Electricidad y pobreza: cuando toca elegir entre el frío y el miedo

  • La ecuación de cómo las familias pobres pueden conectarse a la corriente eléctrica sigue hoy sin resolverse, a pesar de estar en plena ola de frío y en una pandemia mundial

Cristina García cocinando con gas butano en su vivienda del barrio de La Salut de Badalona.

Cristina García cocinando con gas butano en su vivienda del barrio de La Salut de Badalona. / ELISENDA PONS

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Pasar frío o miedo. Esta es la disyuntiva a la que se tienen que enfrentar las familias que no pueden pagar los recibos de la luz, en plena escalada de los precios de la energía y en medio de una pandemia con secuelas sociales aún inciertas. No son pocas. Unos optan por apagar los chismes y abrigarse como antaño. Bien por ahorro, o bien por el temor de una deuda acumulada que no deja de sumar. Otros, se pinchan de forma fraudulenta a la corriente eléctrica, afrontando el temor a morir en incendios, como ya ha ocurrido en demasiadas ocasiones. Un temor que inunda todo el vecindario, que acaba sobrecargando la red eléctrica y que deja a otros vecinos sin luz, que a su vez acusan a las eléctricas de no mantener correctamente las instalaciones en los barrios más humildes. La rueda es perversa, y a veces difícil de entender. Pero la realidad es que son cientos de familias -no hay ni datos oficiales- que siguen pendientes de esta decisión. O el frío. O el miedo.

Cristina García, madre de cuatro hijos en el barrio de La Salut de Badalona, eligió el frío. Tras la anterior crisis económica, esta mujer perdió el trabajo, y desde hace poco más de un año percibe la prestación de 1.000 euros de la Renta Garantizada de Ciudadanía. "Desenchufé la vitrocerámica. Todo lo esencial (ducharnos, cocinar y calentarnos) lo hacemos con butano. Cuando hay dinero, las estufas funcionan. Cuando no, toca abrigarse", explica esta madre. Atendida por los servicios sociales de la ciudad, Cristina no podía pagar la factura de la luz, pero tenía un contador que funcionaba y está a su nombre.

Tuvo que morir una anciana en Reus en 2016 para que una ley impidiera a las eléctricas cortar la luz en estos hogares. Sin embargo, todo lo que consumen se acumula en una deuda que, en el caso de Cristina, ya asciende los 2.000 euros.¿Cómo se pagará? Aún sigue pendiente el acuerdo entre el Govern y las eléctricas que lo determine. Pero de momento, son los hogares los que sufren mirando de reojo el contador. "Tengo miedo a abrir las facturas", comenta Cristina. Por pasar frío, de momento no ha habido susto. Es un secreto a voces que estos hogares, protegidos por la ley ante los cortes, han crecido considerablemente. El año pasado eran 61.0000. Este 2020 nadie los ha cuantificado.

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Pero el problema es que hay una masa importante de vecinos que quedan fuera de esta situación: aquellos que se enchufan fraudulentamente a la corriente eléctrica. Algunos lo hacen por pillaje o ahorro. Pero una gran parte de ellos entra en esta rueda por pura necesidad, tras la ocupación de una vivienda o la imposibilidad de pagar el precio del alquiler. Si el contador no está a su nombre, pocas alternativas les quedan. Varias entidades sociales, entre ellos l'Aliança Contra la Pobresa Energètica, llevan años reclamando a las eléctricas que instalen contadores sociales a estos hogares necesitados, como ya ocurre con el agua. Las consecuencias, advierten, pueden ser mortales. La compañía responde que no es tan fácil. "Hay que rehacer de nuevo la instalación porque es muy peligroso dar corriente a los hogares con este estado", asumen fuentes de la empresa, que añaden que el problema está en que se permita que haya familias pobres pinchando la luz.

La situación es grave. Pero es que además impacta directamente en muchos de los vecinos de estos barrios humildes, que constantemente se quedan sin luz aún pagarla. El Raval, Sant Roc o Torre Baró son solo un ejemplo. A causa del fraude eléctrico, dice Endesa, la red acaba sobretensionada y saltan los plomos. Alcaldes, vecinos y asociaciones claman contra el deficiente estado de mantenimiento de la red por parte de la compañía distribuidora de electricidad. Endesa responde que "la red eléctrica está en buen estado y dimensionada para cubrir la demanda de los clientes". Y ahí esta la clave de la cuestión, que muchos de los otros consumidores, al cometer fraude, dejan de ser clientes y pasan a ser tratados de delincuentes. Y por lo tanto, la red no está preparada para ello. "Las empresas eléctricas hacen una previsión de consumos y lo aplican a las inversiones para hacer el mantenimiento de la red. Estas dinámicas no se tienen en cuenta, y al final terminan todos a oscuras o asustados por un incendio inevitable", apunta Marta García, directora de Ecoserveis, una consultora energética sin ánimo de lucro.