Editorial

El IVA de la menstruación

No tiene sentido que productos que la mitad de la población necesitará durante gran parte de su vida no sean considerados básicos desde el punto de vista fiscal

2
Se lee en minutos
Estantes con productos de higiene íntima femenina en un supermercado barcelonés.

Estantes con productos de higiene íntima femenina en un supermercado barcelonés. / JOAN PUIG

Escocia se ha convertido el primer país del mundo en ofrecer de forma gratuita productos sanitarios de higiene femenina. El pasado 24 de noviembre, el Parlamento aprobó por unanimidad el proyecto de ley de productos del periodo. A partir de ahora, las autoridades locales tendrán la obligación de garantizar tampones y compresas gratuitas a cualquier mujer que los necesite en los edificios públicos habilitados para tal fin. La medida pretende combatir la llamada «pobreza de la menstruación». Una encuesta realizada por el Servicio de Información Juvenil de Escocia apuntó que una de cada cuatro mujeres en edad escolar o universitaria tenía problemas para acceder a los productos menstruales, el coste de los cuales rondaba las 13 libras (14,25 euros) al mes.

En España, entre las medidas de la reforma fiscal consensuadas por PSOE y Unidas Podemos en febrero se comunicó una bajada del IVA en los productos de higiene femenina. Pero han pasado diez meses desde el anuncio, aún siguen castigados con un 10% y por ahora no ha sido incluida en los Presupuestos de 2020. Un IVA excesivo para un producto de uso obligado. La bajada al 4%, el mismo tributo reservado a la alimentación básica, libros, medicamentos o prótesis, es una larga reivindicación de un movimiento global que ya ha logrado su objetivo en numerosos países. Francia, Alemania, Canadá o Australia son algunos de los estados que han reducido los impuestos en compresas y tampones.

Las críticas al gravamen excesivo en este tipo de productos se enmarcan en la exigencia de acabar con el llamado impuesto o tasa rosa. Así se denomina el coste adicional que numerosos bienes y servicios aplican a sus versiones femeninas. Basta hacer un repaso al lineal de los supermercados para contemplar como desodorantes o maquinillas de afeitar desechables se encarecen notablemente cuando sus envoltorios están diseñados para consumidoras. Una discriminación que no se fundamenta en ninguna mejora específica del producto.

En el fondo de la desigualdad subyace la resistencia a incluir lo femenino en lo universal. Las mujeres son la mitad de la población. Como promedio, cada mujer necesitará productos menstruales una semana al mes durante 30 años. Los números abruman pero, a pesar de ello, aún es necesario combatir la idea reduccionista de que se trata de un gasto particular, personal, no generalizado. O, aún peor, un gasto vergonzante.

Entretodos

Publica una carta del lector

Escribe un post para publicar en la edición impresa y en la web

Precisamente, uno de los logros de la campaña escocesa por la gratuidad ha sido romper con el estigma. La aprobación del proyecto de ley no solo combate la pobreza, sino que es un avance hacia la normalidad de la menstruación. Ha conseguido poner bajo los focos un tema sobre el que pesa una herencia de silencio y ocultación. La regla como sinónimo de mancha, de impureza. Un tabú, una carga que, lejos de desaparecer, aún sigue presente en jóvenes y adolescentes. El mismo velo pesado que recae sobre otras patologías o situaciones vinculadas a la menstruación, como son la endometriosis o la menopausia. La portavoz de salud de los laboristas escoceses, Monica Lennon, se felicitó de, en medio de una pandemia mundial, haber sido capaces de «poner los derechos de las mujeres y las niñas en un lugar destacado de la agenda política». Escocia marca el camino.