Las fiestas de Barcelona

Los macrobotellones sobrevuelan las fiestas de la Mercè

  • Los cuatro días de la fiesta mayor de Barcelona serán, con mucha probabilidad, escenario de múltiples fiestas improvisadas en la calle

  • Las entidades piden espacios de atención a las mujeres que pueden sufrir agresiones sexuales en los botellones

Botellón en la playa de la Barceloneta

Botellón en la playa de la Barceloneta / JORDI OTIX (EPC)

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Elisenda Colell
Elisenda Colell

Redactora

Especialista en pobreza, migraciones, dependencia, infancia vulnerable, feminismos y LGTBI

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Los macrobotellones sobrevuelan las fiestas de la Mercè que comienzan la tarde del jueves con el pregón de Custodia Moreno. Será unpuente de tres días convertido en cuatro madrugadas de juerga maratoniana en las calles de Barcelona. El ayuntamiento ha diseñado un fuerte despliegue policial disuasorio. La experiencia de los últimos meses, con el cierre de las discotecas y clubs nocturnos, demuestra que las fiestas callejeras, improvisadas o no, están garantizadas. La Guardia Urbana muestra preocupación ante reciente aumento de la violencia entre los más jóvenes. Algunos expertos proponen otras formas de socialización más sanas, y señalan que este fenómeno festivo es una forma de protesta contra el mundo que les ha tocado vivir a los que se estrenan en la vida adulta. Entidades especializadas en violencia sexual insisten en que, al menos, las administraciones deben evitar que los espacios donde se montan botellones no sean un peligro para las mujeres.

Las redes sociales ya sacan humo. "¿Dónde está el botellón por la Mercè?", se repite en los mensajes. El riesgo es que se reproduzcan las macrofiestas, habituales en los últimos meses. Agentes de la Urbana consultados por este diario temen los daños que puedan sufrir en las intervenciones durante las fiestas, en vista de las agresiones y coacciones que vienen produciendo este verano. Primero fueron con el fin del estado de alarma. Luego llegaron los botellones en las playas, desde la Barceloneta o la Costa Daurada hasta el Empordà. También en las fiestas de Sants y Gràcia. Y para culminar, el pasado fin de semana, el macrobotellón en Madrid o en la Universitat Autónoma demostraban que el fenómeno no ha terminado.

Así se organizó el macrobotellón de la UAB. / EL PERIÓDICO

La resaca de la UAB

"Jamás vi algo así. El miedo que pasé aquella noche no me lo quito de encima", cuenta Rodrigo Rodríguez, dueño del 'frankfurt' y el supermercado de la Vila Universitària de la UAB, entre otros establecimientos. Rodríguez vio cómo aquella noche empezaba con las mesas y sillas del bar volando en todas direcciones y con amenaza de romperle el local. La terminó a las siete de la mañana, limpiando charcos de sangre. "Pensé que nos iban a matar a todos", comenta el hombre, de 45 años.

Pedro, Tomás y Arnau, tres estudiantes de tercero de carrera y residentes en la Vila, siguen incrédulos. "Había navajas, gente drogadísima... vino lo peor de cada casa", cuenta el segundo. A Pedro le lanzaron una botella de cristal y tuvo que salir en coche hasta el ambulatorio para que le curaran la herida con varios puntos. Belén Jurado, una sevillana de 20 años que estudia Genética en la UAB, vio cómo varios adolescentes entraron en su piso de la residencia y les robaron los altavoces, las carteras y los ordenadores portátiles. Resignada, lamenta que la universidad se lava las manos en cuanto a pagarles los objetos sustraídos. "Pero lo peor es el miedo, llevamos varios días que nos cuesta dormir, nos podrían haber hecho de todo", dice Laia, su compañera de piso que vive en la habitación donde se colaron los ladrones.

Taparse los ojos ante las agresiones

Una de las chicas que asistió a esa fiesta fue víctima de una agresión sexual. Otro chico terminó ensangrentado a gritos de "maricón". "El problema que tenemos ahora es que las administraciones saben de sobras que hay estas fiestas, pero nadie quiere meterse", cuenta Sonia Ricondo, técnica del Observatorio Noctámbulas, especializada en violencias sexuales en espacios de ocio nocturno. La entidad lleva varios meses atendiendo a adolescentes que han sufrido agresiones sexuales en lugares privados tras las fiestas clandestinas. "En cuanto se desconvocan los actos oficiales, los punto lila y los espacios de seguridad para las mujeres desaparecen, pero en realidad la fiesta sigue y también lo hace el riesgo de agresiones sexuales. Las administraciones no pueden fingir que no lo ven", se queja.

Y, mientras, son los agentes de seguridad, especialmente la Guardia Urbana y las policías locales, los primeros, y únicos, que intervienen en estas fiestas. "Ni estamos formados en gestión de turbas y masas, ni tenemos material para hacerlo", lamenta Valentín Palacios, presidente de la Asociación de Jefes y Mandos de Policía Local de Catalunya. "El botellón ha existido siempre, pero esta violencia, esta agresividad y este desacato que vemos últimamente es nuevo y nos preocupa", agrega Palacios.

Frustración acumulada

"Los botellones tienen que ver con la necesidad de los jóvenes de tener relaciones sociales, de buscar su identidad y sentirse legitimados. La pandemia no se lo ha permitido, pero ellos lo necesitan y lo hacen", cuenta Immaculada Armadans, experta en psicología social y resolución de conflictos de la UB. Armadans afirma que los chicos se enfrentan a la policía, como acto de rebeldía contra el Estado y las prohibiciones pandémicas. Pero va más allá. "Tienen mucha frustración acumulada, y esto conlleva más agresividad y violencia, que ya se está empezando a constatar en los institutos. De noche, con el consumo de sustancias tóxicas, se amplifica", cuenta.

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"Tenemos que entender que la violencia no es unidireccional, la violencia es una reacción. Los adolescentes viven y sienten la violencia que implica el encierro, las prohibiciones para relacionarse", comenta Martín Correa-Urquiza, antropólogo social de la Universidad Rovira i Virgili. "Tenemos que medir también cómo actúan los cuerpos policiales, pero en cuento vienen a sancionarles, y más juntándose en grupo, van a reaccionar de forma violenta porque se sienten violentados", añade.

Pero de fondo, los expertos planten otro debate. "Salir de fiesta, emborracharse, fumar marihuana, tomar pastillas... ¿es esta la socialización que queremos de nuestros jóvenes?", se pregunta Armadans. "Lo importante aquí es crear espacios de apoyo, de comunidad social, de bienestar emocional mutuos, para evitar las consecuencias en la salud mental de nuestros jóvenes que venimos viendo, y las administraciones deben implicarse ahi", sugiere Correa-Urquiza. Armadans plantea a las administraciones que se planteen otras formas de relación social que sean más sanas, contando con ellos. "Los jóvenes son víctimas de la sociedad, hemos normalizado este fenómeno. Ahora, cuando vemos los botellones, no deberíamos estar tan sorprendidos", sentencia la investigadora.