera brutal y con gran violencia, acabé en un rincón de la impresionante biblioteca pública Deichman, elegida como la mejor del mundo y posicionada como todo un orgullo nacional. Los premios y la popularidad demuestran que esta biblioteca del futuro con vistas al fiordo (y a la famosa ópera de Oslo) ha sido un éxito, y aquí es donde me encuentro arrancando con ganas la última novela de Nesbø, 'La casa de la noche', donde el autor regresa a sus inicios allá por los años 80.

Oslo parece haber alcanzado finalmente todo su potencial y su firme apuesta por la cultura ha sido clave en la reinvención de la ciudad donde, arquitectónicamente, su huella es claramente moderna gracias en parte a un devastador incendio en 1624 que arrasó con la mayoría de los edificios tradicionales de madera que se ven en ciudades como Bergen. Con un marcado carácter cosmopolita, su posicionamiento como destino cultural lleva años dando sus frutos, y hoy Oslo puede presumir de poseer dos importantes museos, Munch (cuyo arquitecto, Juan Herreros, es español) y el Museo Nacional. La capital de Noruega es una ciudad en auge, tanto como el país que inspira historias de crímenes de ritmo lento y pertinaces detectives.