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COLECTIVO ESTIGMATIZADO

Mujeres chinas, mujeres invisibles

Algunas llevan más de 10 años en Catalunya y no saben castellano porque dedican toda su vida a trabajar

Tres chinobarcelonesas de perfiles muy distintos explican sus historias desmontando el imaginario exotizante

Helena López

Guiyun Gao en su salón de belleza cerca de la Sagrada Família.

Guiyun Gao en su salón de belleza cerca de la Sagrada Família. / JOSEP GARCIA

Sirven tras la barra el café con leche de la mañana, el cortado de después de comer o el pincho de tortilla de patatas de media tarde; no dudan sobre en qué pasillo encontrar las chinchetas y en cuál los lápices, el mechero o el destornillador, y ofrecen manicuras imposibles al mejor precio casi a cualquier hora. Siempre con una sonrisa. Cohabitan junto a la población autóctona, en muchas ocasiones trabajando más horas de las que tiene el día cara al público, formando parte de la cotidianidad del día a día de la mayoría de pueblos y ciudades, pero los 57.239 chinos que residen en Catalunya (en datos del 2017) siguen siendo un colectivo prácticamente invisible y aún muy estigmatizado, siendo especialmente vulnerables las 28.813 mujeres.

El exhaustivo estudio Barcelonesas de contexto cultural chino, retos y oportunidades para la ciudad encargado por la Concejalía de Feminismos y LGTBI del Ayuntamiento de Barcelona en el marco de la estrategia contra la feminización de la pobreza y la precariedad revela, por ejemplo, que la mayoría de las mujeres chinas que presentan una barrera idiomática importante llevan casi 10 años o más residiendo en la ciudad, "pero dedicaron todo su tiempo a la consecución de su sueño de mejora económica y familiar", señala Begoña Ruiz de Infante, autora del informe junto a Sushan Qu, mediadora y una de las mayores conocedoras -y apoyos- de esta comunidad. 

Tres cuartas partes de las mujeres consultadas se han sentido discriminadas por ser chinas en algún momento de sus vidas, concretamente en los ámbitos laboral y social

Las expertas consultadas por las reconocidas autoras del estudio coinciden en vincular desconocimiento del idioma con problemas de inclusión social, laboral y de dependencia (de la familia y de las profesionales), y algunas apuntan a los sentimientos de inferioridad y de exclusión experimentados debido a la barrera idiomática. El 24% de las 91 mujeres encuestadas asegura no entender ni hablar castellano. La cifra de mujeres que desconoce el catalán por completo se eleva hasta el 77%. "Las mujeres que no tienen un nivel cultural alto están muy cerradas, tienen miedo de incluirse en la sociedad por el idioma, a raíz de eso muchas veces sus hijos apenas participan en las actividades de convivencia del colegio", destacan.

Otro de los problemas de estas mujeres es el desconocimiento de los servicios públicos, también debido a la barrera lingüística y a la falta de tiempo; y tres cuartas partes de la muestra se han sentido discriminadas por ser chinas, sobre todo en los ámbitos laboral y social. "Acceder a estas mujeres, conocer su realidad, cómo viven, cuáles son sus deseos y sus necesidades es imprescindible para evitar el riesgo de exclusión, así como para poner en valor su potencial", señala la concejala Laura Pérez. Esta completa radiografía del colectivo busca al fin y al cabo desmontar todo el imaginario exotizante que no hace sino contribuir a su estigmatización.

Aquí van tres de sus historias. Tres mujeres con edades y situaciones personas muy distintas, pero con mucho en común, empezando por la dignidad. 

Guiyun Gao en su salón de belleza junto a la Sagrada Família /josep garcia

"Me gustaría estudiar, pero no me lo puedo permitir"

Pese a que asegura "no ser una mujer tan romántica como para soñar historias", Guiyun Gao tiene un sueño. Lograr la estabilidad suficiente como para traer a Barcelona a su hijo mayor y abrir un café "donde la gente pueda sentarse tranquila a leer un libro". Lo explica con la misma sonrisa franca con la que cuenta que, hasta que ese día llegue, trabaja de lunes a domingo de nueve y media de la mañana a nueve de la noche en el pequeño salón de belleza de paredes rosas que abrió el año pasado a pocos metros de la Sagrada Família. Negocio, propio, al fin, que por ahora no le da como para poder tramitar la reagrupación. 

