Un grupo de niños de 13 años, en el centro comercial Mágic de Badalona, el pasado viernes.

Un grupo de niños de 13 años, en el centro comercial Mágic de Badalona, el pasado viernes. / LAURA GUERRERO

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Elisenda Colell
Elisenda Colell

Redactora

Especialista en pobreza, migraciones, dependencia, infancia vulnerable, feminismos y LGTBI

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Están en un parque, lleno de niños que juegan a pelota, corretean y chillan. Pero ellos no. A pesar de no medir más de metro y medio, su comportamiento es totalmente distinto. No les atrae la pelota que va de un pie a otro. Se sientan junto a los árboles, cabeza gacha. Escupen en el suelo, aferrados a sus móviles y a unos bolsos donde esconden un botín: relojes que no les pertenecen, paquetes de tabaco y cachos de hachís que si no han vendido, fumarán. Estos son los niños de la calle de los barrios de los alrededores del Màgic Badalona.

Tienen entre 12 y 13 años, apenas van al cole y algunos comparten incluso apellidos con los menores investigados por agresiones sexuales 

Sus vidas se asemejan a las de los 21 menores que están siendo investigados por violar en grupo al menos a ocho niñas en la ciudad. Los chavales se saben la historia de todos ellos. Comparten vida y calle, y en algunos casos, apellidos. Celebran que a alguno lo hayan soltado, y que los que son menores de 14 sigan libres e impunes por el barrio. No les parece mal lo que ha ocurrido. Creen que las niñas mienten, que los agresores son las víctimas. Que las niñas agredidas querían que les pasara exactamente aquello.

"Ir al cole no sirve de nada"

No se llaman Juan, ni Héctor, ni Cristian, ni Jesús. Pero les llamaremos así a petición expresa. Tienen entre 12 y 13 años, todos nacidos en 2010. Algunos cursan primero de la ESO, por repetidores. Otros hace meses que no pisan las aulas. "Solo voy cuando me aburro, ¿para qué tengo que ir? No sirve de nada...", dice Cristian.

"Van todos juntos, la mayoría son gitanos como nosotros, son hermanos, primos... familia" 

Lleva dos diamantes del tamaño de una uña en cada oreja, y una gorra que le va grande. Cada dos minutos, Juan escupe en el suelo. El grupito se pasa las tardes, y probablemente las mañanas, rondando desde la plaza de los Andes, en el barrio de Sant Roc, hasta el centro comercial Màgic, pasando por el parque del 'Matadero' y las plazas que rodean la parada de metro de La Salut. Un recorrido, de menos de un kilómetro de longitud, por el que vagabundean a pie, que coincide al detalle con el escenario del terror sexual.

El grupo se pasa la jornada rondando la plaza de los Andes, el Màgic, el parque del 'Matadero' y el entorno del metro de La Salut

Aceptan hablar con EL PERIÓDICO por curiosidad y, probablemente, por aburrimiento. ¿Qué sabéis de lo que ha pasado con las violaciones? "Nada, no sabemos nada". Se miran cómplices. Pero uno de ellos no pilla las miradas y empieza a soltar. Le pegan. Cuchichean al oído. Claro que han visto el vídeo de la agresión sexual a una niña de 11 años, el primer caso de violación grupal con menores implicados que impactó a la opinión pública. Lo han visto tantas veces que lo han memorizado. Y son capaces de reconstruir los hechos: van hasta el lavabo de hombres del centro comercial y reproducen lo ocurrido paso por paso. "Primero va uno y saca un cuchillo, luego el otro se pone aquí". Y siguen ante las miradas de terror del resto de adultos del lugar, que salen despavoridos.

"Ellos no han hecho nada, son las niñas que van buscando", afirman: "Dejadles en paz que ya han pagado por ello"

Todos se conocen

Y se confiesan. Ellos no han sido, lo quieren dejar claro. Pero conocen a todos los niños que están implicados en las violaciones. Han estado, por ejemplo, en la fiesta que se montó en Sant Roc cuando uno de ellos salió de un centro de justicia juvenil, encausado por la violación. Los padres lo celebraron. "El barrio entero". Lo confirman otros vecinos. "Dejadles en paz, que ya han pagado por ello", dicen otros. Los niños de la calle explican que son un grupo de amigos. "Unos 10 o 20". Algunos más mayores, otros de su edad. Son amigos, les protegen. Sus madres les conocen. Son familia.

