30 mar 2020

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Abuso sistemático

Harvey Weinstein, en una comparecencia judicial en octubre del 2018.

AP (Pool New York Post)

Weinstein, punto y seguido

Mar Calpena

La impunidad del acoso se basa, en el mejor de los casos, en la necesidad de la víctima de no ser expulsada del sistema

El 'caso Weinstein' parece cerrado. Se mire como se mire, es una buena noticia que un violador -y más, un violador en serie - pague por sus delitos. Pero no tengo demasiado claro que se haya hecho justicia real con las víctimas, que al final son o deberían ser el centro de todo este asunto. Porque hemos sabido que ha habido muchas: hasta 90, aunque al final solamente se lo ha condenado por las agresiones a dos mujeres.

Ha querido la casualidad que este veredicto se hiciera público el mismo día que Plácido Domingo emitía una nota pidiendo perdón por el acoso sistemático que llevó a cabo durante años sobre mujeres del mundo de la lírica. Una aceptación de la culpa que llega después -y también solamente después- de que una investigación haya determinado la veracidad de las acusaciones y la magnitud del abuso. Un reconocimiento que no arregla nada, y que probablemente es más una estrategia de contención de daños. Porque ambos casos no deberían ser el punto final de nada, sino solamente un principio.

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La importancia del #MeToo inciado con Weinstein radica en que puso de manifiesto que el acoso no se basa únicamente, como aquella vieja y proverbial corrupción de algunos partidos, en una larga sucesión de casos aislados, sino que es un sistema de poder que legitima la idea de que el cuerpo de las mujeres debe ponerse al servicio del deseo masculino. Una idea que explica muy bien la cara de perplejidad e incredulidad de Weinstein al recibir el veredicto, o la cínica defensa de Domingo al conocerse las acusaciones, alegando haber confundido unas cambiantes reglas del cortejo. Una idea que, además, se ha apoyado en al silencio cómplice o incluso la justificación por parte de amigos, palmeros, periodistas y 'expertos'. Una ley del silencio que se ha retroalimentado deliberadamente, y que revictimiza a las víctimas. La presunción de inocencia se transmuta en acusación de malevolencia hacia quien pide justicia. Pero el sexo es en todo esto solo una parte de la ecuación. La otra es el poder, económico para más señas.

La impunidad del acoso -que existe en prácticamente todos los oficios, de un modo u otro- se basa, en el mejor de los casos, en la necesidad de la víctima de no ser expulsada del sistema con el fin de los contratos, con el paso a un horario peor, sanciones laborales, o por la simple necesidad de tener que mantener la sonrisa ante ese comercial baboso que te encuentras en todos los congresos. Porque el acoso sexual en el trabajo está impregnado de capitalismo salvaje. Difícilmente ni Weinstein ni Domingo hubieran intentado nada con mujeres superiores a ellos en la escala jerárquica. Si ambos nos llaman la atención es porque estaban en la cima de su mundo, y de algún modo, eso nos permite pensar que son excepcionales. Pero sus actos son transversales, y mientras no exista una igualdad efectiva en la empresa y en la vida, mientras no cambie la sociedad, el acoso en el entorno laboral no parará tampoco.