Tras la cumbre en Lituania
Jorge Dezcallar

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Embajador de España.

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Ucrania y la OTAN

El G-7 y otros (España) han asegurado a Kiev que le darán ayuda económica y militar todo el tiempo que haga falta, por si Moscú pensaba que íbamos a flaquear

Ilustración de Leonard Beard

Ilustración de Leonard Beard / Leonard Beard

A Putin solo le han llegado malas noticias de la cumbre de la OTAN reunida esta semana en Vilnius, aunque tampoco es que esperara otra cosa. Hace unos años la OTAN parecía una reliquia inútil heredada de la Guerra Fría que debería haberse desmantelado cuando lo hizo su contraparte, el Pacto de Varsovia. Trump vociferaba contra su inutilidad, amenazaba con abandonarla y clamaba -igual que habían hecho sus predecesores- contra unos europeos gorrones que no participaban adecuadamente en su mantenimiento y en la propia seguridad del Viejo Continente. Lo cierto es que al desaparecer la URSS la OTAN se había quedado sin motivo aparente para justificar su existencia, y fue entonces cuando Emmanuel Macron dijo aquello de que la Alianza estaba “en muerte cerebral” y que había que dotar a Europa de una capacidad de defensa independiente de los EEUU, lo que se llama “autonomía estratégica europea”, construida en torno a la Force de Frappe (fuerza nuclear) francesa, aunque esto último se lo callara convenientemente para no asustar aún más al personal.

De todo este ensoñamiento hemos despertado con la agresividad rusa que ha puesto fin de golpe al antimilitarismo europeo y nos ha llevado a todos a gastar más en defensa, bastante más. No ha sido brusco pues comenzó con la anexión de Crimea a la que no hicimos demasiado caso pues, en definitiva, había sido siempre rusa desde que la conquistó Potemkin en el siglo XVIII y solo se hizo ucraniana por un capricho de Kruschev. Pero si con Crimea comenzamos a desperezarnos, la invasión de Ucrania nos puso los ojos como platos y la OTAN recuperó su plena razón de ser porque es la única alianza que nos pone a salvo del matonismo del Kremlin gracias a la protección que nos brinda el paraguas nuclear norteamericano. Por eso dos países con tan fuerte tradición neutral como Suecia y Finlandia han pedido el ingreso que la OTAN se aprestó a aceptar en la Cumbre de Madrid, aunque Erdogan solo haya levantado su veto a Suecia en la de Vilnius a cambio de ciertas concesiones suecas en la lucha antiterrorista, la venta de F-16 americanos y el compromiso de empujar su pretensión de reabrir la negociación con la UE, donde no creo que vaya a tener mucho recorrido más allá de actualizar el acuerdo comercial o de lograr algunas concesiones financieras y en el ámbito de los visados... todo lo cual la aleja de Rusia. Suecia será el miembro 32 de la Alianza y convertirá el mar Báltico en un mar occidental incluido en la ambiciosa renovación estratégica que la Alianza adoptó hace un año en Madrid. Otras tres malas noticias para Putin.

Más difíciles de atender resultaban las demandas ucranianas de entrar en la OTAN, aunque estuvieran apoyadas por una carta firmada por ocho ministros de Asuntos Exteriores de los paises nórdicos, por dos razones al menos: porque Ucrania aún no está preparada en términos democráticos a pesar de los avances que ha hecho, y porque admitirla en plena guerra con Rusia nos llevaría por la simple aplicación del famoso artículo 5 (defensa colectiva) a la Tercera Guerra Mundial y eso no lo quiere nadie. Por eso la discusión se centraba en si dar a Ucrania una hoja de ruta clara para una adhesión futura o si se busca una fórmula más flexible (al estilo del pacto de acero no escrito entre EEUU e Israel) que le garantice dinero y armas durante el tiempo que haga falta para defender su soberanía frente a la agresión rusa. Y esta fórmula mixta es la opción realista que se ha impuesto: se ha acordado que el futuro de Ucrania está en la OTAN “cuando los aliados lo acuerden y se cumplan las condiciones”, sin que dstas ni el momento se expliciten, y al mismo tiempo el G-7 y otros (España) han asegurado a Kiev que le darán ayuda económica y militar todo el tiempo que haga falta, por si Moscú pensaba que íbamos a flaquear. Y eso tampoco le ha gustado nada a Putin. El problema de esta fórmula es que permite que Rusia reabra el asunto con exigencias cuando llegue el momento, que algún día tendrá que llegar, de negociar un fin a esta guerra. De modo que, se diga lo que se diga, la futura relación entre Ucrania y la OTAN sigue en mi opinión en el aire