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"El peligro quizá no esté en la IA sino en quién la controla y para qué"

Fotografía de archivo donde se muestra varios modelos de inteligencia artificial. EFE/EPA/HANNIBAL HANSCHKE. NO VENTAS ZONA EPA

Fotografía de archivo donde se muestra varios modelos de inteligencia artificial. EFE/EPA/HANNIBAL HANSCHKE. NO VENTAS ZONA EPA / HANNIBAL HANSCHKE / EFE

Pienso que como humanidad estamos jodidos. Y, sinceramente, espero equivocarme. La ONU nació en 1945, después de la Segunda Guerra Mundial, para crear un marco de cooperación que evitara otra catástrofe. Seguimos sin una ética común capaz de alinear países, culturas e intereses. Ahora llega la inteligencia artificial. El peligro quizá no esté en la IA, sino en quién la controla, para qué y a qué velocidad se desarrolla.

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Empresas y estados compiten por dominarla mientras la regulación internacional avanza mucho más despacio. Sin ética, porque es imposible después de 80 años. Ahí está la paradoja central: quienes más pueden ganar con la IA son quienes tienen más incentivos para desarrollarla sin esperar una regulación capaz de controlarla. Esa carrera puede convertirse en una guerra entre empresas, países y entre clases cada vez más desiguales.

Y si las máquinas hacen el trabajo, ¿cómo repartimos los recursos? El viejo debate del comunismo reaparece: ¿según la propiedad, el trabajo o las necesidades? ¿Y quién decide? Quizá la IA no nos destruya por sí misma. Quizá nos destruyan las guerras y el colapso provocado por quienes compiten por controlarla. La paradoja final: la carrera por ganar con la IA podría acabar destruyendo el mundo que permite ganar con ella.

Como siempre, para los interese de pocos, lo urgente antes de lo importante.

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