27 oct 2020

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EDITORIAL

La tragedia azota al Líbano

El fraccionamiento del poder explica la dejadez que ha tenido consecuencias trágicas y no permite ser optimistas sobre la reconstrucción

Varios comerciantes de Beirut tratan de recuperar parte de sus artículos entre las ruinas de la ciudad, este miércoles 5 de agosto.

Varios comerciantes de Beirut tratan de recuperar parte de sus artículos entre las ruinas de la ciudad, este miércoles 5 de agosto. / IBRAHIM DIRANI / DAR AL MUSSAWIR

La devastación provocada el martes por una gran explosión en el puerto de Beirut sume en la ruina a un país con una economía exhausta y un régimen político agotado. A la conmoción inicial por los dos centenares de muertos y desaparecidos, cerca de 4.000 heridos y unas 200.000 personas sin hogar ha seguido la indignación por la certidumbre cada vez mayor de que todo fue fruto de la dejadez, y no un atentado como ha insinuado sin pruebas  el presidente Donald Trump: el almacenamiento de más de 2.700 toneladas de nitrato de amonio durante seis años en condiciones inaceptables de falta de seguridad. Un caso de "incompetencia intolerable", como ha dicho el presidente del Líbano, Michel Aoun, que solo se explica por la inconsistencia y las luchas intestinas en el seno de sucesivas administraciones.

No es exagerado decir que el Líbano es un país condenado a la zozobra permanente desde el final de la guerra civil que se prolongó 15 años (1975-1990), con un reparto del poder entre partidos políticos y confesiones religiosas que ha consagrado una doble realidad: la debilidad del Estado y la pujanza de organizaciones políticas como Hizbulá, grupo chií sustentado por Irán, un poder de facto que rivaliza con el Ejército libanés y es determinante en la configuración de mayorías en el Parlamento.  Un fraccionamiento que hace prever que las rivalidades históricas volverán a interferir en la distribución de la ayuda internacional que llega a Beirut y en la gestión de los planes de reconstrucción de la ciudad, que es casi tanto como decir del país.

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Nada resultaría especialmente nuevo en este rompecabezas si no fuese por la acuciante necesidad que tiene el Líbano de actuar con unidad para paliar en lo posible la tragedia humana que debe afrontar. Pero la probabilidad de que esto se concrete enfrenta obstáculos que forman parte de la peor tradición política libanesa, el último de los cuales es el temor a la reacción que puede suscitar la sentencia que se conocerá mañana en La Haya del Tribunal Especial para el Líbano, correspondiente al atentado que en el 2005 acabó con la vida del primer ministro Rafik Hariri. El hecho de que los cuatro acusados sean militantes de Hizbulá juzgados en rebeldía –el Líbano nunca los entregó a los jueces– concita toda clase de temores si el veredicto es condenatorio, y agrava las dudas sobre la necesaria cooperación entre facciones para superar el impacto emocional y económico de la explosión.

El Líbano dejó de ser hace mucho la Suiza de Oriente Próximo y es desde hace demasiado tiempo una pieza que todos los actores políticos de la región intentan manipular en beneficio propio. En tales circunstancias, el debilitamiento de las instituciones y la falta de un control efectivo de los gestores políticos ha facilitado la proliferación de poderes paralelos y la dilución de responsabilidades, una realidad que ha hecho posible situaciones como la que ha provocado la carnicería. Nada garantiza que a partir de ahora mengüe la ruinosa pugna entre clanes.