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PRECUELA DE UNA SAGA

Dolores Redondo: de la magia vasco-navarra al vudú de Nueva Orleans

La autora vasca presenta la precuela de su popular trilogía negro-sobrenatural del valle de Baztán poniendo a la inspectora Amaia Salazar tras la pista de un asesino en serie en pleno huracán Katrina

Anna Abella

Dolores Redondo, este martes en los bosques que rodean Elizondo, en el valle navarro de Baztán.

Dolores Redondo, este martes en los bosques que rodean Elizondo, en el valle navarro de Baztán. / CARLOS RUIZ B.K.

Allí donde Dolores Redondo pone la pluma llega la tormenta. Llueve insistentemente este miércoles, de nuevo, en el valle navarro de Baztán, igual que hace seis años, cuando la autora donostiarra colocaba en el mapa literario el pueblo de Elizondo y los frondosos bosques pirenaicos que lo rodean, donde habitan seres mitológicos como el Basajaun, señor del bosque cual Yeti local, y lanzan sus hechizos las 'belagiles' o brujas del lugar: tormentas y magia, maldad y crímenes, pueblan su popular trilogía negro-sobrenatural protagonizada por la inspectora de la policía foral Amaia Salazar. Iniciada con ‘El guardián invisible’ y culminada con ‘Legado en los huesos’ y ‘Ofrenda en la tormenta’, hoy suma dos millones de lectores en España, traducciones a 36 lenguas y versión cinematográfica (próximo estreno de las segunda entrega y tercera, con Marta Etura, Imanol Arias y Leonardo Sbaraglia). Ahora presenta la precuela, ‘La cara norte del corazón’ (Destino / Columna, con una tirada de 300.000 ejemplares), donde la tormenta se ha convertido en huracán, concreta y literalmente el Katrina, durante los días en que devastó, en el 2005, la ciudad de Nueva Orleans. 

Vuelve Redondo (San Sebastián, 1969) a entrelazar hábilmente la realidad criminal con la magia local, ahora el vudú (“lo practican millones de personas en todo el mundo”, avisa), los zombis y los mitos de la cultura cajún, en un círculo perfecto que va saltando en el tiempo reviviendo la traumática infancia de Amaia en Baztán mientras investiga, ya veinteañera, su primer caso en Estados Unidos, el de un asesino en serie, inspirado en un sorprendente caso real (ver al final de estas líneas), que mata familias enteras aprovechando el caos de tornados o huracanes. “En la trilogía ya sembré migas de las que tirar, ya aparecía el agente del FBI Aloisius Dupree, que la ayudaba desde Nueva Orleans en su investigación enviándole un tratado de vudú que hablaba de un demonio que se comportaba como un Inguma, que en la mitología vasca se lleva a los bebés”, explica la escritora para en seguida destacar que todo lo que envuelve al Katrina, que causó 2.000 muertos y 800 desaparecidos, marca la novela. “No solo trata del drama que significó el paso del huracán sino del abandono que sufrió la población por parte de un Gobierno que los consideró y los trató como población de segunda (la ayuda estatal tardó cuatro días en llegar). La Administración Bush acordó con Obama la reconstrucción de los defectuosos diques, unas ayudas que Trump frenó”.

"Traslado el dolor, la indignación y la rabia de las víctimas del Katrina que fueron abandonadas por un Gobierno que los trató como a población de segunda"

En sus páginas, que transcriben dramáticos mensajes reales de los servicios de emergencia, transmite “el dolor, la indignación y la rabia de las víctimas que no pudieron abandonar la ciudad, la mayoría ancianos, obesos, gente pobre y sin recursos”. En un “escenario post-apocalíptico, que fue como volver al Medievo”, sin agua, luz, teléfono, a más de 30 grados y con el 80% de la ciudad inundada, con cadáveres flotando en las aguas infectadas por las materias fecales y detritus de los pantanos, se desataron el pillaje, las violaciones, los crímenes y asesinatos. “Y la investigación policial se vuelve como en una novela victoriana de Doyle o Poe, donde sin tecnología, sin medios para procesar pruebas ni escenarios del crimen, las cualidades intuitivas y deductivas de Amaia cobran fuerza”. 

