Polémica por la restricción desigual

Alcaldes imploran el toque de queda para frenar los botellones y el incivismo

  • Localidades que quedaron fuera de la norma y que limitan con otras que sí confinan a sus vecinos afrontan aglomeraciones nocturnas

  • Regidores del Baix Empordà alertan de que este fin de semana coincidirán grandes concentraciones con la ola de calor y la alerta por incendios

Un grupo de jovenes hace botellón en el paseo maritimo de Sant Antoni de Calonge durante la madrugada de este jueves.

Un grupo de jovenes hace botellón en el paseo maritimo de Sant Antoni de Calonge durante la madrugada de este jueves. / David Aparicio (EPC)

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Toni Sust
Toni Sust

Periodista

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La paradoja es considerable. Una localidad mejora sus datos sobre la pandemia del coronavirus y ve cómo se reduce su incidencia. Y por debajo de un nivel determinado, 250 casos por cada 100.000 habitantes en los últimos siete días, recibe como ‘premio’ que se anule en su término municipal el toque de queda que dicta la Generalitat. Un confinamiento domiciliario de una a seis de la madrugada, obligatorio si la cifra alcanza esos 250 casos; antes eran 400. Aunque a primera vista suene positivo, perder el toque de queda complica la vida de muchos alcaldes de una forma tremenda.

Porque si tienen un pueblo al lado en el que sí rija la norma, y eso pasa a menudo, los jóvenes que a la una no pueden estar en la vía pública de su pueblo, se van al que no tenga vigente el confinamiento. No tiene mucho secreto. El agua siempre encuentra su camino, y un grupo de jóvenes con una botella de ginebra, también. Y para muchos ayuntamientos resulta muy complicado, por los recursos de los que disponen, controlar el espacio público en las semanas de mayor presencia turística, en las que pueden multiplicar su población habitual hasta por ocho.

A partir de 5.000 habitantes

Esta es la situación que viven muchas localidades catalanas, y que ha llevado a algunos alcaldes a solicitar que se les devuelva el toque de queda o bien a disponer de esa restricción que nunca han tenido como arma: el toque de queda solo está previsto en municipios de más de 5.000 habitantes.

Lo han solicitado estos días Calonge y Palafrugell, en el Baix Empordà, una comarca en la que esta convivencia entre lugares con y sin confinamiento nocturno genera consecuencias nocturnas indeseables. Las llamadas de vecinos protestando por alborotos no se detienen, el pasado fin de semana los botellones se dispararon y el incivismo dejó huella en mobiliario urbano y en cultivos, y causó estragos en el descanso vecinal y veraneante.

El ocio nocturno cerrado

El fenómeno se da en puntos de toda la geografía catalana, porque con el ocio nocturno cerrado a las 00.30, los jóvenes que estarían en los locales buscan lugares en los que seguir la fiesta. Sí, cuando las discotecas vuelvan a abrir hasta tarde, el problema menguará, pero los alcaldes son prudentes en este aspecto, por la constatación de que el riesgo de contagio no ha desaparecido. Por ahora, las noches son más largas en los pueblos sin toque de queda: es frecuente que los jóvenes que los visitan huyendo de la restricción no vuelvan al suyo hasta las 6.00, cuando legalmente pueden hacerlo.

“Lo ideal sería que el toque de queda fuera comarcal. De Sant Feliu de Guíxols a Torroella de Montgrí. La comarca funciona como un área metropolitana”, afirma Josep Piferrer, alcalde de Palafrugell, localidad que vive una casuística particular: en julio, recuerda Piferrer, llegó a ser la que peores datos de covid tenía. Esos números mejoraron tanto que el pasado 3 de agosto ya no figuraba en la lista del toque de queda. En seguida reclamó ser incluido, sin éxito. “Tenemos 50 agentes de policía local. En verano, 60, con los refuerzos. Esta semana tiraremos de horas extras”.

Cerrar las playas

El alcalde subraya que no es lo mismo afrontar estas situaciones con el toque de queda, que permite sanciones concretas y que tiene un efecto disuasorio claro sobre una población que en general ha respetado las restricciones sanitarias, desde aquel confinamiento domiciliario con el que empezó todo.

