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El #MeToo contra el machismo

Un día te caes del guindo y comprendes que las circunstancias para la mitad de la población no son las mismas que para la otra mitad

Unas dicen que nunca las han acosado. Otras que sí. Otras que es una caza de brujas y que hay que distinguir a los abusadores de los simplemente torpes. Otras, que quiénes son esas actrices de Hollywood para dárselas de feministas si han sido ellas quienes, con sus personajes, su delgadez y sus rostros reconstruidos por la cirugía hasta borrar su cara real, más han contribuido a los estereotipos dañinos e inverosímiles. Otras, que en Estados Unidos hay mucho puritano y en Francia no. Otras, que poner a las mujeres de víctimas solo perpetúa una imagen débil y desigual subyugada a la figura paternal. Unas, que Woody Allen sí; otras, que Woody no. Discutimos, sí, también entre nosotras discutimos. El debate está muy vivo y no todas compartimos ni el mismo análisis ni los mismos valores, aunque sí una verdad central: las cosas no están bien y deben cambiar. 

Aunque solo sea por ayudarme a reenfocar mi biografía íntima, estoy agradecida a las mujeres que han denunciado

Hace 100 años que las mujeres empezamos a tener los derechos de los hombres. En España hace menos. Hasta que no llegó la democracia necesitábamos el permiso paterno o del marido para tener cuenta de banco o firmar un contrato. 40 años no es mucho tiempo. Quienes creen que conductas con siglos de arraigo se pueden borrar sin más, están equivocados. Habla Lucía Lijtmaer en su libro Yo también soy una chica lista del Día del Golpe en la Cabeza. AG (Antes del Golpe) las feministas te parecen unas pesadas y crees que todo está bien. Pero un día, por lo que sea, te caes del guindo y comprendes que las circunstancias para la mitad de la población no son las mismas que para la otra mitad. A partir de entonces, todo cambia. Ya estás en modo DG (Después del Golpe).

El Golpe en la Cabeza

El golpe me lo di en Estados Unidos en la escuela de cine. Todo cambió: comprendí que la incomodidad que sentía entre mis compañeros tiene un nombre: misoginiadiscriminación. Y a partir de ahí empezó un largo camino. Porque una cosa es la teoría y otra muy distinta la práctica, sobre todo del feminismo en la intimidad. Sí, me refiero a lo afectivo y lo sexual. Ahí no se cambian los roles tan fácilmente. Están inscritos en algún lugar del cerebro por nuestra educación, por los estímulos y respuestas que recibimos de la cultura en la que vivimos y por nuestra propia biografía. La mía no es para estar orgullosa, pero solo el movimiento #MeToo me ha dado valor para mirarla de cerca y pensar en los porqués. Me he dado un Segundo Golpe en la Cabeza. Aunque solo sea por ayudarme a reenfocar mi biografía íntima, estoy agradecida a las que han denunciado. 

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No estoy tan agradecida a los medios de comunicación que, sumidos en su propia crisis, con tal de sumar visitas a sus webs fomentan titulares escandalosos, aunque vayan en perjuicio de organizaciones que hacen un trabajo muy necesario como Oxfam, que ha empleado a hombres abusadores, pero por desgracia ¿dónde no los hay? Que la palabra sexo sea la que más tráfico genera en la red, dice mucho de cómo nos enfrentamos al sexo. Sigue siendo codiciado y temido, prohibido y exhibido. Está muy lejos de ser un aspecto neutro del ser humano, al menos en nuestra sociedad. Y nuestro cuerpo, el de las mujeres, sigue siendo su campo de batalla. Por eso este tema, al cabo de un rato, me pone triste. Me entristecen los memes, me entristece el porno, me entristecen las adolescentes que hacen como si nada cuando sus compañeros las tratan sin afecto, me entristecen los comentarios de algunos amigos varones, su falta de comprensión, su actitud defensiva, su displicencia.

Voluntad y paciencia

Temo que este despertar, el Segundo Golpe, no sea una toma de conciencia para hombres y mujeres, el principio de una reeducación democrática y sentimental, sino otro espejismo más. Hubo una ola feminista arrolladora en la Transición. La hubo también en los 90 cuando Carmen Alborch publicó Solas y Susan Faludi habló de la contra-reacción. En los 2000, las mujeres hemos salido a la calle para defender el aborto o condenar los feminicidios. Ahora toca a la brecha salarial, las cuotas y el acoso. Pero ninguno son asuntos nuevos.

Avanzamos unos pasos y el sistema se las ingenia para que retrocedamos otros. Si logramos ser muchas las mujeres profesionales, entonces alguien reivindica la maternidad tradicional y volvemos a casa a cuidar niños. Si llegamos a encabezar organizaciones, alguien decide que debemos prestar más atención al cuerpo y la belleza. A cada espejismo sigue una trampa. Que esta vez sirva para algo más que para generar cotilleo banal y visitas a las webs, será una tarea ardua. Habrá que poner voluntad, constancia, rigor, mucha paciencia y la implicación de muchos hombres.

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