Crisis en el Ejecutivo catalán

2012-2022: El último baile entre ERC y Junts

Los posconvergentes pasan en una década de duplicar a los republicanos a irse de un Govern en el que eran el socio minoritario

2012-2022: El último baile entre ERC y Junts

JULIO CARBÓ

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Xabi Barrena
Xabi Barrena

Periodista

Especialista en información sobre el Govern de Catalunya, de ERC y en el seguimiento de la actualidad del Parlament.

Escribe desde Barcelona

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De las espinacas a la quinoa. Ese podría ser un resumen de la relación entre Convergència y la posconvergència y ERC, entre 2012 y 2022. Espinacas y pescado fue lo que comieron Artur Mas y Oriol Junqueras, en la primera reunión tras las elecciones de hace diez años, cuando, por el batacazo del primero y el ascenso fulgurante del segundo, exploraron iniciar una alianza. Quinoa (o raviolis) y carne (o bacalao) fue lo que comieron los comensales, liderados por Pere Aragonès y Laura Borràs, de la prostrera gran cumbre entre ERC y Junts, el 15 de septiembre, en lo que fue el último baile de esta pareja por interés, tras una década de relación.

CiU y ERC firmaron, en ese 2012, un pacto de estabilidad parlamentaria al que pomposamente llamaron Pacte per la Llibertat. Esquerra arrancó el compromiso de celebrar un referéndum de autodeterminación en 2014. Ese fue el lema de toda la campaña republicana. CiU se opuso todo lo que pudo. Primero intentó no concretar una fecha y, luego, propuso a ERC entrar en el Govern a cambio de dicho referéndum. 

Estaba vigente el presupuesto que Mas había pactado con el PPC y en el que el convergente demostró ser uno de los más aplicados alumnos de la ‘troika’ comunitaria, aquellos que dictaban draconianos recortes. Visto el panorama, Junqueras no quiso meterse en un Govern con esa inercia, no fuera que le cargaran a él el mochuelo de haber dinamitado la sanidad y la educación.

El líder de CiU, Artur Mas, y el líder de ERC, Oriol Junqueras, firman el acuerdo de Govern, en 2012.

/ Ferran Nadeu

En los primeros meses la relación entre Mas y Junqueras fue más que correcta. Siempre fría, pero el equipo del republicano, por ejemplo, estaba encantado con la implicación del convergente en el referéndum de autodeterminación de 2014. Cuando el Tribunal Constitucional puso sus ojos sobre el 9-N, Mas viró hacia la conversión del referéndum a una consulta popular. Y ERC se enfadó, pero acabó por aceptar.

La consulta del 9-N

El punto de no retorno se produjo, sin embargo, cuando los convergentes vieron con desespero que cada paso que se daba hacia el 9-N lo capitalizaba ERC en las encuestas. El triunfo republicano en las elecciones europeas y la confesión de Jordi Pujol y sus cuentas en el extranjero, dentro del macroescenario de la presunta corrupción de CiU, hizo cundir el pánico en las filas convergentes. Y en una comida con Junqueras, ese verano previo al 9-N, Mas propuso que, tras la consulta había que ir a una votación de verdad: unas elecciones plebiscitarias con una lista única independentista. Encabezada por él.

Mas firma del decreto de convocatoria de la consulta soberanista del 9-N, en un acto solemne en el Palau de la Generalitat en presencia del Govern en pleno y de la presidenta del Parlamento catalán, Núria de Gispert.

/ EFE

La ruptura del Pacte per la Llibertat se produjo a cuenta de los presupuestos de 2015 (que incluían más recortes), ya después del 9-N. El ‘pressing’ a ERC para que abrazara la lista única y abandonara sus intereses "partidistas" logró recortar la ventaja republicana en las encuestas. Hasta el desenlace de julio de 2015, donde Junqueras acudió a una cumbre en el Palau de la Generalitat con Mas, la CUP y las entidades. Los republicanos aseveran que Mas y Jordi Sánchez, presidente entonces de la ANC, amenazaron con salir a la plaza de Sant Jaume, donde se agolpaba la gente, y explicar que el ‘procés’ se había acabado por culpa de ERC. Y así nació Junts pel Sí.

