Los días vencidos

Rouco, ese ser absurdo

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TOÑO VEGA

TOÑO VEGA

Acabo de leer un magnífico capítulo de Milan Kundera publicado por Tusquets bajo el título Un encuentro. Kundera rememora sus primeros años en París. Habla de Anatole France y advierte que en su círculo de semiamigos, France forma parte de las listas negras. En el mundo intelectual también se establece una línea clara entre lo que conviene ser leído y ensalzado o lo que no conviene, a riesgo de ser considerado un traidor a la idea. La lista negra no es solo una maquinaria excluyente de un grupo social. Es también un criterio ideológico por el que se van al olvido obras importantes o pensadores que no pensaban lo que en aquellos tiempos debían pensar.

La tendencia al canon del pensamiento es una de las tradiciones europeas más extendidas. Tan extendidas que hasta han llegado al pensamiento puritano norteamericano. No se trata ya de creer en lo que creemos. De lo que se trata es de escarnecer, humillar, ningunear y llevar al patíbulo a los que no piensan como nosotros. La Inquisición no fue únicamente un tribunal eclesiástico español, sino que también fue una tendencia que llevó a la hoguera a miles de personas acusadas de brujería y que fomentó el exilio transoceánico de los que no se plegaron al sistema de valores del continente. Europa ha sido un cruento campo de batalla de las ideas. El fundamentalismo que hoy consideramos excluyente y salvaje en el Islam profundo nació antes en la cristiandad y llegó a germinar en los eriales de la izquierda bolchevique. Eso fue lo que sorprendió a Kundera a su llegada a París: Dante, Shakespeare, Tolstoi, Leon Daudet, Anatole France o el músico Saint-Saëns eran lo peor de la especie. En cambio Stravinsky o Picasso estaban en la cumbre. Así son las glorias del mundo. Lo que un día es una birria al cabo de unas décadas se convierte en una maravilla. Pero lo importante es la lista negra. Mejor dicho: lo importante es esa tendencia a establecer las barreras entre lo sublime y lo abyecto.

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Lejos de la sorpresa de Kundera, nos llega ahora la menos sorprendente de las ideas. Rouco Varela, sin duda el personaje que mejor define el reaccionarismo español de todos los tiempos, nos convoca a una manifestación en favor de la familia tradicional. ¿Qué me está sucediendo? Mi esposa y yo hemos formado una familia de cinco hijos. Se trata de una familia que cumple perfectamente lo que se entiende por tradicional. Montamos el belén, algunos de ellos son creyentes porque han tenido la libertad de elegir, velan por sus mayores y juegan con los menores. Se buscan su propio futuro y, cuando tienen dudas, preguntan a sus padres. Leen y se informan, y espero que nunca olviden las fronteras entre el bien y el mal, entre la revuelta ante los poderosos y la ayuda necesaria que exigen los oprimidos. Tradicional, realmente.

Pero algo falla en el esquema de Rouco. Intenta defenderme de mí mismo. Pretende que mis hijos sean más tradicionales de lo que ellos creen ser. Una vez más la Iglesia católica, en manos de esos salvajes de la religión como Rouco, está cayendo en el pecado del orgullo. Rouco cree que su verdad es superior a la verdad común. Y, en consecuencia, se dispone a convertir al disidente en tierra de conquista. Así ha sido siempre en las religiones invasivas. Hubiera sido demasiado fácil integrar. Pero es que Rouco no pretende otra cosa que desintegrar. Prefiere la expulsión de los disidentes antes que acometer la humilde tarea de pensar. La lista negra es la plasmación de su espiritualidad.