Las batallas del próximo mandato en Barcelona (1)

La crisis del modelo comercial convierte Ciutat Vella en una olla de presión

La economía de proximidad sufre en el distrito histórico de Barcelona: pérdida de tiendas con identidad, invasión de multinacionales, casi un centenar de nuevas tiendas de suvenires sin licencia, monocultivo turístico y guerra de terrazas

Ambiente en la calle de Carders, en Ciutat Vella.

Ambiente en la calle de Carders, en Ciutat Vella. / JORDI OTIX

Patricia Castán

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El corazón comercial de Barcelona salió hace poco de la UCI tras los infartos que le provocó la pandemia, pero inició un proceso de 'rehabilitación' cuestionable, que nadie sabe muy bien cómo afectará a su salud a largo plazo. Es decir, la esperada sinfonía de reaperturas de negocios en Ciutat Vella avanza sin pausa, pero lo que hay tras muchos escaparates sigue siendo motivo de preocupación.

No solo para las asociaciones de comerciantes, sino para el menguante vecindario y hasta para los muchos barceloneses que han ido recortando sus visitas al centro. Hay descontento con la gestión municipal del territorio y hay presión para mejorar el diálogo público-privado y afrontar un plan de relanzamiento de la economía con un horizonte mucho más amplio que el (sobreexplotado) filón turístico.

Este será uno de los grandes caballos de batalla del distrito para el próximo mandato, con la presión añadida de la reforma de la Rambla y la Copa América.

Con poco más de 106.000 vecinos a principios de 2022 --tras perder un 3,3% de población y con un 51,8% de extranjeros procedentes de medio mundo --, el crisol cultural de Ciutat Vella no solo sufre una crisis en su fórmula comercial para satisfacer a esos menguantes residentes de proximidad, cada vez menos arraigados. También ejerce de principal oferta para los viajeros, y durante años ha atraído compradores de toda la ciudad y del resto de Catalunya. Ya hace mucho tiempo que es víctima de la despersonalización que sufren muchos grandes destinos turísticos, pero la crisis sanitaria ha agudizado sus flaquezas como no lo ha hecho en ningún otro distrito de la ciudad.

El volumen de cierre de tiendas fue muy superior en Ciutat Vella, porque al desaparecer los turistas muchos negocios perdieron su razón de ser, y los disparados alquileres de la zona hicieron el resto. "Hay riesgo de desertización", alertaron hace poco los principales ejes comerciales del distrito, unidos para dar un toque de alerta sobre la crisis de modelo que viven y pedir un plan estratégico integral. Barna Centre, la entidad que aglutina a los operadores del Gòtic, ya había hecho sonar la alarma cuando advirtió, el pasado verano, de que muchas persianas que se volvían a levantar estaban en manos de operadores sin más interés que la inversión y lucro rápidos y sin aportar valor a los barrios.

Como ejemplo, la calle de Comtal, que tras perder tiendas con historia y tradición, se ha convertido en un vial plagado de suvenires y falsas tiendas de moda y regalos (piden esa licencia y acaban vendiendo recuerdos, dada la prohibición de nuevos negocios de suvenires que marca el vigente plan de usos), solo enfocadas al foráneo, como informó este diario. La historia se repite en otras muchas vías. Tras múltiples quejas de los comerciantes sobre esas trampas, el distrito detectó recientemente que 91 despachan dichos artículos (57 solo en el barrio Gòtic) y ha iniciado la apertura de expedientes sancionadores, aún sin balance.

Por contra, las políticas en defensa del comercio emblemático (que ha vivido una sangría de cierres durante el mandato) han sido manifiestamente insuficientes, pese a que Barcelona haya acogido esta semana un encuentro de ciudades sobre esta problemática, y emitido un manifiesto dirigido a Europa cargado de buenas intenciones en defensa de las tiendas históricas en alianza con urbes como París, Roma o Lisboa.

Distintas velocidades

A mitad de 2021, el índice de recuperación comercial de Barcelona, según un estudio, era del 55,8%, frente al 84,2% del conjunto de la ciudad. La recuperación en el ámbito de hostelería y turismo también estaba muy por debajo de la metrópolis. El distrito suma más de 26.500 plazas de alojamiento turístico (el 17,8% del total de la ciudad), lo que determina tanto la concentración de servicios al respecto, como de visitantes.

