Corea del Norte

El hambre castiga la legitimidad de Kim Jong-un

  • El líder norcoreano se ha disculpado por incumplir sus promesas de bonanza económica

Una joven soldado norcoreana se come un helado durante una visita en el zoo de Pyongyang, en una imagen de 2018.

Una joven soldado norcoreana se come un helado durante una visita en el zoo de Pyongyang, en una imagen de 2018. / DANISH SADDIQUI (REUTERS)

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Adrián Foncillas
Adrián Foncillas

Periodista

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El cerrojazo fronterizo por el coronavirus, los desastres naturales y las sanciones internacionales han devuelto la economía de Corea del Norte al pozo. Está el país acostumbrado a las penurias pero confluyen nuevos factores que complican a la estirpe que lo ha gobernado durante siete décadas. Kim Jong-un había prometido bonanza y su pueblo se ve abocado a escaseces que parecían superadas.

"La situación se está complicando", aclaró recientemente el tirano. Aludía a la mayor crisis alimentaria de la década y no era la primera admisión del fracaso en un país que confiere un carácter semidivino e infalible a sus líderes. "Me siento avergonzado", había dicho meses atrás. "Mis esfuerzos y devoción no han sido suficientes para sacar a nuestra gente de sus dificultades cotidianas", añadió.

La realidad no responde a las promesas escuchadas cuando ocupó el trono tras morir su padre en 2011. Informó de que su prioridad era la prosperidad de su pueblo y en la tradición dinástica sonó contracultural. Relevó en su Gobierno a militares por economistas, jubiló el principio "lo militar, lo primero" con su política 'byunjin' que compatibiliza la carrera nuclear con la calidad de vida de su pueblo y copió con descaro la fórmula china: legalización de mercados privados, zonas económicas especiales, venta de excedentes agrícolas... Las reformas dieron un respiro a un país de hambrunas y llenaron de productos importados los supermercados de Pionyang.

Los efectos de la pandemia

Pero la segunda parte del plan se torció. De las conversaciones para su desnuclearización con Washington pretendía el levantamiento de las sanciones internacionales pero a Donald Trump le importaron más las fotos para la hemeroteca que la sustancia y Joe Biden no tiene a Corea del Norte en su carpeta de asuntos urgentes. Y los primeros rumores sobre una neumonía extraña en Wuhan empujaron al Gobierno a cerrar las fronteras por el comprensible miedo a una pandemia contra la que carecen de armas. Fuera se quedaron las importaciones chinas que suponían más del 90% de su comercio exterior. Los supermercados se vaciaron, los diplomáticos marcharon por la falta de productos básicos, se multiplicaron los precios de arroz y maíz y las clases mimadas de Pionyang regresaron a las penalidades. El cuadro es más severo en las zonas rurales.

En la memoria persiste la Ardua Marcha, como se conoce a las hambrunas de los 90 que diezmaron a la población. Estamos lejos de aquella catástrofe pero es evidente que Kim Jong-un ha incumplido su palabra. No es un asunto menor porque no disfruta de la mística fundacional de su abuelo, Kim Il-sung, que heredó ya desvaída su padre, Kim Jong-il. Era consciente Kim Jong-un cuando emprendió un proceso de humanización: presentó a su esposa en sociedad, no embelleció su biografía con leyendas inverosímiles de nacimientos saludados por dobles arcoíris, estrechó la mano de trabajadores y besuqueó a los niños y ligó su legitimación al bienestar del pueblo.

El contexto explica la exposición en la prensa nacional de su súbito adelgazamiento y las declaraciones inquietas de ciudadanos. "Kim Jong-un es más honesto que sus predecesores porque carece de su perfil heroico. Parece que es consciente de que la crisis afecta su legitimidad y por eso se presenta como uno más que también sufre las carencias. Deja que la gente se preocupe por su sufrimiento. Eso nunca habría pasado con su padre y su abuelo", señala Ramón Pacheco, profesor de Relaciones Internacionales del King College y experto en Corea del Norte.

Provocaciones militares

Sus antepasados respondieron a las crisis con provocaciones militares para cohesionar al pueblo frente al enemigo exterior pero el libreto clásico parece agotado. El reciente restablecimiento del teléfono rojo con Seúl, de hecho, fue explicado por algunos expertos por su desesperación.

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Arrecia el debate sobre el futuro de Corea del Norte: los límites de la estabilidad, la tolerancia de las clases medias y altas a otra Ardua Marcha o las consecuencias de una hipotética desaparición de Kim Jong-un por razones de salud. A China, Corea del Sur y Japón les aterroriza el colapso y caos de un país con la despensa nutrida de armas nucleares y químicas. Durante siete décadas ha sido vertebrado por el halo legendario de la dinastía Kim y cuesta imaginarlo con alguien ajeno al mito fundacional del monte Paektu. Sólo la hermana, Kim Yo Jong, asoma como alternativa, pero ya muy alejada del manto protector del abuelo y con dudas razonables sobre su capacidad para empoderarse frente al estamento militar.

Opina Benjamin Young, reputado norcoreólogo, que las disculpas de Kim Jong-un por sus fracasos responden más a su legitimación personal que a los sinceros desvelos por su pueblo. "Creo que perdió peso de forma intencionada para subrayar su supuesta empatía con los ciudadanos. A pesar de los problemas económicos, la familia Kim no está en peligro. Es un sistema resistente que sobrevivió al colapso de la Unión Soviética y la muerte de su fundador. Tenemos Corea del Norte para rato", añade.