04 abr 2020

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El final del círculo mágico

Dolores Redondo cierra con 'Ofrenda a la tormenta' la trilogía negra que inició con 'El guardián invisible'

Anna Abella

Dolores Redondo,en la localidad navarra de Elizondo.

Dolores Redondo,en la localidad navarra de Elizondo. / ONDIKOL

Recele el lector de todo aquel que le ofrezca una nuez, pues en su núcleo lleva la maldición de la bruja o el brujo y significa que eres su objetivo, que viene a por ti. Es uno de los nuevos terrores con los que Dolores Redondo salpica Ofrenda a la tormenta (Destino / Columna), el esperado cierre de la poderosa trilogía negra de Baztán, que ayer llegó a las librerías y que la autora presentó en la capital del valle navarro, Elizondo. El mismo escenario de las novelas, en el que dos años antes hacía lo propio con El guardián invisible, el no menos inquietante inicio de una serie poblada por ancestrales seres de la mitología vasconavarra y protagonizada por la atormentada inspectora Amaia Salazar, esa «mujer fuerte y frágil a la vez», perseguida desde niña por la imagen de su madre asesinándola y tan víctima como las de los casos que investiga.

Dolores Redondo (San Sebastián, 1969) abrió la caja de Pandora y, en tres novelas, además de investigar el mal, ha descubierto a los profanos un mundo en el que la realidad convive con belagiles (brujas), el Basajaun (el guardián del título, especie de Yeti que vela por el equilibrio del bosque), la Mari (diosa de la naturaleza y la fecundidad), el Tarttalo (un cíclope caníbal)...

Pero quizá el más terrorífico de esos seres, Inguma, no se ha mostrado hasta Ofrenda a la tormenta (Destino / Columna), llevándose el cuerpo y el alma de un bebé en su cuna ya desde las primeras páginas, un bebé que parecerá víctima de la muerte súbita. «Es una de las criaturas más oscuras y tenebrosas de la mitología tradicional. Se cuela en las casas, se posa sobre los durmientes y les roba el oxígeno. Está presente en muchas culturas, como la católica, la sumeria, la tailandesa. Hay mucha gente que ha tenido pesadillas espantosas en las que una presencia demoniaca les impide respirar, moverse y despertar».

La experiencia personal

Mientras lo escribía, confiesa, ha llorado tanto como su protagonista. «Hay un momento en que por fuerte que seas hay que llorar. Viví mi duelo personal, lo pasé fatal, porque hay piel mía en la novela», dice, evocando quizá los miedos y la presencia de la muerte en su propia vida, que siendo niña se llevó a una hermana.

Hasta hoy Redondo siempre parecía guardarse un as en la manga cuando le preguntaban dónde estaba el germen de una historia que la ha convertido en un fenómeno -300.000 ejemplares vendidos en España, derechos en 32 países, una versión de cómic de Ernest Sala, y con versión cinematográfica en ciernes coproducida por Peter Naderman (Millennium) y Atresmedia, de la que pronto, anuncia, habrá casting y fechas-.

Ahora ya puede hablar, ha cerrado el círculo de la historia. «Fue una noticia publicada en el 2011. Se titulaba La Guardia Civil investiga el asesinato de una niña a manos de una secta en Navarra. Un arrepentido había confesado el crimen ocurrido 30 años antes, fecha que yo hago coincidir con la del nacimiento de Amaia. Pero no había más información y al investigar descubrí que estaba bajo secreto de sumario. Entrevisté al capitán y la jueza que llevan el caso, que sigue abierto -cuenta Redondo muy seria, como si viera el rostro de ese bebé de 14 meses, Ainara, sacrificado en un crimen ritual en un caserío-. Lo más sorprendente es que eran gente muy integrada en la sociedad, con puestos relevantes». Gente repartida por todo el país, que hizo un pacto de silencio, y sobre la que Redondo ha cimentado la trama.

Credulidad

«Las sectas han proliferado. Según la policía han aprovechado la crisis económica y de valores para responder a la necesidad de respuestas de la gente y por la poca solvencia de la iglesia tradicional para ayudar a los que han quedado desamparados. Esos grupos prometen bonanza económica y atraer la fortuna. Pero el tema de la fe va más allá. Hay personas capaces de morir y de matar por unas creencias. ¿Cómo una chica inteligente cae en una secta y deja que la sometan sexualmente? -se interroga-. O, como me contaba la policía, las prostitutas nigerianas son sometidas con vudú. Aunque tú no creas, debes tener en cuenta que otros sí creen».

Porque la gente, aunque lo niegue, por aquello de «haberlas, haylas», sigue creyendo. «Sobre las puertas de las casas del Baztán cuelgan flores del cardo secas, que la tradición dice que evitan que las brujas y los malos espíritus entren. Yo tengo una en mi casa [vive en Cintruénigo, más al sur]. Aunque no creas, están ahí».

La violencia y los niños

¿Cómo se explica que unos padres sacrifiquen a su bebé como ofrenda? «Si hay una razón para que yo escriba novelas como estas es porque no me lo explico. Me resulta imposible de entender que un padre pueda hacer daño a su hijo», responde, evocando el tema que subyace en toda la serie. «No hay nada más horrible que quien debe amarte, defenderte y cuidar de ti te dañe. Los niños son las víctimas más indefensas, no tienen voz. Me pregunto no tanto por el asesinato que desemboca en el cadáver de un niño tirado como un despojo sino por la tortura que ha sufrido antes y, sobre todo, por los que no mueren y llegan a adultos heridos, destrozados y marcados de por vida, incapaces de distinguir el amor bueno del malo, que es el que conocieron».

Redondo agradece a las historias de miedo que le contaba su abuela -«me tuvieron acojonada toda la infancia»- que le despertaran la imaginación, y pasea, con los pies en el suelo, por entre los sólidos y ancestrales panteones del cementerio de Elizondo, tumbas muy presentes en el libro. La próxima novela, a la que ya ha dado forma, será negra, pero tendrá otro escenario y otros protagonistas. ¿Volverá a Amaia en el futuro? «Sí, forma parte de mí». Como la magia.