Opinión |
Elecciones 23J

Culpable de ser socialista

La derecha ha creado una novela negra donde Pedro Sánchez es el culpable. Reproduce la misma ofensiva contra el progresismo desde hace más de dos siglos

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en un mitin de precampaña

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en un mitin de precampaña

Xavier Martínez-Celorrio

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El historiador Pierre Vilar, al sintetizar el convulso siglo XIX español, decía que después de periodos cortos de 'izquierda' con gobiernos liberales, los anarquistas decepcionados se retiraban y permitían el retorno de gobiernos de 'derechas'. Por anarquistas, Vilar entendía el espíritu de las clases populares caracterizado por su odio al Estado (autoritario) y su pasión por la libertad y la emancipación del clasismo servil que sufrían.

Resulta un patrón cultural reconocible durante los últimos 40 años. Esa querencia “anarquista” transmitida intergeneracionalmente llega hasta hoy. Las derechas en España siempre ganan cuando cierto sector crítico o desengañado del progresismo de las clases populares se queda en casa. Así lo vimos tanto en 1979 (UCD) como en 2000, 2011, 2015 y 2016 (PP) ganando la derecha con más de un 30% de abstención. La única excepción fue 1996 al plantearse como un plebiscito destituyente de Felipe González que movilizó a los progresistas con solo un 22,6% de abstención pero que acabó ganando Aznar.

Para el 23J, los estrategas de la derecha han creado un marco destituyente de Pedro Sánchez, tras la oportuna campaña de deshumanización y destrucción de su imagen desde el minuto cero. Es curioso que repitan en sus campañas la misma cantinela: todos los candidatos socialistas, desde Felipe González, Zapatero y hasta Rubalcaba fueron tachados de “traidores a España”. Su agresividad verbal, sus hipérboles y posverdades retorcidas no enriquecen el debate electoral ni la argumentación contrastada. Al contrario, la polarización intencionada que promueve la derecha deseduca al electorado y lo trata como a un idiota cultural y crédulo, capaz de tragarse que el 11M fue obra de ETA o que el cambio climático no existe. 

El primer enemigo para las derechas españolas siempre fue la verdad racional y debatida. Ya lo reconoció uno de los ideólogos de Vox, el peculiar Gustavo Bueno al afirmar estar en contra del diálogo y de Habermas. Por tanto, en contra de la Ilustración y de su propia disciplina, la filosofía (dado que sin diálogo no existiría). En un país con poca tradición de debates serios y un exceso de tertulianismo y de trincheras, las redes digitales han potenciado la polarización afectiva siendo muy fácil extender bulos y reproducir la lógica excluyente e inquisitorial de antaño.

La estrategia de enconamiento se ha intensificado tras el impacto emocional de la pandemia de la que hemos salido con la ira, la queja y la impaciencia muy desatadas. De eso se habla muy poco o nada. El papel benefactor del Estado durante la pandemia quedó transfigurado en su contrario (la opresión del Estado) y la rebelión reaccionaria se alzó al grito de "libertad" por el madrileño barrio de Salamanca. Así nació el ayusismo como un orgullo.

En cambio, el 'sanchismo' es culpar a Sánchez de ser socialista como antes lo fue el felipismo o el zapaterismo y otros ismos progresistas. Desde la guerra española contra la Francia revolucionaria de 1793-1795 bajo Carlos IV, la derecha más reaccionaria y clerical ha luchado con ardor contra la Ilustración y las ideas liberales y progresistas para mantener sus privilegios haciendo uso de la misma agresividad verbal y dogmática que vemos ahora. Es una triste continuidad histórica.

De nuevo, el 23J se nos plantea como el eterno duelo entre modernizadores y reaccionarios. Más que legislativas, se trata de unas 'elecciones culturales' donde la derecha vende miedo y catástrofe moral para presentarse como salvadora mientras la izquierda está a la defensiva y sin dar con la tecla definitiva a pesar de su buen balance de gestión. Todo va a depender de cómo se convenza a ese espíritu libertario desengañado de las capas medias y trabajadoras y su aprecio por la verdad, la igualdad y el buen gobierno. 

La mínima incompetencia es algo que no toleran los indecisos progresistas. Ya no hay cheque en blanco para la izquierda, sino un fuerte sentido de exigencia y rigor sin infantilismos ni frivolidades que sepa defenderse y defenderlos de la amenaza reaccionaria, así como ofrecer respuestas a los grandes desafíos de futuro. En su día, la gran esperanza de cambio fue apostar por otra forma de gobernar y de explicar los porqués y los para qué. Justo lo que se echa en falta ahora.

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