Guiyun se abre generosa en boca de la mediadora Begoña Ruiz de Infante, quien le hace de traductora. Pese a llevar 11 años en España, la mujer prácticamente no habla castellano. "Claro que me gustaría estudiarlo- señala-, pero no me lo puedo permitir". Tiene que trabajar todas las horas del día para cubrir gastos: el alquiler del local, del piso, la mujer que cuida de su hija pequeña y el dinero que tiene que mandar a China a su hermana, quien cuida de su hijo desde que este tenía tres años, cuando ella emigró. 

Su intención inicial era pasar unos años aquí, reunir dinero, y volver para abrir una pequeña tienda; idea que cambió tras la separación del padre de su hijo, quien no quiso emprender la aventura con ella.

"Necesitas el dinero. Es es tu objetivo y no te planteas otra cosa. En China tenemos un refrán que dice 'porque soy una madre, no tengo miedo'"

Guiyun Gao

Trabaja 12 horas al día en su salón de belleza

Su pequeña tiene ahora seis años. La cuida la misma mujer que le alquila el piso, quien "siempre se ha portado muy bien con nosotras". "En España he conocido a mucha gente buena que me ha ayudado mucho", subraya generosa sin abandonar la sonrisa. La niña conoce a su hermano, de 14, a través del WeChat (la gran red social china). Ella ha podido volver a verle dos veces en estos 11 años, pero la niña, nunca. "Es este", muestra orgullosa su foto en el mismo móvil con el que se comunica con él. Justo después muestra el vídeo de la actuación en la fiesta de final de curso de la niña. Para escaparse a verla e inmortalizar el momento, sí cerró un par de horas el salón. "Era su graducación -destaca-, un día muy especial".

Antes de subir la persiana de esta pequeña estética en la calle de Sicília -a la que principalmente acuden turistas cansados de andar a poner los pies en remojo para hacerse la pedicura y un masaje- Guiyun dio muchas vueltas. Pasó tres años en un pequeño pueblo de Tarragona trabajando en una fábrica de pasteles, también 12 horas al día. Los sábados, hasta 16, porque también se buscó un trabajo complementario como limpiadora. De allí se fue a Girona, donde trabajó de interna cuidando a los niños de una familia China (algo muy común), y después en un bazar, con idénticos horarios. "Necesitaba el dinero. Ese era mi objetivo y no me planteaba otra cosa", apunta antes de concluir que en China tienen un refrán que dice "porque soy una madre no tengo miedo".

Keman Qiu junto a su hijo en el comedor de su piso, en el Poble Sec / RICARD FADRIQUE

"He vivido dos procesos migratorios muy distintos"

Keman Qiu ha vivido en su piel dos experiencias migratorias muy distintas, pese a transitar en ambas entre las mismas ciudades: Pekín Barcelona. La primera vez, en 2002, vino sola. La segunda, hace tres años, con su hijo de siete. "Lo que más me gustó de Barcelona cuando llegué la primera vez fue que aquí nadie te preguntaba de dónde eras, sino qué hacías", señala la artista desde su piso en el Poble Sec, donde recibe a las visitas ofreciéndoles unas zapatillas ("en mi país cuando entramos en las casas nos quitamos los zapatos"). En esa primera etapa vivió en el Raval, en un ambiente cosmopolita e intercultural en el que se sentía muy cómoda.  

Tras una buena temporada en la capital catalana regresó a Pekín a trabajar en un galería de arte. Allí nació su hijo y lo crió los primeros años de su vida hasta que decidió regresar a Barcelona. "En esta segunda ocasión fue todo bastante distinto. El shock fue mayor, sobre todo por la escuela. Allí los padres no participan en la escuela. En Pekín todo tiene una dimensión enorme. Los colegios tienen cinco aulas por curso, con 40 niños por aula. Aquí hay una sola aula con 25 niños y las familias están súper implicadas", explica la ilustradora en un buen castellano, rodeada de pinceles y de libros, muchos ilustrados por ella. 

Keman Qiu, en su piso en el Poble Sec /RICARD FADRIQUE

También le impactó el asunto de los deberes. Pasar de un extremo a otro (allí, tantos; aquí, tan pocos), y el clasismo de algunas familias. "Ven tus rasgos y te tratan de una manera. Y es una sensación muy rara, porque cuando muestro que tengo una educación, que trabajo de ilustradora, me muestran otro respeto, se interesan por mí, me tratan de forma distinta", reflexiona la mujer.

