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Efectos de la discriminación

Cuando tener techo no significa tener hogar: el sinhogarismo LGTBIQ+ y su huella emocional

El rechazo familiar por LGTBI-fobia puede obligar a personas jóvenes a abandonar su casa sin recursos para construir una vida autónoma

Registradas 353 incidencias en 2025, el máximo histórico, con la vivienda como dimensión estructural de la discriminación

Cartel por un espacio libre de LGTBIfobia

Cartel por un espacio libre de LGTBIfobia / EP

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Marc Darriba

Marc Darriba

Barcelona
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Perder el hogar no siempre empieza el día en que una persona se queda en la calle. Puede comenzar cuando tiene que ocultar su identidad sexual, pasa más horas fuera de casa o vive pendiente de que el rechazo familiar acabe en expulsión. El informe anual del Observatori Contra l’LGTBI-fòbia pone este año el foco en esta exclusión menos visible, que puede adoptar la forma de sofás de amistades, habitaciones precarias o cambios constantes de domicilio y dejar culpa, miedo, desgaste y pérdida de pertenencia.

Una casa en la que ya no se puede descansar

Por eso, el informe mira más allá de los insultos, las amenazas y las agresiones. “Hacer políticas de acceso digno a la vivienda también es luchar contra la LGTBIfobia”, defiende Cristian Carrer, psicólogo social y coordinador del Observatori. Si al rechazo familiar se suma no poder pagar una habitación o acceder a un recurso seguro, aparece “un nuevo factor de vulnerabilidad” que impide iniciar “un proyecto vital digno”.

Deja de considerarse hogar cuando ya no es el entorno en el que puedes sentirte descansado y desconectar

Alejandro Bouzo

— Trabajador social

Alejandro Bouzo, trabajador social y coordinador de Ahora Dónde - Le Refuge, entidad de apoyo a jóvenes LGTBIQ+, sitúa esta pérdida antes de una expulsión. “Deja de considerarse hogar cuando ya no es el entorno en el que puedes sentirte descansado y desconectar”, resume. Puede ocurrir cuando la persona procura estar allí el mínimo tiempo posible, tiene que pagar para seguir viviendo con la familia o duerme algunos días fuera. A menudo, el detonante es “el desgaste” de acumular violencia física, verbal, psicológica o económica.

Sobrevivir ocultando quién eres

Tener que elegir entre conservar un techo o expresar la propia identidad deja una huella profunda. Bouzo explica que muchas personas pasan años “resignándose y ocultando” quiénes son por miedo a quedarse en la calle. Cuando se marchan, a menudo aparece la culpa: “Si no lo hubiera dicho, todo estaría bien y podría haberme quedado en casa”. Es una experiencia “psicológicamente devastadora”, porque obliga a “reprimir lo que tu corazón siente por el mero hecho de querer sobrevivir”.

Cuando la familia deja de sostener, las amistades y las familias escogidas pueden asumir parte de esa función. “¿Cómo construimos comunidad, cómo construimos red, cómo nos apoyamos cuando alguna persona lo está pasando mal?”, plantea Carrer.

El sinhogarismo que no duerme en la calle

Buena parte de la exclusión residencial LGTBIQ+ adopta formas poco visibles. Bouzo explica que muchas personas pasan por “una habitación que no cumple las condiciones necesarias”, encadenan alojamientos temporales o dependen de casas de amistades y familiares. “No es una opción fija de alojamiento”, subraya. A veces, la inestabilidad obliga incluso “a cambiar de ciudad”.

El informe señala especialmente a jóvenes, personas trans y no binarias y personas migrantes, pero Carrer matiza que “no son más vulnerables de por sí”: el rechazo, el machismo, la transfobia, el racismo o la precariedad “las colocan en situaciones de vulnerabilidad”.

¿Reconciliación?

La reconciliación familiar forma parte del modelo, pero no es automática ni obligatoria. “Muchos vínculos están muy rotos”, advierte Bouzo. Antes de una mediación es necesario trabajar el impacto emocional: “Lo peor que se puede hacer es poner a una persona muy frágil frente a la familia sin haberlo trabajado previamente”. Solo después, y si la persona lo desea, pueden abordarse prejuicios, dolor y límites.

Bouzo considera, por otra parte, que faltan recursos específicos y profesionales formados, porque a su juicio en dispositivos generalistas, especialmente las personas trans y no binarias pueden sufrir discriminación por parte del personal o de otros usuarios.