02 dic 2020

Ir a contenido

ESPERANZA EN EL LÍBANO

Beirut recompone sus pedazos

Una juventud libanesa comprometida reconstruye su capital mientras buscan oportunidades para abandonar su país

Oenegés e iniciativas privadas lideran la ayuda humanitaria en una ciudad que colecciona traumas

Andrea López-Tomàs

Edificios destruidos en Beirut por la explosión del 4 de agosto. 

Edificios destruidos en Beirut por la explosión del 4 de agosto.  / EFE/ EPA NABIL MOUNZER

"Nunca podrán dejar Beirut". Rodeada de mujeres jóvenes, Imane Nasreddine Assaf, la fundadora de la oenegé Ahla Fawda, bromea sobre la colección de traumas que les brinda su Líbano natal. Con sus manos, están recomponiendo los pedazos de hogares, de vidas, de futuros que aún se acumulan esparcidos y destruidos por las calles de la capital libanesa. Los estragos de la explosión del pasado 4 de agosto que dejó 190 víctimas mortales, 6.000 heridos y 300.000 familias sin hogar siguen habitando los barrios adyacentes al puerto. Así, las heridas de un pueblo abandonado por un gobierno ausente y corrupto no pueden cicatrizar

Decenas de beirutís, aquellos que se lo han podido permitir, han empezado los preparativos para abandonar su ciudad. Hace un mes, la explosión de 2.750 toneladas de nitrato de amonio almacenadas en el puerto arrasó con media capital libanesa, sobretodo las zonas de bares y restaurantes cercanos al mar. "Aunque a nosotros no nos haya afectado la explosión físicamente, nuestra salud mental y nuestras perspectivas de futuro han caído en picado", explica Joe Azzam, un joven arquitecto de 26 años que decidió emprender la iniciativa Rebuild Lebanon con sus compañeros de profesión un día después de la tragedia. "En mi grupo de amigos somos ocho, y seis de ellos ya han dejado Líbano o se están preparando para abandonar el país", lamenta. 

Quienes están reconstruyendo Beirut son los que anhelan un futuro en el extranjero. Con un 40% de su población menor de 24 años, el Líbano ve como después de restaurar los edificios y limpiar los cristales rotos que inundaron las calles, su juventud tremendamente formada se resigna a abandonarlo. Sumida en la peor crisis económica de su historia y tras diez meses de manifestaciones anticorrupción, la juventud ya solo quiere "vivir". “No estamos reconstruyendo nuestros negocios por el bien del Líbano, lo hacemos para sobrevivir”, expresa Azzam. 

"No reconstruimos nuestros negocios por el bien del Líbano, lo hacemos para sobrevivir", lamenta Azzam

“La gente joven que no hemos vivido la guerra civil [1975-1990] ni nos hemos enfrentado a la violencia y la destrucción durante nuestra existencia no nos creíamos lo que estaba pasando en nuestra ciudad”, explica el cofundador de Rebuild Lebanon. "Por eso, fuimos los primeros en organizarnos y empezar a actuar", constata. En las oficinas de Ahla Fawda, los teléfonos siguen sonando sin tregua un mes después de la tragedia. "La falta de confianza en el gobierno y su ausencia en la respuesta inmediata a la crisis han hecho que sean iniciativas privadas de oenegés o individuos quienes lideren la ayuda humanitaria aún tan necesaria", dice su fundadora. 

"Necesitamos de todo"

A medida que avanzan los días, surgen nuevas necesidades sobre el terreno. Imane Nasreddine Assaf suspira al preguntarle qué es lo que se necesita ahora. Y lo resume en una palabra que le sale del alma: "todo". Todo es todo. "La gente necesita casas, empiezan a abrir las escuelas y hacen falta libros y ordenadores para el alumnado, el invierno se acerca, vamos a necesitar ropa y mantas", confiesa resignada. "Mientras el dinero siga llegando, nosotros seguiremos trabajando; el Beiroshima ha unido al mundo entero preocupado por nuestra ciudad", añade Assaf orgullosa. "Por eso, la gente manda fondos a las oenegés locales, no al Gobierno". 