En una pared de su comedor cuelga una colorida sábana con los precios de los refrescos y los bocadillos de la fiesta de fin de curso que hizo -siempre hay que aprovechar a las madres artistas- para el ampa. Han pasado tres años y ya han encontrando su sitio, también en este nuevo escenario, tanto ella como el pequeño. 

"Me impactó que en el barrio todos se conocen. Al principio me asusté un poco. Allí somos más reservados"

Keman Qiu

Artista y madre

"Otra cosa que me impactó del barrio fue que aquí todos se conocen, se lo cuentan y lo preguntan todo. Al principio me asusté un poco. Allí somos más reservados", recuerda la mujer, quien tiene un huerto compartido en el que experimentan con verduras típicas de China en Montjuïc, muy cerca de su casa. Mientras habla, su hijo juega en la calle con sus vecinos. Una de las partes positivas de esa vida de barrio.

Sobre su relación con otros miembros de su comunidad de su entorno, responde que hay un tienda regentada por una mujer china en su misma calle y lleva a sus hijos al huerto, ya que ella no tiene tiempo. 

Zhangjong Ye Ye, 'Joanna', en su bar en Nou Barris. / ÁLVARO MONGE

"Con la ayuda de mi familia monté mi propio restaurante"

La primera palabra que Joanna, como todos conocen a Zhangjong Ye Ye, aprendió del castellano fue pan. "Nunca lo he estudiado -dice en un español más que correcto-; pero cuando no había mucho trabajo en el restaurante me sentaba e iba haciendo; escribiendo hasta cien veces cada palabra. Escuchaba aceite, aceite, aceite, y preguntaba ¿qué es aceite? y esa palabra ya era mía", recuerda la mujer, quien llegó hace 30 años a Almería, a trabajar de camarera en el restaurante de los que ella llama sus tíos, familiares lejanos que la arroparon y la acogieron en su casa.

Pero Joanna no quería quedarse allí, quería montar su propio negocio, y se mudó a Barcelona, en busca de su oportunidad. "Con la ayuda de toda mi familia monté mi propio restaurante, pero fue mal y tuve que cerrar", resume. Se puso entonces a trabajar de camarera en otro restaurante. Entre turnos, hacía trabajos de limpieza, planchaba… tenía que devolver las deudas que dejó el primer negocio y ahorrar para el siguiente. Trabajó y trabajó, ahorró y ahorró y abrió un bar de cocina tradicional "para chinos" en el barrio del Fondo de Santa Coloma, uno de los principales puertos de llegada de su comunidad en el área metropolitana.

"Nunca he estudiado castellano, cuando no había mucha gente en el restaurante me sentaba e iba escribiendo"

Zhangjong Ye Ye, 'Joanna'

Dueña de un bar en Nou Barris

Su carácter abierto y generoso, y su dominio del castellano, en seguida la convirtió en un referente para la comunidad. "Allí me llamaban la jefa. Cuando alguien tenía algún problema le decían ves a ver a Joanna que ella te lo arregla", recuerda la empresaria y mediadora informal, quien asegura ser la primera china que se instaló en Nou Barris. "El problema de que el Fondo se haya convertido ya en pueblo chino más es que muchas mujeres, sobre todo, no se relacionan con nadie que no sea de la comunidad. Tengo una amiga que llegó aquí en 1982 y no sabe hablar castellano", ejemplifica. Algunas no hablan ni mandarín, hablan solo su dialecto.

Ella sí quiso salir de ese micromundo y, tras una breve experiencia regentando un supermercado en Segur de Calafell, abrió el bar de tapas en Nou Barris que aún regenta. Como ejemplo del carácter solidario de la comunidad china entre sus iguales, Joanna muestra el grupo de WeChat que tienen entre los 70 bares llevados por chinos en el distrito, en el que se dan consejos y se ayudan.

A sus 53 años, la empresaria ha montado la Asociación Cultural Amanecer. "Ya tengo a los hijos mayores y empiezo a poder vivir la vida, después de 30 años de solo trabajar, trabajar y trabajar. Somos un grupo sobre todo de mujeres, sobre todo del Fondo y de Nou Barris, que nos organizamos para montar actividades, ir a bailar…", cuenta ilusionada.