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Nueva estrategia

El entorno social, clave para la prevención del suicidio según las entidades

Los agentes comunitarios "refuerzan el vínculo, la detección de señales acordadas, la reducción del aislamiento y la conexión con espacios significativos" apunta la estrategia presentada

."Ninguna figura voluntaria o comunitaria debe asumir tareas clínicas, terapéuticas ni de valoración del riesgo", añaden

Pintada sobre el suicidio en Alicante.

Pintada sobre el suicidio en Alicante. / EPE

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Fidel Masreal

Fidel Masreal

Barcelona
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La prevención del suicidio no es posible sin tener en cuenta un ingrediente fundamental: el apoyo del entorno social, de la comunidad, de los vecinos, de la red de apoyo. Así lo plantea el Plan personal de Prevención coordinado por la Asociación Catalana para la Prevención del suicidio, en coordinación con Activament y la entidad Coop Etcèteres, con el objetivo de ampliar la mirada y no limitar el foco a la actuación de la persona afectada o de los profesionales sanitarios.

Así, en el documento se establece un protocolo de actuaciones basado en una actuación coordinada entre los servicios sanitarios, los servicios sociales y también los de ámbito comunitario. "Los servicios sanitarios -indica el documento- mantienen la responsabilidad clínica, la valoración del riesgo, el tratamiento y la activación de los recursos asistenciales" y, junto a ellos, "los servicios sociales aportan la mirada sobre las condiciones de vida, las vulnerabilidades y los apoyos". Pero esto sería incompleto sin el papel de los agentes comunitarios -del entorno, del barrio, de la vida cotidiana de la persona afectada- porque estos "refuerzan el vínculo, la detección de señales acordadas, la reducción del aislamiento y la conexión con espacios significativos".

La importancia de la comunicación respetuosa

Dicho ello, "ninguna figura voluntaria o comunitaria debe asumir tareas clínicas, terapéuticas ni de valoración del riesgo". Lo que consigue esta coordinación es reconocer diferentes conocimientos especializados: el de los clínicos, el del trabajo social y el que llevan a cabo los agentes comunitarios, "evitando relaciones de poder innecesarias y promoviendo una comunicación clara, respetuosa y operativa".

La primera persona

Esta estrategia parte de la base de que es la persona afectada, la que ha estado en riesgo de suicidio, la que debe decidir qué personas o recursos comunitarios pueden formar parte de su propio plan de prevención. Por tanto, es esta persona la que "autoriza o limita la información compartida y puede revisar o retirar consentimientos".

Detectar señales de alerta

La persona voluntaria, del entorno comunitario, tiene como misión "ofrecer acompañamiento no clínico, ayudar a activar estrategias y detectar señales de alerta pactadas". Contacta con la persona afectada cuando es necesario. Las entidades comunitarias pueden actuar "como espacios seguros, de pertenencia y actividad significativa".

El Plan incluye información que la propia persona facilita sobre señales de alerta de una posible crisis -pensamientos, emociones, comportamientos- para poderla prevenir, e incluyen detalles como cambios en la pauta de sueño o de consumo, y modificaciones emocionales como la desesperanza o la manera de comunicarse. También se dejan por escrito situaciones, lugares o fechas que puedan precipitar una de estas crisis.

El Plan incorpora herramientas que esa persona ha usado en situaciones anteriores: actividades, rutinas, espacios o prácticas, incluidas personas, animales o recuerdos. Una de las preguntas a responder es "¿Qué querría que alguien me recordara en un momento de crisis?".

Una presencia "cercana, respetuosa y sin juicios"

El Plan indica también qué personas de confianza son las adecuadas para contactar con ellas y que ayuden a paliar estas posibles crisis. Y aquí es donde entran también en juego: espacios del barrio que puedan generar "un sentimiento de pertenencia", actividades a las que volver o persona que pueda establecer el primer contacto con esa entidad del barrio "para que la llegada sea segura".

A la inversa, si la persona deja de acudir a espacios deportivos, asociativos o grupos de amigos con los que se relaciona en su entorno, el Plan también indica quién ha de ser avisado si se producen situaciones de aislamiento.

Todo ello no sustituye la valoración clínica por parte de los médicos ni los circuitos de urgencia en caso de crisis suicida, pero aporta una mirada abierta en la que también el entorno de la comunidad juega un papel determinado, pero no ocupa espacios que no le corresponden. Por ejemplo, sí puede ofrecer una presencia "cercana, respetuosa y sin juicios", acompañar a la persona a actividades habituales respetando su ritmo y su voluntad, detectar cambios, recordar citas o ayudar a establecer contactos. Y también cuidar sus propios límites.

No hacer diagnósticos

Lo que, en cambio, no le corresponde es "hacer diagnósticos, valoraciones clínicas o estimaciones de riesgo, no sustituye a profesionales de salud, servicios sociales o emergencias" ni asume una disponibilidad total. Ni toma decisiones en solitario ante una crisis ni hace intervenciones terapéuticas.

El objetivo de la entidad no es otro que incorporar la mirada comunitaria, no solo individual o sanitaria, a las estrategias para evitar que los suicidios sigan produciéndose, en un contexto de una ligera tendencia a la baja en los últimos años.

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