Los alcaldes están convencidos de que la Generalitat dictaría un confinamiento nocturno general si no temiera el rechazo del aval judicial a esta decisión

Piferrer ha cerrado las playas: “No es fácil cerrar las de Calella, Llafranc, Tamariu. Hemos puesto carteles. Pero no son los lugares en los que tenemos más problemas”. Al no disponer del toque de queda tiene que echar mano del veto al consumo de alcohol en la vía pública para frenar las reuniones. También al criterio general que impide aglomeraciones en general y reuniones de más de 10 personas en particular.

Piferrer, como otros alcaldes, considera que la Generalitat dictaría ese toque de queda general, que el problema es que existe temor a que no reciba el aval judicial. Sobre la situación actual, asegura: “No hay solución. Los que hacen bien su trabajo no solucionan el problema, se lo sacan parcialmente de encima. Si nosotros actuamos de forma estricta, la gente acabará en los pueblos de al lado. Irá a Mont-ras, donde no hay policía. Allí están desesperados”.

“Llevamos seis noches consecutivas sufriendo botellones”, cuenta Vanessa Peiró, alcaldesa de Mont-ras. Es gente, cree, que viene del párking de la discoteca Costa Este. “Cuando acaban vienen a un párking aquí: hemos llegado a tener más de 100 vehículos”. Peiró está profundamente indignada. Dice que esos jóvenes han causado desperfectos: “Serraron un banco”. Y apunta un hecho que complica más esta semana: el elevado riesgo de incendio en el contexto de la ola de calor: “Los payeses nos mandan fotos. Da miedo la cantidad de colillas tiradas”. Peiró sostiene que un toque de queda comarcal tenía sentido pero no parece convencida de que vaya a haber vuelta atrás: “Nos quedan tres semanas de pasarlo mal”.

Diez veces más vecinos en verano

Mont-ras no puede tener toque de queda porque no llega a 5.000 habitantes, que es algo que también le pasa a Begur, cuya alcaldesa, Maite Selva, lo ha pedido reiteradamente. “Somos 4.000 empadronados pero ahora hay 25.000 personas en el pueblo”. El salto de la cifra es común en los municipios citados en agosto: de 1.700 a 3.000 personas, de 11.500 a cerca de 100.000; Palafrugell, de 22.000 a 55.000. Otro aspecto que se preguntan muchos municipios: ¿cómo se calcula la incidencia de cada localidad? ¿Se tiene en cuenta solo a los empadronados o a toda la población real? Y todavía más, como señala la alcaldesa de Begur: ¿tiene sentido seguir considerándolo un pueblo de 4.000 personas o tener en cuenta a los de 25.000 de agosto y que sea como mínimo candidato a tener toque de queda?

Los municipios con más turismo. que multiplican su población en agosto, se preguntan si la incidencia se calcula solo en base a los empadronados

 “El tema clave es el próximo fin de semana. El punto con más gente del verano”, afirma Jordi Soler, alcalde de Calonge i Sant Antoni, que se ha mostrado muy contundente en toda esta polémica. De entrada, no comprende por qué esta vez no se ha revisado semanalmente la lista del toque de queda, por qué se dictó hasta el 20 de agosto.

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El alcalde cifra en 30.000 euros los daños causados por las aglomeraciones el pasado fin de semana y señala que el efecto llamada de ser un pueblo sin toque de queda ha sido contundente. Tiene una queja particular: Calonge no pudo echar mano de una de las maneras de optar al toque de queda, que es la del caso de que todas las localidades que tiene alrededor cuenten con un confinamiento nocturno. Sí lo logró Castell-Platja d’Aro. Su alcalde, Maurici Jiménez, que explica que cuando les dijeron que salían de la lista argumentó que lo les devolvían a ella por estar rodeados de pueblos confinados de noche, o les enviaban más mossos, o ensayaban una ampliación del horario del ocio nocturno. Y les metieron en la lista.

En Palamós, que ha tenido siempre este toque de queda veraniego, el alcalde, Lluís Puig, combate otros problemas, como las fiestas en domicilios, ve bien un toque de queda comarcal y subraya: “Nosotros no fomentamos que la gente vaya a otros municipios”.