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EL AUGE DE LA ULTRADERECHA EN EUROPA

El Este encabeza la revuelta populista contra la inmigración

El Grupo de Visegrado se postula como bloque de oposición a las políticas migratorias de la UE con Hungría y Polonia como referentes de la democracia iliberal

La República Checa y Eslovaquia se niegan a acoger refugiados pero abogan por una mayor integración europea y tienen buena relación con Alemania y Francia

Carles Planas Bou

De izquierda a derecha, el presidente de Chequia, Milos Zeman; el presidente de Hungría, Janos Ader, y el presidente de Eslovaquia, Andrej Kiska, en una conmemoración del Grupo de Visegrado en Praga el 12 ede marzo del 2019.

De izquierda a derecha, el presidente de Chequia, Milos Zeman; el presidente de Hungría, Janos Ader, y el presidente de Eslovaquia, Andrej Kiska, en una conmemoración del Grupo de Visegrado en Praga el 12 ede marzo del 2019. / REUTERS / David W. Cerny

La hegemonía alemana siempre ha despertado recelos en el resto de Europa, pero tras su gestión de la crisis económica y de la llegada de cientos de miles de refugiados al continente eso cristalizó en una férrea oposición en el Este. Compuesto por Hungría, Eslovaquia, Polonia y la República Checa, el llamado Grupo de Visegrado se ha alzado como principal bloque crítico contra las directrices de Bruselas y Berlín. Aunque depende de su ayuda económica, esta alianza conservadora se prepara para unas elecciones europeas que pueden catapultar sus soflamas antiinmigración, euroescépticas e islamófobas.

El V4, como se conoce, dista de ser homogéneo. Sin embargo, hay una bandera bajo la que se agrupan estas cuatro naciones del este europeo, la del rechazo a la inmigración y a la acogida de refugiados. A pesar de presentar unas de las tasas de ciudadanos inmigrantes más bajas del continente, la retórica nativista ha calado hondo, especialmente en Budapest y Varsovia, convertidas en referentes de la democracia iliberal de tics autoritarios. La prioridad, aseguran, es reforzar la defensa y la seguridad. Unidos han conseguido congelar las reformas migratorias de Bruselas.

Orbán contra Macron

Con una Angela Merkel en retirada y Emmanuel Macron convertido en la supuesta cara del nuevo europeísmo, el primer ministro húngaro Víktor Orbán ha señalado al presidente francés como el líder de “las fuerzas pro-inmigración al que debo combatir”. Eso le ha llevado, junto al PiS polaco, a trazar una alianza con la Liga de Matteo Salvini —a quien considera un “héroe y compañero de destino”— para impulsar una “primavera europea” contra el eje franco-alemán.

Hungría y Polonia lideran esa lucha desde distintas familias políticas. Miembro del Partido Popular Europeo en el que también figura la CDU de Merkel y el PP de Pablo Casado, Orbán ha remarcado que seguirá pactando con otras fuerzas xenófobas del continente. Sin embargo, su pertenencia puede tener los días contados. Hasta 13 miembros han pedido la expulsión de su partido, Fidesz, por hacer campaña contra el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, algo que votarán el 20 de marzo. El PiS ya ha invitado a Orbán a unirse al euroescéptico Grupo de los Conservadores y Reformistas Europeos, que controlará tras el adiós de los Tories británicos y que también ha establecido contactos con Vox.

Duros y moderados

A pesar de conformar ese bloque antiinmigración, las diferencias estratégicas en el seno del V4 son profundas. El nacionalismo ultraconservador de Budapest y Varsovia, que está haciendo tambalear sus pilares democráticos, no se repite en la antigua Checoslovaquia, más moderada y pragmática de cara a Europa. Considerado un populista y marcado por los casos de corrupción, el multimillonario presidente checo Andrej Babis ha rechazado el euro pero se ha definido como “proeuropeo” y partidario de la OTAN. Eslovaquia, por su parte, aboga por una mayor integración europea.

Así, mientras Orbán teje su internacional nativista, Praga y Bratislava han visto en Macron a un socio para impulsar reformas de una UE a la que se unieron en 2004 y mantienen una buena relación bilateral con Berlín. Pero incluso entre los incendiarios hay distancias insalvables como la cercanía con el presidente ruso Vladímir Putin, que Budapest impulsa y a la que Varsovia se opone frontalmente, marcada por una historia bajo el control de la URSS que aún pesa demasiado.

Sin embargo, los gobiernos del ala pragmática no son ajenos a la influencia de la derecha radical. En Eslovaquia, el gabinete del primer ministro socialdemócrata Peter Pellegrini incluye al Partido Nacional Eslovaco, una formación de derecha cristiana cuyo anterior líder, Ján Slota, ensalzó a líderes fascistas eslavos y describió a húngaros y romaníes como un “cáncer”. El ejecutivo también se ve presionado por el auge electoral del partido neonazi Kotleba, que ostenta un 8% de los votos.

El gobierno checo está formado por los liberales de Babis y los socialdemócratas con apoyo externo de los comunistas pero eso no ha evitado que también se opongan a acoger refugiados. Desde fuera del ejecutivo, el Partido Cívico Democrático, segunda formación del país, pide legalizar el uso de armas mientras que la creciente Libertad y Democracia Directa, cuarto partido, se opone a los inmigrantes y a la UE, tejiendo alianzas con Marine Le Pen en Francia y Salvini en Italia. Este partido impulsó el año pasado la reelección como presidente del país de Miloš Zeman, euroescéptico, islamófobo y cercano a Putin. Todos apuntan a Europa.