Revuelta fallida

Plazas silenciadas en Bahréin recuerdan el décimo aniversario de su Primavera Árabe

  • Diez años después, los bahreinís no disponen de espacios para expresarse y participar políticamente ante la mano de hierro de la dinastía Al Jalifa 

  • “La situación de los derechos humanos en Bahréin es mucho peor ahora que en el 2011”, reconoce Devin Kenney, investigador de Amnistía Internacional

Protestas antigubernamentales en Manama (Bahrein).

Protestas antigubernamentales en Manama (Bahrein). / JAMES LAWLER DUGGAN (AFP)

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Andrea López-Tomàs
Andrea López-Tomàs

Periodista y politóloga.

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En la rotonda de la Perla, los bahreinís ya no son bienvenidos. Hace una década, a los pies de este icónico monumento de Bahréin se concentraron miles de jóvenes con tres reclamos básicos. Pan, libertad y dignidad. Siguiendo la estela de las protestas en Egipto y Túnez, la juventud de este archipiélago del Golfo Pérsico exigía una democratización del régimen del rey Hamad Al Jalifa y una mejora de las condiciones de vida. "Ni sunís ni chiís, todos somos bahreinís”, clamaban desde un lugar que ya no existe.

Diez años después, la castigada disidencia bahreiní no tiene lugar donde manifestarse. El régimen de la monarquía suní ha ido aplastando cualquier espacio de libertad de expresión y reivindicación política. "La situación de los derechos humanos en Bahréin es mucho peor ahora que en el 2011", reconoce Devin Kenney, investigador del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) en Amnistía Internacional. Por ello, en el décimo aniversario del levantamiento bahreiní, las plazas de la capital Manama están desiertas. 

Una fuerte presencia policial contrasta con el tímido número de manifestantes que se han atrevido a desafiar la persecución de las autoridades. "Perseverancia hasta la victoria", reza el hashtag usado en las redes sociales para conmemorar los 10 años de la Primavera Árabe en Bahréin. El silencio tiene explicación. Quienes lideraron la revolución con aspiraciones democráticas están en la cárcel, silenciados, exiliados o muertos. Se cree que hay unos 4.000 presos políticos languideciendo en las cárceles de Bahréin. 

El estallido revolucionario, el Día de la Rabia, tuvo lugar el 14 de febrero del 2011 cuando los dictadores egipcio y tunecino ya eran Historia. Pero los bahreinís lamentan el cuarto día de su levantamiento. A las tres de la mañana, la policía dispersó a las 1.500 personas que acampaban en la rotonda de la Perla. El Jueves Sangriento acabó con la vida de tres personas e hirió a otras 300. Pero el sueño democrático se conservó hasta que en marzo, la entrada de tropas saudís y emiratís supuso el aplastamiento definitivo de las protestas. 

"El destino de la plaza de la Perla simboliza el intento del Gobierno de Bahréin de suprimir y eliminar incluso la memoria de las protestas”, rememora Lynn Maaluf, subdirectora de Amnistía para Oriente Próximo y Norte de África. En marzo del 2011, unas excavadoras destruyeron el monumento de la Perla, con el argumento de que había sido “profanado” durante las manifestaciones. Ahora, esa rotonda es un cruce de semáforos. Su nuevo nombre hace referencia a una figura histórica venerada por los musulmanes sunís, aunque odiada por los chiís. 

Aliados occidentales

De mayoría chií, Bahréin está gobernado por la dinastía suní Al Jalifa desde 1783. Aunque el Gobierno intentó presentar a los manifestantes como infiltrados de Irán, las calles hablaron. La tendencia anti-chií del régimen hartó no solo a esta mayoría oprimida de la población, sino que los sunís asistieron a las protestas en contra de la corrupción y el clientelismo de los Al Jalifa. Hogar de la Quinta Flota de Estados Unidos y exprotectorado del Reino Unido, el Bahréin represor cuenta con la complicidad de Occidente para silenciar a la disidencia. 

A su vez, recibe el apoyo de los países del CCG, Arabia Saudí, Catar y Emiratos Árabes Unidos, recelosos de que sus oprimidas poblaciones chiís se levanten. "Bahréin ha aplastado las esperanzas y expectativas suscitadas por las protestas masivas de hace 10 años, reaccionando con una brutal represión que ha sido facilitada por el vergonzoso silencio de los aliados occidentales de Bahréin", denuncia Maalouf. 

Diez años después, aquellos que conservan la esperanza desde el exilio lamentan la mano de hierro de los Al Jalifa que han convertido a Bahréin en un "estado policial". “Desde 2011, los únicos cambios estructurales que ha sufrido Bahréin han sido a peor”, recuerda la subdirectora de Amnistía, “los partidos opositores han sido ilegalizados, el único medio independiente ha sido cerrado y las nuevas leyes han limitado aún más el espacio para la participación política”. 

Otra revolución en curso

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La muerte del primer ministro Jalifa bin Salman al Kalifa el pasado noviembre trajo esperanzas secretas entre la oposición por su reemplazo por el príncipe heredero Salmán bin Hamad Al Jalifa. Pero la realidad en las plazas se aleja de cualquier promesa de ilusión. Once de los integrantes del grupo ‘Bahréin 13’, líderes de la oposición, activistas, blogueros y clérigos chiís arrestados en el 2011, siguen entre rejas. El Gobierno ha cerrado el partido político más grande del país, Al Wefaq, y ha reprimido al periódico independiente Al Wasat.

Bahréin se suma a la lista de revueltas fallidas de aquel esperanzador 2011. La caída del dictador en Egipto no trajo la democracia al país. Las nuevas protestas en Túnez muestran cómo un cambio de régimen solo es el principio de un largo camino. Las revoluciones llevan tiempo. Desde las redes, los bahreinís insisten: “perseverancia hasta la victoria”.

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