Naturaleza en el tramo urbano
Dos crías de garza real nacen por primera vez en el parque fluvial del río Besòs: "Es un hecho histórico"
Una pareja de la especie se ha atrevido por primera vez a anidar y criar en el curso final, una zona en medio de la Barcelona metropolitana, cruzada por vías transitadas y frecuentada por multitud de personas
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Las crías de garza real, captadas en el nido en el que nacieron en un árbol del parque fluvial del río Besòs, en Sant Adrià. / MIGUEL JODAS

Paco Torres hace 18 años que fotografía y dibuja las aves que alternan en el parque fluvial del Besòs, entre Santa Coloma de Gramenet y Sant Adrià, donde el río desemboca en el Mediterráneo. “Tiene mucha vida”, atestigua Torres, autor de un blog donde da cuenta de las especies que avista a diario, sobre todo en el tramo bajo del Besòs. El cauce y su ribera quedaron gravemente contaminados por los vertidos de las fábricas situadas en las márgenes en la segunda mitad del siglo XX, hasta que se recuperaron hace 26 años para el disfrute de los vecinos en ese rincón pegado a Barcelona. Ahora se aspira a que congreguen cada vez más biodiversidad. “Ahora han empezado a llegar los cormoranes grandes, he contado 15 o 20, pero serán más cuando llegue el frío -augura Torres-. Y, por la noche, hay un dormidero donde se pueden juntar 200 garcillas bueyeras y garcetas comunes… Al atardecer también bajan todas las gaviotas y van hasta el mar, porque están más protegidas de los depredadores”.
Torres ha divisado 158 especies de ave en el parque fluvial. Acumula experiencia y conocimiento como observador de la evolución de un río que ha recobrado fauna sin dejar de estar expuesto a la amenaza de la contaminación. Además, ha sido testigo de un hecho inusual en los últimos meses: a finales de la pasada primavera, nacieron las dos primeras crías de una pareja de garzas reales que anidó en la parte del parque en Sant Adrià. Se criaron en esa zona entre mayo y julio, profundamente urbana y frecuentada por corredores, ciclistas y paseantes.
“Es un hecho histórico”, sostiene Torres. “Nunca habían criado en el parque -subraya-. Normalmente lo hacen en la Ciutadella, pero no solo han criado en el parque fluvial, sino que también han puesto huevos y han salido dos pollos... Es un hecho de la recuperación del río”.
"En el Besòs, la mejora del agua y, por lo tanto, que haya más alimento han sido capitales para esta especie", explica el biólogo Xavi Larruy, que hace un seguimiento ornitológico del parque fluvial desde hace más de 25 años. Los pocos casos anteriores de cría de garzas reales conocidos en el Besòs habían sido aguas más arriba del recorrido peatonalizado. El primero que trascendió fue en La Garriga, en 2021.
En abril pasado, descubrió un nido construido en un árbol que se alza dentro del cauce del río en Sant Adrià. "Es muy singular: en el invierno pasado, hubo hasta 80 cormoranes bien grandes posados allí a última hora para dormir, era muy espectacular verlos en medio de la ciudad", confiesa Larruy. El árbol está a apenas 50 metros de la vía pública, pero suficientemente aislado. "Las garzas reales estaban escondidas, pero muy cerca -comenta el experto-. Que hayan superado esa barrera es un paso adelante en la colonización de la especie: que yo sepa, ninguna pareja había hecho una puesta en un ambiente tan sumamente urbano, y ha salido bien".
Generación adrianense
La garza real es "una de las especies más fácilmente visibles" en el cauce metropolitano del Besòs, apunta Larruy. Lo asocia a una colonia que ha ido creciendo desde que el Zoo de Barcelona soltara a una pareja. "Son individuos con una tolerancia a la presencia humana mucho mayor de lo normal", describe el biólogo.
“Es común verlos, lo extraordinario es que haya unos ejemplares autóctonos, una generación adrianense”, recalca Torres, que no perdió de vista a las crías durante varias semanas. “Tenían querencia por el sitio, estaban en el cauce, cerca del árbol donde habían nacido”, relata. “Pensábamos que los petardos de Sant Joan los asustarían, pero siguieron adelante -prosigue-. En julio, estaban en el lecho del río y por allí pasaban los perros y, con el calor que hacía, se metían en el agua y las pobres aves huían volando, por el estrés”.
Los jóvenes ejemplares ya emprendieron el vuelo. "El proceso duró unos tres meses, desde la incubación y hasta que los pollos se hicieron grandes, lo que tarda un mes y medio", concreta Larruy. El biólogo ve "muy probable" que parejas de garzas reales u otros ardeidos (como la garceta común, el martinete común o la garcilla bueyera) intenten criar otra vez en los metros finales del Besòs en la próxima primavera. "Se ha roto el hielo y es un reflejo de las múltiples pruebas que la naturaleza hace, pero no deja de haber habido suerte", admite. Para que las aves desistieran de regresar, bastaría con que una crecida arranque el árbol que ha servido de hogar o que alguien merodee demasiado cerca. "Es incontrolable y muy frágil... Estamos a la expectativa de ver qué pasará en los próximos años", reconoce Larruy.
Ejemplares de corta edad
En sus paseos por el Besòs, Torres ha atisbado otras garzas reales de corta edad. "La semana pasada, en un recorrido entre Sant Adrià y Santa Coloma, vi siete u ocho ejemplares, y la mitad eran jóvenes -recuenta-. Es normal, es la única especie en la que se ven bastantes. Están arriba y abajo, hay otros jóvenes que pueden haber nacido de otras parejas más arriba en el río o que vengan al parque a comer y por la noche se vayan a otro sitio, o vayan al dormidero que hay más al norte”.
La excepcionalidad del nacimiento de las garzas cerca de la desembocadura del Besòs resulta aún más insólita por tratarse de un lugar tan transitado. “Hay obras, está la presión de la gente y, cuando ven a tantas personas, no están tranquilas -expone Torres-. También hemos visto que hay quienes ponen lazos para cazar patos, hay gente pescando… Y si hay un derrame químico en alguna fábrica del Vallès, como los que ha habido, mata a los peces y las aves se largan”.
"El Besòs es un enfermo crónico, que está mejor que antes por la depuración de las aguas, pero es imposible que alguna vez se pueda decir que esté recuperado del todo", diagnostica Larruy. Menciona los aliviaderos del alcantarillado que rebosan cuando llueve y ensucian el río, la acumulación de residuos sólidos ("no es un problema nuevo, pero se está agudizando"), el cúmulo de toallitas que se arrojan por el váter ("el río está lleno y es un drama")... "Lo que ha cambiado respecto a los 90 es que, entonces, la contaminación era muy grande y, ahora, la presión humana es más fuerte y tenemos un problema con la regulación de usos", distingue. Pese a los riesgos que afronta, el biólogo define el Besòs como un "laboratorio de experimentación": "Cada pocos años hay algo nuevo que nunca habíamos visto, síntoma de la adaptación de algunas especies".
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