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La noche de Beirut es queer

Cuando cae la noche en la capital libanesa, los miembros de la comunidad LGBTIQ+ encuentran refugio en bares, discotecas y espectáculos de drag queens

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Andrea López-Tomàs

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Cae la noche en Beirut y algunas calles se llenan de brillo. En un país oscuro donde no hay luz, ni casi energía, los locales abiertos iluminan el barrio, con su música pop y sus luces de colores. Mientras, un desfile de lentejuelas, plumas y pompones se une a la masa que, empapada en sudor, se mueve al unísono sobre la pista de baile. En la capital del Líbano, la noche tiene más horas que el día. Muchas de ellas tienen como protagonistas a los que, durante el día, son forzados a mimetizarse entre la población. Pero, al cruzar el umbral de estos bares y discotecas, se dejan llevar por el ritmo de las canciones de la libanesa Haifa Wehbe y se sienten en casa, en libertad. Y es que la noche en Beirut es queer.

El Líbano, aunque es uno de los países árabes más abiertos en materia LGBTIQ+, tampoco es un edén para quiénes reniegan de la heteronorma. Pero, en Beirut, capital de dos millones de habitantes, cuentan con algunos espacios seguros. “Es un lugar donde se puede navegar más fácilmente como queer, porque muchas personas que viven aquí son de pueblos y en Beirut no tienen la sensación de estar bajo el escrutinio de su comunidad”, explica Tarek Zeidan, director de la oenegé Helem, que significa sueño en árabe. Aunque las calles no son cándidas, hay ciertos locales que sí lo son y les reciben con las puertas abiertas.

Locales seguros

Todo el mundo de la comunidad LGBTIQ+ y de entre sus aliados los conoce. Son establecimientos, bares, discotecas, teatros, que, pese a no venderse abiertamente como queers por temor a las represalias –la creciente homofobia es ejercida en gran parte por las autoridades–, todos saben que es el lugar donde expresarse, quererse y desearse en libertad. De noche y de día, los miembros de la comunidad LGTBIQ+ escapan del conservadurismo y la homofobia que suele impregnar a las sociedades árabes desde los bares, las cafeterías, los pubs o las oenegés de Beirut.

Zuhal es una de las drag queens más conocidas del Líbano. En la imagen, actúa frente a un grupo de seguidores en Social House, uno de los locales abiertos a la comunidad LGBTIQ+ en Beirut. 

Zuhal es una de las drag queens más conocidas del Líbano. En la imagen, actúa frente a un grupo de seguidores en Social House, uno de los locales abiertos a la comunidad LGBTIQ+ en Beirut.  / Diego Castro Álvarez

“Nuestro país cuenta con una larga historia de visibilidad queer en sus medios, en su folclore, en su narrativa”, añade Zeidan, al frente de una de las organizaciones pioneras en la defensa de los derechos LGTBIQ+ en el país y en la región, con más de 20 años de activismo. “Esto ha permitido que los libaneses se den cuenta que las personas queer existen”, apunta. En el 2017, el pequeño país mediterráneo fue el primero en celebrar una semana del orgullo LGTBIQ+ aunque las presiones de las influyentes élites religiosas impidieron que las siguientes ediciones continuarán.

Hace unos meses, además, justo cuatro días antes de la celebración del Orgullo, el ministro del Interior Bassam al Mawlawi ordenó a las direcciones de Seguridad Interna y General que prohibieran cualquier reunión destinada a “promover la perversión sexual” porque violan los “costumbres y las tradiciones” y “los principios de la religión”. Todos los eventos programados para esos días tuvieron que ser cancelados. Hasta la protesta en repulsa de las directrices del ministro se anuló por preservar la integridad física de los asistentes. Para estos lugares seguros, no ha habido graves consecuencias por ahora. Pero, desde entonces, el miedo baila con ellas.

Paraíso de drag queens

Aunque el cerco sobre el oasis de la capital libanesa cada vez se va estrechando más, sus habitantes luchan por romperlo. Y los escenarios se han convertido en la última trinchera. Un puñado de drag queens se plantan allí, con unos trajes de infarto, y entre playbacks de canciones de Nancy Ajram y Lady Gaga, lanzan dardos contra la clase política en sus monólogos impregnados de humor. Latiza Bombé, Zuhal, Diva, Andrea o Anya Kneez son solo algunos de los nombres que agotan entradas y carcajadas allá donde van. Son fenómenos que irradian esperanza y alegría, tan necesitadas en un país atormentado por esta crisis sin fin.

Todas se encuentran en Beirut. Por eso, no es extraño coincidir de madrugada en un cruce con el taxi de al lado desbordante de purpurina. La capital libanesa, aunque siete veces golpeada, no perdona una buena noche de fiesta. Y el abundante tejido social ha permitido teñir la oscuridad de los colores del arcoiris. “Fue en Beirut en el 2003 en una protesta contra la invasión estadounidense de Irak cuando se ondeó la primera bandera del arcoíris en el mundo árabe”, recuerda Zeidan. En el Líbano, las luchas se interseccionan. 

Debacle económica

Esta comunidad, por ello, es una de las más afectadas por la crisis económica. La explosión en el puerto de Beirut el 4 de agosto del 2020 destrozó buena parte del barrio de Mar Mikhael, hogar de oenegés, bares y discotecas abiertamente queers. Tras el entusiasmo de las protestas de otoño del 2019 –“la revolución del 17 de octubre fue la primera marcha del orgullo LGTBIQ+ del mundo árabe”, defiende Zeidan, equiparándola con las protestas de Stonewall hace medio siglo–, llegó el hundimiento.

Graffiti en Beirut que dice en árabe 'maricón no es un insulto' y que fue uno de los principales cánticos de la revolución de octubre del 2019.

Graffiti en Beirut que dice en árabe 'maricón no es un insulto' y que fue uno de los principales cánticos de la revolución de octubre del 2019. / Diego Castro Álvarez

Ni ver su ciudad reducida a ruinas ni el artículo 534 del Código Penal, herencia de la Francia colonizadora que establece una pena de prisión de hasta un año para quién tenga relaciones sexuales que “contradigan las leyes de la naturaleza”, las ha detenido. Como la primera modelo trans del Líbano, Sasha Elijah conoce de cerca la violencia del Estado y el rechazo de la sociedad. “Nunca esperé la aceptación de nadie para vivir mi verdad, eso es absurdo y se interpondría en el camino de mi crecimiento”, declara convencida. Sasha se enfunda en un vestido minúsculo, se viste con una sonrisa poderosa y sube al escenario. A sus pies, el brillo de sus admiradores tiñe sus ojos de libertad.