30 sep 2020

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UN PUEBLO DESGARRADO

El Líbano, un país devastado por una grave crisis económica y social

La tragedia en el puerto de Beirut llega en el peor momento del país, a las puertas de otro confinamiento para frenar los contagios de coronavirus

La mitad de la población está bajo el umbral de la pobreza

Andrea López-Tomàs

Vista de los daños tras la explosión.

Vista de los daños tras la explosión. / EFE / IBRAHIM DIRANI DAR AL MUSSAWIR

Beirut amanece hecha pedazos. La explosión en el puerto de la capital este martes no solo supone enormes pérdidas económicas y humanas, sino que se suma a un Líbano ya agrietado. Esta enorme desgracia, que deja un balance provisional de un centenar de muertos y 4.000 heridos, llega en el peor momento del país. Está a las puertas de otro confinamiento impuesto por las crecientes cifras de coronavirus, su economía lleva meses al borde del colapso con ya la mitad de su población bajo el umbral de la pobreza.

Precisamente la mañana de la explosión el Ministerio del Interior había anunciado nuevas medidas para un semiconfinamiento ante el aumento de contagios. Con más de 5.000 casos confirmados, el Líbano suma 65 muertos por covid-19. Su sistema de salud precario y, en gran parte, privatizado ha llevado a las autoridades a adelantarse al virus con medidas preventivas para evitar el colapso de los hospitales. Aunque ahora los centros de salud sí están desbordados por los cuatro millares de heridos causados por la explosión.

La pandemia global azotó a un Líbano ya en ebullición por las protestas continuadas de su juventud. Las calles se llenaron de jóvenes hastiados por la falta de oportunidades y por el sistema sectario impuesto tras la guerra civil que ampara la corrupción y el clientelismo de la clase política. El movimiento del 17 de octubre tomó las plazas exigiendo reformas políticas y económicas para devolver la esperanza a la sociedad libanesa olvidada por sus gobernantes.

Protesta contra el Gobierno en las calles de Beirut, horas antes de la explosión en el puerto. / NABIL MOUNZER (EFE)

Contra el sistema sectario

Tras el confinamiento, las redes tejidas durante las protestas volvieron a tomar las avenidas con la misma fuerza. Grupos feministas, ecologistas y antirracistas denunciaban la desigualdad de género, la crisis climática en un país ajeno al cuidado del medioambiente y la opresión hacia ciertas comunidades en una sociedad libanesa muy diversa. De sus casi siete millones de habitantes, el 25% son refugiados sirios y unas 250.000 son trabajadoras domésticas migrantes bajo el inhumano sistema kafala.

A este complicado entramado social se le suma la rica composición del país con un total de 18 sectas religiosas reconocidas en la Constitución. Tras la cruenta guerra civil que duró 15 años y enfrentó a estos grupos, se ideó un sistema que garantizara la representación sectaria en función de la población. Pero, 40 años después, este sistema parece caduco para un país joven con una mediana de edad alrededor de los 30 años.

Colapso económico

Tras la guerra civil libanesa, el poder económico y político quedó en manos de un grupúsculo de familias que siguen manteniéndolo a día de hoy. Las protestas de una sociedad civil organizada no han impedido que el Líbano se encuentre al borde del colapso económico. Con la pérdida del 60% del valor de la libra libanesa frente al dólar en los últimos meses, los precios de los productos básicos se han disparado llevando a la población a medidas desesperadas para alimentarse. Intercambios de vestidos o muebles por leche de fórmula para bebés se anuncian en grupos de Facebook.

La pandemia ha agravado una situación ya de por sí crítica. Más de 200.000 personas han perdido su trabajo desde el mes de octubre. Ante esta crisis económica permanente, el Gobierno solicitó asistencia al Banco Mundial y al Fondo Monetario Internacional tras declarar su primer impago de deuda. Líbano ya es uno de los países más endeudados del mundo con el 170% de su PIB, o unos 80.000 millones de euros, en balance negativo.

A oscuras

A su vez, la hambruna se ha extendido a sectores de la sociedad libanesa que no la habían conocido, como su clase media. El país está literalmente sumido en la oscuridad la mayor parte del día. En ocasiones los cortes de electricidad han llegado a las 22 horas al día. La falta de combustible, un producto siempre importado desde el extranjero, es el principal causante de esta crisis de electricidad fija. Por eso, la pérdida de una infraestructura tan vital como el puerto de Beirut tendrá consecuencias dramáticas para su población.

Más allá de este clima de incerteza económica y social, también la inseguridad se cierne sobre el país. Tras el incidente armado en la frontera libanesa-israelí el pasado 27 de julio, las tensiones entre Israel y la milicia chií Hezbolá alcanzaron niveles elevados. Precisamente este viernes el Tribunal Especial para el Líbano, en la Haya, emitirá el veredicto contra cuatro militantes de Hezbolá acusados de participar en el atentado que acabó con la vida en el 2005 del entonces primer ministro libanés, Rafik al-Hariri.

Y al volar el puerto por los aires volaba también todo un país.