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El tren de la vida

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Un tren del AVE.

Xavier ObiolsSolson

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Sábado, 12 de agosto del 2017 - 23:30 h

El tren de la vida sale de la estación a toda prisa. Tiene muchas ganas de recorrer la vía, para llegar a ser mayor. Un buen día nació y empezó a recorrer el mundo sobre una vía, por donde circulaba sin descanso y sin prisa. Era un bebé por entonces, solo sabía cómo pedir comida cuando tenía hambre: necesitaba más carbón en su caldera para seguir avanzando.

Fue creciendo en su empeño de recorrer quilómetros. Al principio se cansaba con unos pocos, pero después se fue haciendo mayor y pudo llegar a su primera estación. Era una estación más bien pequeña, con la medida justa para que el tren empezara a leer sus primeras letras. Allí aprendió a comunicarse mejor, hasta puede que un día fuera un buen escritor. Aprendió las primeras lecciones, palabras nuevas, también nuevas emociones; no tenía miedo por aquel entonces, por lo que hacía sus primeras investigaciones.

Crecía rápido, tan rápido que apenas tardaba en pasar de una estación a otra. Empezó a saber de números: sumar, dividir, multiplicar y dividir. Eso le ayudaría en las siguientes estaciones, ya que no podía pasar de una estación a otra sin por lo menos aprender las lecciones establecidas. Sinónimos, antónimos, plurales o singulares, palabras nuevas conocía, para poderse dedicar al mundo de las letras y puede, que también, el de la poesía. Las estaciones cambiaron, cada vez eran más grandes, eran bellísimas, con adornos en las farolas y flores en las cornisas. Ahora el destino le deparaba una sorpresa, ya que no eran solo matemáticas o letras lo que tenía que aprender, sino que empezaba aprender de qué iba la vida y cómo ir por la vía, solucionando él mismo los altibajos que se producían por el camino. Era difícil, después de cada solución, empezaba de nuevo a gestarse un nuevo problema, por lo que tenía que buscar más soluciones que arreglar problemas.

Así se iba haciendo mayor y más independiente, podía arreglar los problemas sin necesidad de ayuda, pero seguía teniendo apoyos, por lo que los problemas los solucionaba con mayor rapidez. Llegó a un punto de la vía en que se encontró en paralelo con otro tren. Allí se unieron, siguieron juntos tanto tiempo como les fue posible y aunque a veces las cosas no pintaban bien, entre los dos trenes una solución siempre encontraban.

Recorrieron muchos quilómetros juntos, no se dieron cuenta pero se hicieron mayores, y poco a poco, uno de los dos trenes no pudo seguir al otro, en una estación se paró y ya no se despertó. El que se quedó solo no pudo dejar de llorar durante el trayecto que tenía por delante, sabía que no encontraría un tren igual, un tren semejante. Aguantó el resto del trayecto de su vida, recordando ese hermoso tren que se había encontrado por casualidad en una vía, un ya lejano día.

Como todo, tiene un principio y un final. El tren llegó a su última estación. Allí le esperaban muchos recuerdos, muchas emociones. Se acabó la vía por la que circular, aunque el tren resistía, quería seguir más, pero no podía, sus ruedas no estaban hechas para la gravilla del final de la estación y allí yació, se acomodó, sonrió y recordó. “Toda una vida vivida, muchos arreglos en la vía de la vida, sensaciones únicas cada día y una muy buena compañía”.

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