23 sep 2020

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Sacudida en El Líbano

Más de 130 muertos, un centenar de desaparecidos y 5.000 heridos es el balance provisional de las explosiones

El presidente del país denuncia una negligencia y declara el estado de emergencia durante dos semanas

Kim Amor

Vista general de la zona del puerto donde se registraron las explosiones.

Vista general de la zona del puerto donde se registraron las explosiones. / REUTERS / MOHAMED AZAKIR

El gran desastre. El Líbano, un país frágil, inestable y habituado a la destrucción por guerras, vive inmerso en una gran incertidumbre y una profunda tristeza tras la gran devastación. La onda expansiva de las explosiones de la tarde del pasado martes en el puerto de Beirut, la capital, de dos millones de habitantes, se ha llevado por delante la vida de más 130 personas, ha dejado miles de heridos, decenas de desaparecidos, arrasado barrios y destruido infinidad de viviendas. Más de 250.000 personas se han quedado sin techo. "Hay víctimas y más víctimas en todas partes", ha resumido el jefe de la Cruz Roja, George Kettani que ha advertido que el número de fallecidos podría seguir aumentando.

Los hospitales de la ciudad no dan abasto. Algunos, los más próximos al lugar de las deflagraciones, las más potentes registradas nunca en la ciudad, han quedado seriamente dañados. Cuatro de ellos ni siquiera pudieron acoger a los heridos la noche del martes. En el Sant George, de nueve plantas, uno de los más grandes e importantes de la ciudad, reinó el caos. "Los pacientes bajaban las escaleras porque los ascensores no funcionaban. No había electricidad", explicó a 'The New York Times' el doctor Haddad, director de la Unidad de Cuidados Intensivos del centro hospitalario. "Fue el infierno, el apocalipsis. La gente lloraba en la calle", añadió.

"Fue lo más parecido a un matadero, la sangre cubría los pasillos y los ascensores", explicó, por su lado, a la agencia Reuters, Sara, enfermera del  Centro Médico Clemenceau. Algunos hospitales han dado cuenta de la muerte de personal sanitario. Las explosiones también han destruido un almacén que administraba el Ministerio de Salud que guardaba medicamentos y vacunas.

Hoy los equipos de rescate y los vecinos siguen buscando entre los escombros de muchos edificios posibles supervivientes. Como suele ocurrir en estos casos la solidaridad se ha extendido entre la población y, a través de las redes sociales, familias ofrecen sus hogares a otras que se han quedado sin casa, mientras que hoteles, residencias y escuelas se han transformado en refugio para los damnificados. Las redes sociales también se han llenado de fotografías de personas desaparecidas. Los allegados se han acercado a las inmediaciones del puerto en busca de información. 

"Ladrones y saqueadores"

El presidente del país, Michel Aoun, ha atribuido las explosiones, originadas en un almacen que guardaba 2.750 toneladas de nitrato de amonio y que se escucharon incluso en la isla de Chipre, a 250 kilómetros de distancia, a una negligencia y ha prometido sancionar con "el castigo más severo" a los reponsables, mientras que el primer ministro, Hasán Diab, ha pedido a la comunidad internacional que envíe los más rápidamente posible ayuda para atenuar el "desastre". Los primeros envíos han comenzado a llegar de numerosos países. La Unión Europea ha enviado un centenar de bomberos especialistas. El presidente francés, Emmanuel Macron, ha anunciado que mañana viajará a El Líbano.

La tragedia ha llegado en uno de los peores momentos en la historia de este pequeño país mediterráneo, fronterizo con Israel y Siria, que acoge a centenares de miles de refugiados sirios y palestinos. El Líbano está sumido en una crisis económica profunda -la peor desde la guerra civil que devastó el país entre 1975 y 1990- con una hiperinflación que ha consumido los ahorros y empobrecido a la población, a la que se ha unido la pandemia del coronavirus y una clase política corrupta, incompetente, dividida y muy cuestionada, blanco de multitudinarias protestas en las calles durante los últimos meses.

La fragilidad de la política libanesa, con fuertes presiones e influencias externas, queda reflejada en la división de poderes. El presidente del país es un cristiano, el primer ministro un musulmán suní (aliado de Arabia Saudí) y el presidente del Parlamento un musulmán chií (ligado a la milicia Hizbolá e Irán)   

Diferentes medios han recogido la indignación de la población hacia la clase política: "Este es un golpe mortal para Beirut, somos una zona de desastre", ha afirmado Bilal, un hombre de unos 60 años, que no duda en calificar a los políticos del país de "ladrones y saqueadores". Otro beirutí, Abu Jaled, ha acusado a la clase dirigente de haber "cometido un delito contra la gente de este país. "Lo que ha explotado en Beirut no es solo nitrato de amonio", ha exclamado, por su lado, Dyad Abú Jahjah, "sino sobre toda la corrupción, la mala gestión, la incompetencia y el desprecio cínico por la seguridad y la vida de las personas ".  

"¡Vayanse todos! Sois unos corruptos, unos negligentes y unos inmorales. Ha sido vuestra cobardía y vuestra negligencia lo que ha matado a la gente", ha dicho el periodista libanés, Marcel Ghanem, que dirige  y presenta un conocido programa de televisión de gran audiencia.

Las explosiones han acabado también con el principal silo de granos del país y se teme que la inactividad del puerto impacte directamente en la importación de alimentos y otros productos para cubrir las necedidades de los siete millones de libaneses. Según el ministro de Economía y Comercio, Raul Nehme, las explosiones han contaminado el 85% del grano que había almacenado. Nehme ha advertdio que las reservas de grano apenas alcanzan para un mes.

El Gobierno ha decretado el estado de emergencia que estará en vigor durante dos semanas. Un gran desastre para un país con una historia tormentosa.