Los niños siguen contado el funcionamiento del grupo de los 21. "Van todos juntos, la mayoría son gitanos como nosotros, son hermanos, primos... familia". También integran el grupo un par de niños de origen migrante. El Magreb y República Dominicana. Cuentan que algunos son huérfanos. Otros tienen a sus padres en la cárcel. Y que, como ellos, no pisan la escuela. Que su vida es la calle. "Han aprendido a buscarse la vida", concluye Héctor. Sujeta un cinturón ajeno e intenta venderlo desesperadamente.

Los chicos han ido a la fiesta que se montó en Sant Roc cuando uno de los acusados salió del centro de justicia juvenil por la violación de la niña de 11 años

"Pero que ellos no han hecho nada, que son las niñas que van buscando polla y luego se arrepienten: si es que les gusta, les gusta esto", dice Cristian, señalándose la bragueta. Se sube los pantalones para marcar paquete, y lo muestra a todo el que quiera mirar. "A las niñas les gusta... la del vídeo reía", sigue en alusión a la violación en grupo a la menor de 11 años. Les da igual que los agresores amedrantaran a la víctima, que la amenazaran con un arma blanca.

"¿Sabes por qué se supo todo? ¡Por un chivato!", cuentan. Un niño, conectado con el clan de los agresores, lo contó a los profesores de su instituto. "Va de MDLR pero es un puto topo". Las siglas no son tontería. Significan Mec De La Rue, en francés, niño de la calle. Lo canta Morad en sus canciones. Ellos sí lo son. "Y jamás traicionamos".

De 'pesca sexual' en Instragram y TikTok

Alardean de que ellos también han mantenido ya relaciones sexuales. "¡Claro que lo hemos hecho ya!", dice Juan, ojos azules, bambas Nike y pendientes en cada oreja. ¿Con vuestra novia? "¡Qué dices!, ¿novia para qué? Si el mundo está lleno de chatis...", responde Juan. "Hay muchos peces en el mar", suelta Cristian.

Las 'pescan', dicen, por las redes sociales. Tik Tok e Instagram. "Las niñas te escriben por aquí, y te dicen que quieren follar". O, si no, se lo proponen ellos. Exhiben como un trofeo todos los chats activos con las niñas. "Quieren eso, es lo que buscan", se autoconvencen. A la mayoría no las conocen. "No me hace falta. Ya sabes para qué las quiero", suelta riendo Jesús, bigotillo incipiente y chanclas con calcetines.

En el 'Matadero', ahora reconvertido en parque, echan con una mirada, e incluso a golpes, a quien les moleste. Enseñan el lugar, restaurado por el ayuntamiento pero igualmente inhóspito. Los graffitis le dan un aire lúgubre. Los niños se cuelan entre unos plafones y se meten en una especie de estructura de hormigón que hay en el subsuelo, lleno de basura. "Es un buen escondite, eh", bromea Juan.

Infancias robadas

Revelan que una de sus distracciones es molestar a las personas sin hogar que buscan refugio. "Aquí, a partir de las tres de la tarde, pasa de todo y más", suelta Cristian. Este ha sido escenario de al menos una agresión sexual. Se ríen cómplices. A las ocho de la tarde, tras dos horas de charla, deciden que la entrevista ha terminado. Que se van. Todos juntos, que hay que acompañar a uno de ellos a casa. ¿No hacéis nada por separado? "Nada, todo lo compartimos: somos un clan".

"No hacemos nada solos, todo lo compartimos: somos un clan"

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"Son niños a los que se ha obligado a actuar como adultos, pero profundamente inmaduros", explica Salva Periago, de los pocos educadores conscientes de la realidad de estos menores. Cuenta que muchos de estos chavales terminan entrando en el mundo de la venta de droga. Que algunas niñas venden sus fotos a páginas pornográficas para comprarse ropa cara.

Proceden de familias desestructuradas. "Los padres no están, o no pueden estar. Sus tutores son TikTok e Instagram", sigue el coordinador de La Rotllana, la única entidad que durante el verano organiza, en el parque del 'Matadero', actividades socioeducativas universales y gratuitas para quien se quiera presentar. Cristian aún recuerda un túnel del terror que hicieron el año pasado. Periago también se acuerda. "Cuando llegaban estos niños, el resto huía".