SITUACIÓN CRÍTICA

El año del desastre económico del Líbano

La desesperanza se extiende en un país sumido en una grave devastación económica desde antes de la explosión en Beirut

Con la divisa local devaluada en un 80%, los precios no dejan de subir mientras la pandemia destroza puestos de trabajo

Dispositivo de seguridad en el lugar de la explosión de un tanque de combustible, este sábado, en Beirut. / NABIL MOUNZER (EFE)

Dispositivo de seguridad en el lugar de la explosión de un tanque de combustible, este sábado, en Beirut.
Imagen de uno de los depósitos destruidos tras la explosión en el puerto de Beirut el pasado 4 de agosto.

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"Es mucho para que nos pase en un solo año, ¿no crees?". Entre manualidades hechas por almas infantiles, Nazih Fino, cuenta la historia de Trípoli, que es la historia del Líbano. La segunda ciudad del país es la más empobrecida del Líbano pero no solo por el olvido sistemático del Gobierno libanés, sino por este maldito 2020. "Devastación económica, protestas masivas, colapso financiero, pandemia del coronavirus y, por último, una devastadora explosión; todo en un solo año". A unos días del primer aniversario de la "revolución del 17 de octubre" de la que Trípoli fue ciudad modelo, la imagen es distinta. "Estamos peor que desesperanzados", constata el director de la oenegé Seed National. 

De los casi siete millones de habitantes del Líbano, más de la mitad se encuentra bajo el umbral de la pobreza. La crisis económica no entiende de sectas religiosas, casi que actúa de elemento unificador entre las 18 comunidades que reconoce la Constitución libanesa y entre las que se reparten el pastel político. "Las cosas estaban mal cuando los dólares empezaron a bajar, pero luego llegó el coronavirus y la crisis bancaria" que imposibilita a muchos sacar sus ahorros de sus cuentas corrientes, explica Fino. "Hasta la gente que tenía dinero en el banco ahora es pobre", constata.

Exterior de un edificio dañado en la explosión del 4 de agosto en Beirut. / NABIL MOUNZER (EFE)

La devaluación de la libra libanesa en un 80% ha hecho que prácticamente todas aquellas familias que cobran sus sueldos en esta divisa rocen la pobreza. Mientras, los precios no dejan de subir: el precio de la comida ha aumentado un 367% en un año; muebles y objetos de la casa, un 664%, y la ropa y calzado, un 413%. Cada vez más, pueblan las calles libanesas manos alargadas implorando caridad. Sus muñecas van menguando mientras la hambruna ya se extiende por el país que ha perdido cualquier cosa parecida a una clase media.

"Si no trabajan, no comen"

"Por la crisis económica, muchas personas han perdido su trabajo", lamenta el director de Seed National en referencia a los más de 200.000 nuevos desempleados este año en el Líbano. "La mayoría de negocios en el país no están oficialmente registrados, por lo que no tienen seguro", explica Fino, "si hoy no trabajan, mañana no comen; tan simple como eso". Con unos sueldos que no dejan de mermar sobre todo en la divisa local, la situación roza el colapso económico. Por ejemplo, el sueldo medio de un funcionario libanés no llega al equivalente a los 500 dólares.

A esta situación se le suma un aumento de los casos de coronavirus con más de 1.000 nuevos contagios diarios. Los hospitales, hasta hace poco considerados los mejores de la región, se enfrentan a problemas financieros para sobrevivir en un panorama donde encontrar medicinas se ha convertido en un privilegio para quienes poseen dólares. La explosión en el puerto de Beirut que dejó casi 200 muertos, 6.000 heridos y 300.000 personas sin hogar afectó a varios centros sanitarios cercanos a la zona portuaria.

Impago de deuda

Según el Banco Mundial, la tragedia causada por el almacenamiento de 2.750 toneladas de nitrato de armonio sin las medidas de seguridad adecuadas provocó pérdidas en la actividad económica de entre 2.900 y 3.500 millones de dólares. Aún sin conocer los resultados de la investigación, los libaneses saben que la reconstrucción del sector público y la recuperación necesitarán de entre 1.800 y 2.200 millones de dólares. Pero el Líbano, uno de los países más endeudados del mundo con el 170% de su PIB, o unos 80.000 millones de euros, en balance negativo, es incapaz de soportar estas cifras. En marzo, el país declaró su primer impago de deuda y solicitó asistencia al Banco Mundial y al Fondo Monetario Internacional.

Protesta en las calles de Beirut en contra del Gobierno, el 20 de octubre del 2019. / wael hamzeh (eFE)

"No creo que todo se pueda mejorar a menos que toquemos fondo", se atreve a decir Fino. Pero ese fondo parece inminente. En las próximas semanas, el Banco Mundial retirará sus subsidios a los bienes básicos. Tras el colapso de la libra local, la institución ha estado usando sus reservas agotadas para apoyar las importaciones de combustibletrigo y medicinas, sobretodo ahora que el Líbano, país importador, ha perdido su principal puerto de entrada de bienes. "Creo que la verdadera revolución empezará cuando el Gobierno deje de apoyar a la economía en lo que respecta al pan, al combustible, a las medicinas", añade el tripolitano.

"La verdadera revolución empezará cuando el gobierno deje de apoyar la economía", explica Nazih Fino

A la espera de ayudas

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En un Líbano sumido en la oscuridad -los cortes de electricidad por la falta de combustible han llegado a las 22 horas al día-, su gente trabaja cada día ya solo para sobrevivir. "Tenemos que esperar y trabajar hasta que el dólar se estabilice", ironiza Fino como si eso estuviera en sus manos. Para el país, hay una ayuda de 253 millones de dólares esperando, la suma conseguida por la conferencia de donantes internacionales organizada por el presidente francés, Emmanuel Macron, pero la ausencia de reformas y el bloqueo político impiden su desembolso.

Mientras uno de los dos principales vertederos de Beirut amenaza con el cierre tras alcanzar su máxima capacidad, los libaneses temen otra crisis de la basura. A pocos días del primer aniversario de la revolución, la 'zaura' -en árabe-, las calles se han vaciado de ese espíritu transformador que juntó a manifestantes de distintas confesiones religiosas reclamaban el fin de la corrupción y del sistema sectario. Para Fino, la revolución que se está cociendo será de otro tipo. "Cuando el Gobierno deje de apoyar la economía, habrá violencia".