27 sep 2020

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CONTRACRÓNICA

La broma infinita del 'procés'

Torra, que llegó al cargo en una pancreática sesión de investidura, se despide dos años después con un discurso recitado con voz de opositor y con una canción solicitada

Carles Cols

Quim Torra, en el Parlament, visto a través de una barandilla.

Quim Torra, en el Parlament, visto a través de una barandilla. / FERRAN NADEU

‘La broma infinita’ es una novela inabarcable de David Foster Wallace. Compite con el el ‘Ulises’, de James Joyce, en la división de libros que un día se empiezan y después no se terminan. Decir que el ‘procés’ es a estas alturas la broma infinita del catalanismo sería quedarse corto. Es, agárrense, la broma infinita en versión marionetas, dicho sin ánimo de ofender al gremio de los titiriteros, pero es que en el último acto representado de esta obra sin final a la vista, o sea, en el debate de política general, a Quim Torra, dicen los pocos que han estado dentro del hemiciclo que se le veían los hilos que le sujetaban. Luego les digo cuál ha sido, en una humilde opinión, el clímax de la intervención del ‘president’. Solo les avanzo que ha sido maragalliano.

De 'La broma infinita', de David Foster Wallace, se dice que es inabarcable. Más de 1.000 páginas. Ahora imagínenla representada con marionetas. ¡Uf!

Antes, una curiosidad y una fe de errores. La trama de ‘La broma infinita’ no puede ser resumida aquí. Son más de 1.000 páginas, bastantes más en según qué edición impresa, y cientos de ellas son, además, notas a pie de página. Solo reseñar aquí que parte de la acción la protagoniza, lo que son las cosas, un desopilante grupo separatista de Quebec, como se sabe, espejo recurrente del independentismo catalán, lo cual tiene un mérito relativo porque también lo han sido antes o después Escocia, Lituania, Montenegro, Kosovo, Eslovenia y, tiempo al tiempo, algún día Lovely, que es cómo bautizó el cómico Danny Wallace su piso de Londres en una serie de programas retransmitidos por la BBC y en los que, muy en serio, pretendía crear un estado de menos de 80 metros cuadrados. No lo consiguió.

Segunda cuestión. La fe de errores. Hace exactamente dos años, tres meses y 29 días, quien esto firma escribió una pretendidamente predictiva crónica sobre qué futuro le esperaba a Torra como presidente de la Generalitat. Era el día en que en una pancreática sesión parlamentaria fue elegido para el cargo. La oposición sacó de la hemeroteca textos publicados con anterioridad por Torra, ofensivos hasta la náusea, que él justificó con la excusa de que eran una simple broma. Vino a decir que él era como Yorick, el bufón cuyo cráneo sujeta Hamlet en el quinto acto, al que el príncipe danés recuerda como “un hombre de bromas infinitas”. Sí, la coincidencia no es casual. De ahí sacó Foster Wallace el título de su novela.

El despacho incorrupto

El caso es que aquel día, Torra apuntaba maneras e, imprudentemente, se pronostícó aquí que el nuevo ‘president’ quizá sería Anne Baxter en ‘Eva al desnudo’, que al principio de ese gran peliculón es una simple gran admiradora de Bette ‘Puigdemont’ Davis y al final termina por robarle el papel protagonista en escena. Decir aquello entonces era nadar contracorriente. Se comentaba en los pasillos del Parlament que el despacho de Puigdemont en el Palau de la Generalitat prácticamente iba a sellarse como la octava puerta de Jerusalén, que el judaísmo pretende abrir solo cuando les visite el verdadero mesías, no el falso dios que idolatran los cristianos.

Pues resulta que estos dos años, tres meses y 29 días, Torra se ha acomodado en un despacho más chiquitín y humilde. Ha preservado el de su predecesor para ese imaginado día en que regresará tras el parto de la república. Qué menos se puede esperar de un país que conserva como una reliquia la pluma con la que Artur Mas firmó el decreto de convocatoria del 9-N y, peor aún, atesora los zapatos con los que Jordi Pujol fue investido ‘president’ en 1980.

Torra, aunque la fe de errores llegue con tanto retardo, no es un trasunto de ‘Eva al desnudo’. Fue una equivocación decirlo. Su personaje ha adquirido desde entonces un perfil muy singular, pero parece incuestionable que jamás ha actuado sin que Puigdemont mueva los hilos. Él le hizo anunciar en enero que la legislatura estaba ya en los postres, porque Esquerra se supone que pasaba entonces un mal momento demoscópico, y él támbien, o sea, Puigdemont, le ha obligado a encarar el debate de política general sin poner fin a la legislatura y como un episodio más de esta gran broma infinita del ‘procés, que, todo hay que decirlo, ha recitado con voz y cara de opositor desganado.

Tampoco Carlos Carrizosa, líder de la oposición, ha estado luminoso. Los lugares comunes del llamado constitucionalismo ya no llenan plateas. Nadie pide bises. La cuestión es que la sesión, a pesar incluso de que pueda haber sido la última de Torra, ha sido somnífera. Pero, como se prometió al principio, ha tenido un clímax, breve, pero clímax. Algo es algo.

La tormenta del 2005

A lo mejor les parecerá una tontería, pero Torra ha venido a decir que la antigua Convergència, ahora PDECat, vamos, el partido en que milita Mas, una formación de la que el independentismo más esencialista cree que no tiene los bemoles de un general Custer en la arremetida final que pronto llegará, tiene un problema y que ese problema se llama 3%. Hace 15 años, Pasqual Maragall se lo dijo a Mas en una sesión parlamentaria y la tempestad política que se desató aquel día por poco la recoge el Meteocat en sus mapas de isóbaras y bajas presiones.

Pareció una canción solicitada, Torra juntó en una misma frase los 'palabros' corrupción, Convergència y 3%

Pues sí. Torra ha sacado el tema. Ha juntado en una misma frase los ‘palabros’ corrupción, Convergència y 3%. Lo ha hecho como prueba empírica de la acción de su gobierno en pos de la decencia política. Podía haber defendido esa afirmación sin dar nombres, pero parece que ese no era el propósito del titiritero. Ha parecido una canción solicitada. Mas y Puigdemont se han enviado esta semana varios recados, todos a través de terceros. El último, a través de Torra y nada menos que en el debate de política general. Cainismo ‘indepe’. Quién lo iba a decir hace dos años, tres meses y 29 días.

La prudencia invita a no hacer de nuevo predicciones. Con una fe de errores por legislatura, nasta. Los ‘procesólogos’ no se ponen muy de acuerdo como podrá Torra, si es inhabilitado por la justicia, ser el gato de Schrödinger de la política, dejar de ser ‘president’ sin dejar de serlo, así que, para qué jugársela. Solo decir una cosa. Si el Tribunal Supremo así lo acuerda, será el tercer ‘president’ que este siglo salta por causa de sus problemas con la justicia. Son muchos. Como dijo en una ocasión Ramón Gómez de la Serna, tres mudanzas equivalen a un incendio. Infinito.