Los zombis y el barón Samedi

Y en el centro, de forma verosímil, la figura tenebrosa del barón Samedi, que rapta niñas para convertirlas en zombis. “Simboliza el caos, la muerte el vicio, la destrucción y la zombificación, que en el vudú es la resurrección de un muerto esclavizado. Es un ‘loa’ o intermediario entre los humanos y el dios que se viste de frac y su rostro es una calavera. Verlo es negativo. En Haití, el dictador Duvalier se paseaba disfrazado de Samedi y la población se sentía sometida a él”. Explica Redondo cómo los zombis son en realidad personas que “sufren el síndrome de Cotard, un enfermedad mental terrible y espantosa, que hace que se crean muertos. La zombificación equivaldría a un exorcismo católico y creo que funciona con un tipo de drogas y una persona con gran poder de sugestión que somete a tal hipnosis que la víctima queda totalmente sometida. Se ha rescatado a mujeres que han estado prisioneras de mafias de la prostitución y drogadas de tal manera que no recordaban qué les había pasado como si hubieran estado en un limbo”.

"Es tan culpable y cómplice un abusador o un maltratador como quien sabiéndolo lo oculta, justifica o permite"

No extraña que lleve consigo, confiesa, algo parecido a un Gris-gris, amuleto vudú. “Una pulsera de la virgen del santuario de la Ribeira Sacra que salía en ‘Todo esto te daré’ (novela con la que ganó el Planeta en el 2016), otra que en el pueblo donde vivo (Cintruénigo) cumple un deseo cuando se rompe, un anillito en el menique que me prestó mi hija para ir a Nueva Orleans, una muñequera de mi hijo en el bolso… son cosas que te dan los que te quieren para que te protejan”.  

Cicatrices de la infancia

Amaia y Aloisius comparten cicatrices de su infancia, traumas que marcan cómo serán de adultos. Él pierde a una hermana pequeña, como la propia Redondo. “Igual que en mis novelas siempre llueve y hay terribles tormentas, también alguien pierde a su hermana. Es lo que el autor pone de su piel, no es pornografía de las emociones –confiesa-. Es una forma para mí y para los personajes de exorcizar el dolor por la pérdida”. También ambos protagonistas se crían con la tía Engrasi y Nana, respectivamente, “que ejercen de padres sin serlo, porque en la trilogía es sangrante que quien debe protegerte, los padres, no lo hacen”. De ahí la madre de Amaia, “entre la locura y la maldad pura” y, el padre, con quien “había una deuda pendiente”: “no solo es culpable el abusador o el maltratador de un niño, una mujer, un anciano… sino quien sabiéndolo lo oculta, lo acalla, lo justifica o lo permite. Es un cómplice del maltratador, sea por cobardía, por vergüenza o por no airear los trapos sucios de la familia”.  

"Tengo pesadillas con una sombra, una presencia que me mira mientras duermo"

En la tetralogía Dupree siempre pregunta a Amaia: ‘¿Sueña con muertos, inspectora?’. Mientras la noche cubre Elizondo admite Redondo que ella ha tenido pesadillas desde que empezó la serie. “Mientras duermo percibo una presencia mirándome, una sombra sobre mi cama, es la madre de Amaia, no tiene rostro. Abro la luz. Me aterroriza esa figura recurrente del visitante de dormitorio”. Más allá de las presencias fantasmales, explica cómo mientras leía sobre cómo funciona la mente de un asesino (tiene un amigo en el FBI) se levantaba, “algo paranoica con la seguridad”, a comprobar que puertas y ventanas estuvieran cerradas. Porque, igual que no quiso contactar con una miembro de la secta satanista en la que unos padres fueron sospechosos de matar a una niña, caso real que aparecía en la trilogía, concluye: “Yo no iría nunca a ver a un asesino en prisión, no quiero mirar a los ojos a alguien que ha matado a gente”. El mundo real, recuerda, puede ser tan horrible como el sobrenatural.


Un asesino en serie real 

El asesino en serie al que busca en la novela Amaia Salazar está inspirado meticulosamente en uno real: John List, un veterano de la segunda guerra mundial, padre modélico, contable y ciudadano ejemplar, discreto y anodino. En 1971, en Nueva Jersey, mató con su pistola calibre 22 a su mujer, a su madre, a su hija de 16 años y sus hijos de 13 y 15. Alineó los cuerpos en la sala de música de la casa y redactó una carta al pastor de su iglesia, “sin mostrar culpa ni arrepentimiento”. “No quiero pensar qué motivaba a un tipo tan horrible –reflexiona Redondo-. Decía que su familia se iba a pervertir y que antes de que condenaran sus almas los mató para salvarlos del pecado y que así pudieran ir al cielo. Ni contempló suicidarse porque decía que estaba en paz y el suicidio era pecado mortal”. Fue uno de los asesinos más buscados de Estados Unidos y solo lo hallaron 18 después cuando una mujer reconoció a su vecino en la reconstrucción que un artista forense hizo en televisión de cómo sería de haber envejecido. Había cambiado de identidad, se había vuelto a casar y formado otra familia y seguía trabajando de contable sin modificar su aspecto físico. Murió en el 2008 en prisión de una pulmonía.