Con este nivel de confianza y entente nació el primer Govern de coalición de la historia, 58% de ‘consellers’ para CiU y 42% para ERC. Tras el paso al lado, a empellones de la CUP,  de Artur Mas, se nombró como ‘president’ a Carles Puigdemont. Junqueras, vicepresidente.

El referéndum del 1-O

La entrada de Puigdemont con Junqueras fue buena y hasta que se formalizó la propuesta de hacer, esta vez sí, un referéndum, aparecieron los únicos grandes choques ideológicos izquierda-derecha entre CiU y ERC en estos 10 años. A raíz de los impuestos, por cierto. Cuando ERC defendía subirlos.

Luego llegó el 1-O. La implosión de CiU; la búsqueda de unos notarios (el ‘estado mayor’) que mediaran entre la desconfianza de unos y la de los otros; el éxito y a la vez el vértigo del propio día del referéndum; la indecisión y la desbandada de después. El “exilio” y la cárcel. 

Los líderes independentistas acusados por el procés en el juicio que celebrado en el Tribunal Supremo.

/ Tribunal Supremo

Contra todo pronóstico, el 21-D, las elecciones convocadas por Mariano Rajoy, vía artículo 155, vieron el triunfo, en la trinchera independentista, de Junts per Catalunya (una coalición del PDECat y sociedad civil) sobre ERC, por 10.000 votos. Las tornas habían cambiado. Si antes del 9-N la irreductibilidad de ERC arrasaba en las encuestas frente a la desconfianza que generaba el partido del ‘peix al cove’, en esas elecciones, la épica del omnipresente (gracias a Skype) de Puigdemont, desde Bruselas y la desaparición de un Junqueras encarcelado en Estremera, dio la vuelta a las encuestas. Habría, pues, un nuevo ‘president’ posconvergente, a pesar de tratarse de las primeras elecciones al Parlament en las que no ganara. Lo hizo, con claridad, Ciudadanos.

El principio de realidad

ERC reaccionó rápido y se abrazó a un nuevo credo: el principio de realidad, colisionando con lo que había estado afirmando semanas antes, en campaña. Junqueras, desde la cárcel, ordenó no malgastar ninguna otra carrera política (por cárcel e inhabilitación) a no ser que fuera en un acto decisivo para conseguir la república catalana. Y ahí nació el segundo gran punto de fractura. El 30 de enero del 2018, el presidente del Parlament, Roger Torrent, no desobedeció al Tribunal Constitucional que había prohibido la investidura de Puigdemont. Eso encolerizó al ‘expresident’.  

El líder de ERC, Oriol Junqueras, junto al entonces dirigente de Òmnium, Jordi Cuixart, y el 'expresident' Carles Puigdemont, en 2021.

/ EFE

Junts y ERC formaron un nuevo gabinete (ya al 50%) con Quim Torra como ‘president’ y Pere Aragonès como vicepresidente. La legislatura transcurrió entre las pancartas y la inhabilitación de Torra y la polémica gestión del covid. Más broncas que leyes.

Las nuevas elecciones del 14-F de 2021 son un calco, pero a la inversa, de las de 2017. Gana ERC por un suspiro (35.000 votos) a Junts (convertido ya en partido tras escindirse del PDEcat y llevarse hasta el nombre). Nuevo Govern al 50%, pero con presidencia republicana.

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El cambio no es baladí. Aragonès no tarda en mostrar a sus socios que las cosas no son como antes. Se planta ante los posconvergentes un par de veces y ha sido en la tercera, en la crisis de los ultimátum, cuando ha saltado todo.

10 años en los que, gracias al ‘procés’, ERC se ha sacudido el estigma de ser el ‘monaguillo’ de CiU para ser el partido dominante en el campo nacionalista-independentista. Una década en la que la todopoderosa CiU se ha vaporizado, su Bismarck (o Bolívar) ha caído en el descrédito y su ahora atomizado espacio político ya no es hegemónico. Una década que lo ha cambiado todo.