Como consecuencia del 'reset', algunos operadores autóctonos de calidad han regresado a los barrios aprovechando que en algunas calles se han suavizado las rentas (la progresiva recuperación del Born, es el más claro ejemplo, con el apoyo firme de su asociación de comerciantes reivindicando el mix de la oferta cultural, gastronómica y de tiendas), pero otras tendencias se han polarizado. El paisaje del Portal de l'Àngel podría ubicarse en cualquier otra ciudad, sin rastro de enseñas locales y tomado por las multinacionales, y el de muchas calles ha sido pasto de la especulación y las 'trampas' con las licencias: recuerdos, carcasas de móviles, tiendas cannábicas... profileran a diario. Este año, una modificación del plan de usos de 2018 ha restringido la proliferación de supermercados, locales de tienda de moneda y espacios con degustación.

El debate sobre el peso turístico en la zona ya es antiguo, pero su efecto en el desarrollo de la economía territorial se ha evidenciado tras la sacudida de la pandemia. La presidenta de Barna Centre, Teresa Llordés, argumenta que el centro histórico de Barcelona tiene una gran densidad comercial pero actualmente "se encuentra en un momento crítico a causa de la coincidencia de distintos fenómenos". Y enumera "el deterioro del entorno, la dificultad en el acceso, la limitación de licencias disponibles...". Denuncia el "empobrecimiento comercial fruto de la expulsión del mix de la oferta y el descontrol con las licencias".

La representante opina que es "urgente que las administraciones impulsen actuaciones específicas a corto plazo para frenar el desequilibrio, pero también pensar en un horizonte a más largo plazo, con actuaciones estructurales para revitalizar socieconómicamente y culturalmente este espacio imprescindible de la ciudad".

Miquel Prats, miembro de la Xarxa Veïnal Raval y vicepresidente del área de Turismo de la FAVB, incide como vecino es ese "monocultivo" que obliga a muchos residentes a desplazarse fuera del distrito para hacer la compra cotidiana. Y sostiene que las normativas sirven de poco si no se aplican con eficacia y más inspecciones, poniendo como ejemplo suvenires y tiendas con degustación. A su juicio, los planes de usos llegan "cuando el mal está hecho". Pone de ejemplo la supuesta sobreoferta de bares y restaurantes en la calle de Joaquim Costa, algo que no obstante abandera con orgullo el Eix Comercial del Raval al sumar históricos, locales premiados y otras opciones distintivas. Ello constata la diversidad de sensibilidades sobre el territorio, que choca también con las terrazas: el distrito ha autorizado consolidar solo un 13% de las incorporadas durante el covid. Demasiadas para Prats, muy pocas para Born Comerç, por ejemplo.

El mismo Eix alerta del grave problema de los alquileres y el riesgo de repercutirlos en los clientes. Así como la "falsa idea" de que hay una recuperación pospandemia, pese a la situación de muchos operadores.

Un cuarto barrio, el de la Barceloneta, critica que en Ciutat Vella "ha habido políticas artificiosas y poco efectivas de ayuda al pequeño comercio". "Estamos perdiendo el rumbo, otras ciudades ayudan de forma más efectiva a preservar el comercio valioso", insiste, en un escenario marcado por la paulatina desaparición de los restaurantes tradicionales, ahora en manos de inversores foráneos. Pone el dedo en la llaga de los negocios emblemáticos o arraigados, que precisan tanto ayudas económicas como "difusión" y promoción para ser viables, sostiene. Por contra, discrepa con algunas políticas de subvenciones.

Otros muchos temas pendientes

El próximo mandato también estará marcado en Ciutat Vella por el debate sobre el modelo de movilidad, que castiga al vehículo privado y ha provocado el rechazo del comercio. Además, serán protagonistas la renovación de la Rambla, recientemente iniciada y aún con incógnitas sobre cómo influirá en su actividad económica. También la reurbanización de la Via Laietana, como eje estratégico. La gestión de los flujos turísticos para promover la descentralización y la reocupación económica de numerosos edificios históricos en desuso (para abrir paso a industrias creativas y tecnológicas), serán también materia candente. Y por supuesto, la gestión en la zona de la seguridad y la limpieza, los dos temas que ven con más preocupación en estos momentos los barceloneses.