El bullicio de los barrios con aroma mediterráneo ha mutado en tareas de reconstrucción infinitas. Tras la explosión, el Instituto de Salud Global de la Universidad Americana de Beirut puso a disposición de la ciudadanía una base de datos de personas desaparecidas. "Es una base más activa que pasiva, ya que hemos mantenido el contacto con las familias para saber cómo va la búsqueda y hemos consultado las redes sociales para añadir a más desaparecidos", explica Zahi Abdul Sater, a cargo de la iniciativa. De los 169 casos investigados, 57 personas fueron encontradas con vida, 60 fallecidas y una cincuentena aún siguen en paradero desconocido.

"Aún hay gente desaparecida de las que no tenemos información como refugiados o personas que no han sido registradas en las bases de datos oficiales", añade Sater, "es vital que sigamos hablando de ello". Oenegés locales han denunciado las actitudes racistas de las autoridades o individuos que rechazan la solidaridad de la comunidad siria refugiada en Líbano, que representa uno de cada cuatro habitantes del país. También las trabajadoras domésticas etíopes, filipinas, esrilanquesas o nepalís han sido las primeras en enfrentarse al abandono de una sociedad que pese a necesitarlas y esclavizarlas con el sistema kafala, se niega a acogerlas.

Agotados e incrédulos

Para un país tan castigado, los restos de esperanza que alimentan a su ciudadanía parecen un milagro. Como el que esperaban las docenas de personas congregadas alrededor de las labores de rescate del equipo chileno Topos. Pero el milagro no llegó. "El pueblo libanés siente muchas cosas a la vez: aún nos domina la incredulidad porque no nos han dado explicaciones oficiales sobre el motivo de la explosión", argumenta Sater. El ritmo vertiginoso de trabajo que ha exigido la completa destrucción de ciertos barrios ha impedido que la gente pare a procesar lo vivido. "Hay un cierto desapego hacia lo que está pasando a nuestro alrededor porque el trabajo que estamos haciendo nos está consumiendo", añade. 

"Todos estamos traumatizados, deprimidos; todos estamos trabajando simplemente para no sentarnos a pensar, estamos paralizados por ahora", reconoce la fundadora de Ahla Fawda. "Nuestro único sentimiento es seguir adelante; en un par de meses, cuando dejemos de trabajar 24 horas al día, 7 días a la semana, será el momento cuando caeremos, cuando nos golpee". La asfixia por enfrentarse a diario a la devastación de su ciudad se ha agravado esta semana con el incendio entre las ruinas del puerto que tiñó el cielo de negro de nuevo. 

Columna de humo tras el incendio declarado la semana pasada / AP / HUSSEIN MALLA)

"Todos estamos trabajando simplemente para no sentarnos a pensar", reconoce Assaf

Volver a las calles

¿La solución? "Quemar al gobierno entero y a sus seguidores", bromea Imane Nasreddine Assaf con sus compañeras. "La gente debería volver a las calles en masa, mucha gente ha muerto o ha perdido sus casas por ninguna razón", añade. Si las protestas de octubre unificaron a libaneses de las 18 diferentes sectas religiosas del país, esta tragedia ha intensificado el rechazo al sistema sectario. Ser chií, suní, druso o maroní no ha evitado a ningún libanés la pérdida de sus hogares o, incluso, sus seres queridos. La diferencia reside en quién puede refugiarse en su segunda residencia, quién puede financiarse las tareas de reconstrucción. "Es un tema de clase; ¿de verdad crees que a nuestros políticos les importa su religión? Solo actúan por el poder", denuncia Azzam. 

"Pero yo soy positivo, hago planes para mí mismo dentro y fuera del Líbano", confiesa el joven de 26 años. Las recientes visitas del presidente francés Emmanuel Macron han agitado la mermada confianza del pueblo libanés. "Valoramos mucho el apoyo de la comunidad internacional tan necesario ahora mismo, pero tenemos que levantarnos nosotros mismos", reivindica la fundadora de Ahla Fawda.

"Debemos ser optimistas, es la única forma de sobrevivir". Con una sonrisa permanente, Imane Nasreddine Assaf se consuela entre carcajadas: "coronavirus, revolución, fallida económica, explosión; no puede ir peor, ¿verdad?".

Temas Beirut Líbano