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Mitos y crímenes en el valle de Baztán

Una bruja se infiltra en la novela negra

Dolores Redondo vierte miedos y mitos navarros en 'El guardián invisible'

Anna Abella

Dolores Redondo, en Elizondo, escenario de su trilogía del Baztán.

Dolores Redondo, en Elizondo, escenario de su trilogía del Baztán.
Un bosque del valle de Baztán.

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Bajo la influencia de los frondosos bosques del valle navarro de Baztán, del rumor nocturno del río y la persistente lluvia y la bruma que cubre las cimas de las montañas y se cuela entre los tejados de su pirenaica capital, Elizondo, uno puede llegar a creer en brujas -belagiles, como las llaman por aquí-, en el basajaun (versión local del yeti) o en caprichosas diosas de la naturaleza como Mari. Ese marco y esos ancestrales seres de la mitología vasco-navarra se infiltran en El guardián invisible (Destino / Columna), una potente novela negra, inquietantemente real, inicio de una trilogía, la de Baztán, que dará que hablar. Su autora también cree en brujas, aunque cuando lo dice, baja el tono de voz. «Creo que todo lo que tiene nombre existe... y sí, yo sí creo. Creo en la magia».

Algo tendrán que ver los orígenes gallegos de Dolores Redondo (1969), una donostiarra que vive con su marido e hijos en Cintruénigo, al sur de Navarra. Pero quizá el motivo real sea la predicción de «una anciana que vivía en Ulía, San Sebastián, Maritxu Guller, una vidente natural que echaba las cartas, sin cobrar por ello, y en la que está inspirada el personaje de la tía Engrasi». Se las echó, confiesa, «para 30 años, y acertó...», aunque, claro, no revela qué le dijo.

NIÑAS MUERTAS / Pero la gran protagonista de El guardián invisible es la inspectora Amaia Salazar, «una mujer muy potente en su trabajo pero dulce y frágil en su vida privada», que anhela ser madre, explica Redondo, cuyo confeso nerviosismo inicial ante su debut ante la prensa se diluye a los dos minutos de entrevista.

Amaia debe volver a su Elizondo natal, donde viven sus dos hermanas y su tía, para investigar los asesinatos de unas preadolescentes, cuyos cuerpos aparecen con la ropa rasgada, las manos en actitud virginal y un txatxingorri, un pastelillo típico de la zona, sobre el pubis rasurado. Todo señala a un asesino en serie, aunque «los pobladores de Baztán son muy pacíficos», se apresura a apuntar la autora.

Amaia, que debe su espíritu investigador y su apellido Salazar a «un inquisidor de Logroño, el primero en dudar de la existencia de las brujas y en detener su quema en la hoguera tras oír miles de testimonios autoinculpatorios», se enfrenta a un trauma familiar del pasado. «He hecho un ejercicio de búsqueda interior y he querido ser honesta -admite Redondo-. Hay dolor auténtico y piel auténtica en algunas de las cosas que vive Amaia. Los grandes traumas de las personas vienen de su infancia». Y ahí se cuela el miedo. «No el miedo a que alguien te haga daño o al monstruo bajo la cama sino el miedo a que el miedo regrese. Cuando eres adulto y has edificado una vida donde todo va bien, has enterrado esos miedos bajo un montón de losas de normalidad, pero sabes que están ahí y que si un día vuelven pueden destruir tu equilibrio. Puede ser el miedo a la pobreza, a la soledad, a la miseria, a algo que ha dolido mucho y parece superado». ¿Habla de sí misma? «Cuando hablas de dolor y miedo debes buscar el tuyo, aunque no es necesario haber vivido un gran trauma».

La trilogía habla de la conciencia del mal. «Amaia tiene un don natural para percibirlo. Todos tenemos un instinto primario que nos pone en guardia ante el peligro y deberíamos hacer más caso de las primeras impresiones -opina-. La psicología freudiana nos ha hecho perder la capacidad de reconocer el mal puro, cuando lo vemos, pensamos que esa persona está loca cuando simplemente es malvada. Hoy día vemos mucha gente mala, capaz de causar daño solo para beneficiarse, por pura codicia, que ha arruinado familias o dejado a gente sin casa».

MUJERES FUERTES / Amante de la novela negra, Redondo ha evitado que su investigadora sea «alguien solitario, sin familia, alcoholizado, amargado...». «Quería mostrar que los policías son gente normal, con pareja, hijos... Y quería que las mujeres de su familia tuvieran peso y un carácter fuerte para tratar el tema del matriarcado y captar todos los aspectos de la mujer: la que trabaja, la muy válida que mantiene a un hombre que no vale nada, la madre, la esposa, la amante, la jefa, la compañera de trabajo...». Mujeres algo brujas, sí, pero no todas las brujas son malas.

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