Aniversario de la Primavera Árabe

Libia: una década de guerra civil, injerencias extranjeras y ciclo diplomático sin fin

El país celebra dividido los diez años desde las protestas que acabaron con el derrocamiento de Gadafi y desencadenaron la violencia entre libios

Un grupo de niños ondean banderas de Libia en la conmemoración del décimo aniversario del inicio de la revuelta que acabó con el régimen de Muamar el Gadafi.

Un grupo de niños ondean banderas de Libia en la conmemoración del décimo aniversario del inicio de la revuelta que acabó con el régimen de Muamar el Gadafi. / Efe

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Andrea López-Tomàs
Andrea López-Tomàs

Periodista y politóloga.

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Fuegos artificiales estallan en el cielo. Banderines rojos, verdes y negros decoran las calles de Trípoli. Ajena por unas horas a la escasez de petróleo y la crisis económica, la sociedad libia del oeste del país recuerda el décimo aniversario de su revolución. En el este de Libia, en cambio, bajo el control del Ejército Nacional Libio de Jalifa Haftar, apenas hay celebraciones. También en los despachos de las Naciones Unidas rememoran el éxito diplomático que ha supuesto el Gobierno de transición anunciado a principios de mes. Mientras, los libios en las plazas lamentan una revuelta manchada de sangre e intereses extranjeros. 

Colas kilométricas para sacar sus discretos fondos del banco. Noches sumidas en la oscuridad por los cortes de electricidad. Yincanas en búsqueda de una estación de servicio con gasolina. Diez años después de la Primavera Árabe, Libia amanece con una tensa calma. El alto al fuego permanente declarado el pasado octubre aún despierta escepticismo entre una población castigada por la guerra desde el inicio de las protestas, el 20 de febrero del 2011.

“El país está tan lejos de un futuro seguro y estable como lo estaba en el 2011”, lamenta Imran Khan en ‘Al Jazeera’. Inspirada por las primaveras vecinas, la sociedad libia tomó las plazas de Bengasi, la segunda ciudad del país. Exigían el fin del régimen autoritario de Muamar el Gadafi plagado de graves violaciones sistemáticas de los derechos humanos, la persecución de disidentes y activistas, y la ausencia de libertad de expresión. Desde el primer momento, la violencia estuvo presente en las manifestaciones. Varias milicias se autoproclamaron precursoras de la revolución y empuñaron las armas para defenderla.

Dominio de las mafias

Grupos de opositores en el exilio volvieron y empuñaron también las armas con la determinación de derrocar a Gadafi. Entre ellos, el mariscal Jalifa Haftar, quien diez años después está al mando del sistema instalado en el este de Libia, dividida desde el 2014. Pese al asesinato del dictador en octubre del 2011, los sueños de democracia y estabilidad se difuminaron pronto. Tras una década de guerra civil, la sociedad libia lamenta como la división política, el poder de las milicias, el dominio de las mafias y los intereses geoestratégicos de las potencias extranjeras han ensuciado su revolución. 

A su vez, el hastío se transforma en desprecio por este ciclo diplomático infinito en el que se han enfrascado los países occidentales para resolver el conflicto que ellos mismos alimentaron. El expresidente de EEUU, Barack Obama, declaró que el mayor error de su mandato había sido no planificar el siguiente paso después de intervenir en Libia. Fue la campaña aérea de la OTAN lo que facilitó la liquidación de Gadafi. Después de su muerte, llegó el caos. Ahora, las Naciones Unidas lideran las esperanzas de paz que escasean entre la población. 

Gobierno de transición

Tras cinco meses de negociaciones, la ONU ha logrado que un foro formado por 73 libios de las tres distintas regiones del país haya elegido un gobierno de transición como primer paso para la reconstrucción del país. “Es poco probable que la nueva autoridad ejecutiva trascienda las divisiones institucionales de Libia y rompa con patrones bien establecidos de intensa competencia entre las facciones dentro del gobierno”, han declarado los analistas Imadeddine Badi y Wolfram Lacher del Fondo Carnegie para la Paz Internacional.

“Pedimos a las partes en el conflicto de Libia y al gobierno de unidad entrante que garanticen que no se nombra a presuntos autores de crímenes de derecho internacional para ocupar puestos en los que pueden seguir cometiendo abusos y perpetuar la impunidad”, ha exigido Diana Eltahawy, directora adjunta de Amnistía Internacional para Oriente Medio y el Norte de África. El pasado junio la derrota de Jaftar, apoyado por Egipto, EAU, Rusia y Francia, facilitó el avance en las negociaciones. 

Cicatrices de por vida

La intervención turca a favor del Gobierno de Acuerdo Nacional, reconocido por las Naciones Unidas y con capital en Trípoli, es otro ejemplo de la intromisión extranjera en este conflicto. Según la ONU, hay unos 20.000 soldados y mercenarios extranjeros desplegados dentro de Libia. Tras el anuncio del gobierno de transición, el secretario general de la organización, Antonio Guterres, exigió su inmediata retirada. “Durante una década, se han sacrificado la rendición de cuentas y la justicia en Libia en aras de la paz y la estabilidad”, ha constatado Eltahawy, “no se ha logrado ninguna de las dos”.

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Por su parte, la Corte Penal Internacional (CPI) está investigando los crímenes de guerra cometidos después del 2011. Amnistía insiste que la rendición de cuentas tiene que aplicarse a aquellos de los tiempos de Gadafi y a quiénes combaten hoy en la Libia pos-Gadafi. “A menos que los responsables de las violaciones comparezcan ante la justicia en lugar de ser recompensados con puestos de poder, no cesarán la violencia, el caos y los abusos sistemáticos contra los derechos humanos y el sufrimiento sin fin de la población civil”, ha concluido Eltahawy. Los fuegos artificiales duran un instante en el cielo, pero las heridas de bala dejan cicatriz.