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A1-180456966.jpg / Manu Mitru

Helena López

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Aunque su grado de implantación es bastante desigual en función de cada centro (y de cada etapa educativa), los sistemas de evaluación actuales distan mucho de los que regían los centros educativos cuando los estudiantes eran los padres de los actuales alumnos. "A un crío ya no lo apruebas o suspendes basándote en un número. No coges la calculadora y dices, ‘1,8, tenía que llegar al 2, oh, suspende’", ejemplifica una profesora de secundaria. "Ahora te planteas cosas como: ¿Está mejor el tercer dictado que hizo que el primero? ¿Ha habido una evolución positiva? ¿Ha presentado todos los trabajos que tenía que presentar? Al final pones el peso en eso más que en el número que te da la calculadora", prosigue esta docente.

La misma profesional -con tres lustros entre chavales de la ESO a sus espaldas- añade (y valora) que se ha diversificado y enriquecido la tipología de instrumentos que se usan para evaluar. "A lo largo del trimestre, puedes tener una prueba tipo test, algún otro examen convencional, una exposición oral, varios dictados, algún proyecto [tipo la grabación de un 'podcast' o la interpretación de un texto teatral]; y, seguro que tendré en cuenta, además de las notas que yo misma he puesto, las que ellos mismos se han puesto y las que les han puesto sus compañeros; de manera que intervienen varios criterios", enumera esta profesora de Lengua Catalana.

¿Qué son las rúbricas?

Las notas que ellos mismos se han puesto -la autoevaluación- o que les han puesto sus compañeros, que comenta esta profesora, funcionan por rúbricas, otro elemento de evaluación nuevo en el sistema educativo. Al igual que en los informes que reciben las familias a final de trimestre, en las rúbricas hay cuatro niveles -no logrado [no 'assolit']; logrado de forma satisfactoria, logrado de forma notable o logrado de forma excelente-, y en cada nivel hay una descripción de lo que el alumno tiene que ser capaz de hacer (y en la que está la gracia del método).

A un alumno ya no lo apruebas o suspendes basándote solo en un número, es más importante su evolución que lo que diga la calculadora

Un ejemplo: lectura en voz alta. Hay una serie de ítems: entonación, fluidez y volumen, por ejemplo. Y en cada uno de ellos, la correspondiente descripción. En el ítem 'volumen' iría así: 'no logrado' sería que no lo han escuchado. En logrado de forma satisfactoria ('assoliment satisfactori'), sería un 'lo hemos escuchado, pero flojo'. Notable, sería 'lo hemos escuchado bastante bien' y, excelente, 'lo hemos escuchado perfectamente desde cualquier rincón de la clase'.

"A veces la misma rúbrica la evalúa la profesora, el alumno y los compañeros, lo que da un resultado más rico porque hay más de un punto de vista"

Este método permite que se evalúen entre ellos, en grupo, o ellos individualmente, con las llamadas rúbricas autoevaluativas. "A veces la misma rúbrica la evalúa la profesora, se evalúan ellos mismos y ellos evalúan al resto, lo que da un resultado más rico porque no tienes solo el punto de vista del docente", concluye la docente.

"Antes lo que hacíamos era medir con un número la cantidad de contenido que un niño memorizaba, la cantidad de conceptos acumulados en su cabeza; pero no había un contexto significativo para el alumno", relata Patricia Rey, directora de la escuela Samuntada de Sabadell, quien destaca que el mayor cambio en el sistema de evaluación está en el día a día en el aula -en cómo se trabaja con cada alumno- y no tanto en las notas que reciben las familias (que al fin y al cabo son prácticamente iguales).

De cantidad a calidad

"Se ha pasado de medir a peso a medir la calidad de ese aprendizaje. La complejidad para las escuelas está en generar las situaciones de aprendizaje para poder ver y evaluar si el niño ha alcanzado un aprendizaje o no", pone sobre la mesa la directora, quien subraya que medir la calidad siempre es más difícil, e insiste en que la gran diferencia es la conciencia del alumno de su propia evaluación.

La complejidad para las escuelas está en generar las situaciones de aprendizaje para poder ver y evaluar si el niño ha alcanzado un aprendizaje o no

"Ya no es solo poner una nota, sino explicarle por qué y hacia dónde debe ir; hacer de guía en la conciencia del alumno de su propio aprendizaje", concluye convencida la maestra y directora.

Miquel Àngel Alegre, jefe de proyectos de la Fundació Bofill, introduce una reflexión: "Tú no puedes introducir un cambio educativo si no puedes introducir un cambio en la evaluación. Aquello que no se evalúa, no existe; esa es la prueba de algodón de muchas cosas que tienen que ver con la innovación educativa", apunta. Y recuerda que, al final "los conocimientos que acaban valorándose y reconociéndose son aquellos que tienen detrás una hoja de evaluación que te dice cómo estás". Alegre tiene la sensación de que, pese que se ha avanzado mucho, hay más discurso sobre la necesidad de evaluar diferente que práctica real de maneras diferentes de evaluar, sobre todo en las etapas superiores.