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La cita con el género policiaco en Barcelona

Dolores Redondo: "¿Brujas? Alguien creyó en ellas y las quemaron"

Entrevista con la escritora navarra que ha vendido 130.000 ejemplares de las dos primeras novelas de la trilogía de Baztán

Anna Abella

Dolores Redondo, ayer, antes de la charla que ofreció en BCNegra.

Dolores Redondo, ayer, antes de la charla que ofreció en BCNegra. / JOAN PUIG

Un año después de El guardián invisible y dos meses tras Legado en los huesos (Destino / Columna) Dolores Redondo (San Sebastián, 1969) sigue creyendo en la «magia», y en la «magia de la literatura». ¿A quién le extraña? Con los dos primeros títulos de la trilogía de Baztán, potente y hábil mezcla de novela negra y mitología vasconavarra, protagonizada por la inspectora foral Amaia Salazar, una mujer fuerte, cuyo trauma infantil marca la serie, se ha ganado a crítica y lectores: 130.000 ejemplares vendidos (ambos títulos entre los 10 primeros del ranking), comprada en 20 países, un cómic para final de año y proyecto de cine del productor que adaptó Millennium, Peter Naderman. Tras la trilogía, y aunque no descarta retomar a Amaia, planea otra novela negra, pero «diferente».

 

-Elizondo, el valle navarro de Baztán y sus mitos surgidos del poder de la naturaleza pirenaica. El Basajaun ese yeti protector, la diosa Mari..., luego el Tarttalo, un cíclope caníbal.

 

-Se repite en toda la mitología grecorromana. Es un ser bestial, pura fuerza bruta, que marca el lugar donde vive con los huesos de sus víctimas. En la tercera entrega [Ofrenda de la tormenta] habrá una criatura maligna de la noche, y hablará más de la Inquisición, que tantas brujas juzgó. Parece magia, pero la mitología allí se vive como una religión. Es lógico que la gente hace 200 años invocase a una diosa protectora del cielo, del trueno y la tormenta, que podía hacer desbordar el río, y no al cristo crucificado de la iglesia.

-Descubre los mairu-beso, bebés muertos sin bautizar enterrados en  ixusurias, junto a las casas, porque en el cementerio estaba prohibido. 

-Son ritos dolorosos e íntimos y, aunque trágicos, bonitos. Tener a sus niños acostados en la tierra al lado de casa... Como el bebé no puede ir ni al cielo ni al infierno, porque no es un pecador pero está sin bautizar, está en tránsito y se queda con la familia. Protegía a sus hermanos. Era una forma de prolongar su vida, no se ponía su nombre a otro hijo ni se usaba su cuna ni su ropa, tenía un sitio en la mesa. En la cultura japonesa lo llaman el espíritu del salón, creen que los menores de dos años pueden verlo y eso explica los amigos invisibles o los niños que se ríen solos. Dotan de alegría a la casa.

-Una madre que le dice a su hija: «Duerme, pequeña zorra, la ama no te comerá esta noche», ¿está loca o es simplemente malvada?

-Hay quien comete un acto horrible porque ha perdido sus facultades mentales y hay quien pierde la razón al hacerlo. El maltrato infantil es inconcebible pero quien lo hace no está loco, es maldad. Me preocupa más el proceso vivido por ese niño. Los que sobreviven al maltrato quedan dañados de por vida, es imposible aceptar que quien te debe proteger sea quien te maltrata. Hay que ser muy fuerte para superarlo.

-Amaia teme no ser buena madre. ¿Rompe mitos sobre maternidad?

-Es una serie sobre el matriarcado y la maternidad es el tema central, pero hablo también de conciliación de la vida laboral y familiar. La maternidad puede ser maravillosa pero tiene momentos de auténtica miseria y ansiedad porque por todo lo que te han inculcado piensas que no lo haces bien. Debes seguir tu instinto. Durante años quienes nos decían cómo era ser madres eran hombres, y ahora siguen haciéndolo. Pretenden decirnos cuándo, cómo, dónde, por qué y de qué manera ser madres. Maternidad es elegir tener hijos, elegir no tenerlos, querer y no poder tenerlos, adoptarlos... son libertades. Y no hace falta decir nombres.

-El miedo visceral de Amaia nace en su infancia. ¿Cómo fue la suya? 

-La raíz del miedo. Yo fui una niña muy querida y amada, pero mi niñez estuvo marcada por el duelo, una hermana mía murió de leucemia. Fue devastador. Nos dejó desolados, a todos y durante muchos años. Aún duele hablar de ello. El dolor aísla. Recuerdo a mi madre llorando en el salón, a mi padre llorando en la habitación, y yo con mi hermano pequeño. La muerte de los abuelos está dentro de la ley natural, la de un niño es incomprensible. A mí me cambió mi visión del mundo. Con 4 años tomé conciencia de que todo el mundo podía morir, yo y toda mi familia. Estaba aterrorizada.

-¿Superó ese trauma?

-A los 4 años dejé de jugar. ¿Para qué jugar si ya sabes cómo acaba todo, si luego te mueres? Y no jugaba. Crecí y leía. Leer ha sido mi refugio, la manera de ver mundo y escapar de mi realidad. Dicen que leer abre tu mundo pero a veces también lo hace más pequeño y eso me pasó a mí. Vivía en la zona portuaria de Pasajes, con mucho movimiento de grúas, inmigrantes, marineros. Leer convirtió mi mundo en mediocre, aborrecible, quería vivir en cualquier sitio menos allí. Con los años y la perspectiva volví a mis orígenes y le dediqué mi primera novela.

-¿Y su peor miedo, ese que teme que regrese? 

-Perder a todos los que amo. Todo el mundo tiene sus propios miedos.

-Denuncia la violencia machista.

-Sí. Ves mujeres escondidas, destruidas y me gustaría reconstruirlas. Me basé en un caso de una mujer encadenada dos años a los pies de la cama del marido. La rescataron desnutrida, destrozada psicológicamente. Yo planteo que deja de comportarse como una víctima a la espera del sacrificio, se enfrenta a su terror y es valiente y fuerte y le planta cara. Esos tiparracos, que se nutren de su miedo, entonces se cagan.

-Una vidente le echó las cartas hace años, ¿repetiría? 

-Maritxu Guller, sí. No, me quedo con su lectura. Acertó el pasado, el presente y el futuro, aunque este era tan increíble que entonces no la creí. Y aún quedan cosas por cumplir...

-Como para no creer en la magia...   

-La fe es como el microondas. No sé cómo funciona, solo sé que si pongo café me lo calienta. En Baztán dicen que todo lo que tiene nombre existe. No importa si crees o no en una cosa. Yo no creo en el vudú pero cientos de nigerianas son sometidas con él para ejercer la prostitución. Ellas sí creen y por tanto es poderoso y existe. ¿Es poderosa la fe? Poderosísima. ¿Creo en las brujas? Alguien lo creyó y las quemaron en la hoguera. Si tiene nombre existe y si se puede matar en nombre de ello, pues...

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