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ALTA FIDELIDAD

Comerás flores y cantarás tus canciones

En su primera y brillante novela, Lucía Solla Sobral cuenta la historia de Marina, una alegre veinteañera que acaba de perder a su padre y también cae en el letargo de los hombres de maldad invisible

He venido a hablar de mi libro: Lucía Solla Sobral, autora de 'Comerás flores'

La escritora Lucía Solla Sobral, autora de la novela 'Comerás flores'.

La escritora Lucía Solla Sobral, autora de la novela 'Comerás flores'. / EFE

Laura Barrachina

Madrid
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Tengo una amiga que no detectó que quería separarse hasta que una mañana, mientras conducía, el algoritmo de su plataforma de música le soltó una canción que ella adoraba, pero que había dejado de escuchar hacía años, cuando se mudó con su pareja. A él no le gustaba ese músico, bueno, era algo más que eso, a él le parecía que aquel músico era un cursi, sus riffs un bluff, su estilo un rollo. Así que ella, sin darle importancia, sin darse ni cuenta -me contó- dejó de escucharlo. Eso significó, claro, que también fue dejando de ir a sus conciertos y a los de otros músicos parecidos.

Después de perderle la pista a aquel músico ella se perdió también la pista de sí misma hasta que muchos años después, una mañana de septiembre, de camino al trabajo, apareció aquella canción en su coche vacío y se le llenó de recuerdos de la mujer que fue y que tan bien le caía. Mi bella amiga durmiente había despertado del letargo sin beso, solo con una canción.

Me he acordado mucho de mi amiga leyendo ‘Comerás flores’, la primera y brillante novela de Lucía Solla Sobral en la que cuenta la historia de Marina, una alegre veinteañera que acaba de perder a su padre y también cae en el letargo de los hombres de maldad invisible, los que te quieren tanto que te encierran en el desván por tu propio bien, para cuidarte, esos hombres malos, como diría Natalia Lacunza en aquella canción: “No me querías tanto, no me querías nada, eres un hombre malo y como tú hay tantos”.

En ‘Comerás Flores’, Marina deja de poner a Morrissey o a The Smiths en las cenas que le preparada a Jaime (veinte años mayor que ella y padre de una chica de su misma edad) porque a él no le gusta, él prefiere el jazz o conducir su Bentley escuchando a Erik Satie, así que Marina, pensando que no importa, deja de escuchar su música favorita para que él se sienta bien y por eso, en un momento de la novela, ella cree que es responsable de todo lo que le pasa, “por haber sido tan tonta”.

Qué rabia he sentido al leer eso, qué ganas de decirle a Marina que de tonta nada, qué dolor cuando Marina va, como las ratas tras el flautista de Hamelin, recogiendo todas las miguitas de pan que el experimentado, rico y guapo Jaime va dejándole mientras los lectores vemos cómo ella va entrando en una jaula de oro y el estómago se le llena de hormigón y solo suena un jazz mortecino.

Marina es periodista, a los catorce escribia un blog sobre música, tiene, en este sentido, “un gusto exquisito” como le dice otro hombre tan asombrado con ella como Jaime, hombres a los que solo les falta decir eso de “tú no eres como las demás, tú sí que tienes buen gusto”, una bandera roja de manual. Marina, en cambio, está en un momento delicado y eso le hace sentirse halagada. Más tarde, Jaime le dirá que si un hombre la felicita por su manera de escribir es porque quiere algo con ella porque aún le queda mucho que mejorar y Marina piensa que quizá tiene razón.

Por su cumpleaños, a Marina le regalan algo horrible que ya averiguará el lector, vinilos de María Rodés y Sr. Chinarro y entradas para ver a Rufus T. Firefly. Sonrío al pensar que Marina finalmente ha ido a verlos y les ha escuchado cantar: “Nos metimos a un bosque tan profundo que me asusté y la pena quedó tan atrás que la hicimos desaparecer”.